Capítulo 16
J ohn se bajó de la moto y le dio diez bahts al rubjang , que se los guardó en el bolsillo, miró por encima del hombro, aceleró el motor y volvió a meterse en el denso y lento tráfico.
John cruzó la acera corriendo hacia la entrada del parque Benjasiri, donde Adriana lo estaba esperando de pie. Lo cogió del codo y tiró de él hacia adentro.
—Rápido, puede que no tenga mucho tiempo.
—¿Quién?
—Amira. La chica a la que seguimos el otro día.
—¿Qué pasa?
—Pues que la he vuelto a seguir, pero seguía sin querer hablar conmigo. Así que le he dado mi tarjeta. Me ha llamado esta tarde y me ha dicho que quería quedar conmigo, pero que no tiene mucho tiempo. Puede que Hassan vuelva, y si descubre que no está en casa, se enfadará.
—Ah, vale. Acabo de ver a Hassan en el Dragon; me estaba tomando una copa. No creo que se vaya a ir pronto.
—Bien. Mira, allí está. —Adriana señaló un banco del parque donde Amira estaba sentada sola, con la vista perdida en el césped, hacia el estanque de los peces.
—¿Amira?
Ella se levantó de un salto, los miró a los dos con nerviosismo y asintió.
—Sentémonos. —Adriana hizo un gesto hacia el banco, se sentó y esperó a que Amira se sentara a su lado. No había sitio para John, así que se quedó de pie a un lado, dándoles espacio a las dos.
—Amira, cuando la vi en la casa el otro día, tenía un moratón en la cara. ¿Quién se lo hizo?
Amira se encogió de hombros y se quedó mirando el césped. Hizo un agujero en la tierra con la punta del zapato.
—¿Fue Hassan?
Se giró, miró a Adriana y asintió.
—¿Lo ha hecho antes?
Asintió de nuevo, con los ojos anegados en lágrimas.
Adriana levantó la vista hacia John, luego volvió a mirar a Amira y le cogió la mano.
—Amira, podemos ayudarla. Él no tiene derecho a hacer eso. Podemos llamar a la policía.
—No. No. —Amira negó con la cabeza con vehemencia—. Me pegará.
—Entonces váyase sin más. ¿Tiene algún sitio adonde ir?
—No, no tengo dinero, ni papeles. No tengo adónde ir.
Amira sollozaba en voz baja, con los hombros temblorosos. Adriana se deslizó hacia ella, le pasó un brazo por los hombros, la atrajo hacia sí y la abrazó.
—Eh, tranquila, tranquila. —Le acarició el pelo a Amira mientras las lágrimas le corrían por las mejillas y su cuerpo se sacudía en sollozos silenciosos.
John contempló el césped —las parejas jóvenes sentadas en mantas al fresco de la noche, los caminantes y corredores que daban vueltas al lago, los imponentes edificios de apartamentos que se alzaban tras el parque—, cada cual viviendo en su pequeña burbuja, ajeno al dolor y la lucha que sucedían a su alrededor.
Volvió a mirar a las dos mujeres sentadas en el banco: la mujer de la que se estaba enamorando y la joven que vivía en un mundo de dolor.
No podía quedarse de brazos cruzados. Se arrodilló en la hierba frente al banco.
—Amira. Cuéntenos qué le pasa. Haremos todo lo posible para ayudarla y sacarla de este lío.