John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 14
67%

Capítulo 14

D os días después, John y Adriana estaban sentados junto a la ventana de una cafetería, vigilando el edificio de Hassan.

Llevaban ya una hora allí y, después de dos cafés, John se sentía un poco alterado.

No podía creer que estuviera otra vez pasando el tiempo en una vigilancia.

Al principio, se mostró reacio a involucrarse en seguir a alguien, pero cualquier momento que pudiera pasar en compañía de Adriana era tiempo bien empleado.

La verdad era que se estaba aburriendo de su vida ociosa.

Ya se había planteado mudarse a otra ciudad cuando conoció a Adriana.

Hay un límite de turismo y ejercicio que puedes hacer en un día, e incluso eso pronto se volvía aburrido.

Necesitaba un propósito, una dirección en la vida.

Sintió la mano de Adriana en su brazo.

—Ahí está.

Miró por la ventana y vio a una chica menuda, vestida con un shalwar kameez y con una bolsa de tela en la mano, salir del edificio de enfrente. Miró a ambos lados, luego giró a la izquierda y bajó por el soi .

—Vámonos. —Adriana tiró de su brazo y se levantó. John buscó cambio en el bolsillo, dejó un puñado de bahts sobre la mesa y la siguió hasta la puerta.

Adriana ya había echado a andar por el soi en persecución de la chica, y John corrió para alcanzarla.

—Y bien, ¿cuál es tu plan?

—En realidad no tengo ninguno. —Adriana miró de reojo a John—. Quería una oportunidad para hacerle unas cuantas preguntas lejos de la casa.

—Vale. —John la guio del brazo para apartarla de una baldosa rota mientras seguían por el soi , sin perder de vista a la chica.

Sortearon a los vendedores ambulantes que montaban puestos de comida en el borde de la calzada e ignoraron las invitaciones para un masaje de pies de las aburridas mujeres sentadas a la puerta de los salones.

Al final del soi, la chica giró a la derecha.

—Debe de ir al mercado.

—Será mejor que nos acerquemos. Será fácil perderla ahí dentro.

Aumentaron el ritmo y entraron en el abarrotado mercado justo detrás de ella.

Puestos repletos de verduras y hierbas competían por el espacio con vendedores de grandes tarrinas de pasta de curry, aperitivos fritos y dulces hechos de coco y harina de arroz.

El olor a citronela y albahaca impregnaba el aire.

Una mujer a la izquierda freía huevos de codorniz y los servía con una gota de salsa de pescado en la yema.

Un hombre a la derecha removía un gran wok de fideos de arroz y echaba un buen puñado de brotes de soja mientras el vapor se elevaba del wok.

John intentó no distraerse con el olor a comida. Tenía hambre y no había comido desde que salió a correr por la mañana. Adriana le tiró del brazo.

—Vamos, hablemos con ella ahora antes de que la perdamos. —La chica se había detenido en un puesto y estaba pagando por un gran manojo de verduras. Adriana se le acercó.

—Disculpe.

La chica se sobresaltó, con una expresión de sorpresa en el rostro. Miró a Adriana y a John, y sus ojos iban del uno al otro.

—¿Se acuerda de mí? —sonrió Adriana—. Vine a su casa la semana pasada.

La chica asintió con la cabeza, vacilante.

—Me llamo Adriana. —Le tendió la mano—. Este es mi amigo, John.

John le sonrió, intentando tranquilizarla. Era obvio que estaba nerviosa y no entendía por qué dos occidentales le estaban hablando en el mercado.

La chica esbozó una leve sonrisa y tomó brevemente la mano de Adriana antes de volver a soltarla.

—¿Habla usted inglés? ¿Cómo se llama?

La chica miraba alternativamente a Adriana y a John, y luego a la gente que pasaba. —Amira —su voz era suave, vacilante y, con el ruido del mercado, casi inaudible.

Un transeúnte empujó a John, y este se hizo a un lado, guiando a Adriana para apartarla del paso de los compradores.

—Hola, Amira. ¿De dónde es usted?

De nuevo, los ojos de la chica se movieron con nerviosismo. Abrió la boca, pero la volvió a cerrar rápidamente. Hizo ademán de pasar junto a Adriana, pero esta le bloqueó el paso.

—Tranquila, Amira. Solo quiero hacerle unas preguntas. Estoy aquí para ayudarla.

Amira negó con la cabeza, con lágrimas asomando en sus ojos. Miró a John y luego de nuevo a Adriana.

—No, no.

Pasó junto a Adriana a la fuerza y echó a correr por el callejón.

John y Adriana la vieron desaparecer entre la multitud.

—Vaya, qué bien ha ido.

—Sí —suspiró Adriana.

—Vamos a comer algo. —John se dio una palmada en el estómago—. Me muero de hambre.

“Ha estado delicioso”. —John cogió una servilleta del dispensador de plástico y se dio unos toques en los labios; luego, empujó su plato vacío hacia el centro de la mesa.

Tomó un sorbo de lo que quedaba de su cerveza, la hizo girar en la boca antes de tragar y volvió a dejar el vaso vacío sobre la mesa.

—Y bien, ¿qué vas a hacer ahora?

Adriana movía los fideos de un lado a otro del plato mientras observaba a la multitud que pasaba en tropel.

—No lo sé. Es obvio que tiene miedo de algo.

—Sí, estaba muy nerviosa. Pero ¿no lo estarías tú en su situación? ¿Que dos farangs desconocidos se te acerquen en el mercado queriendo hacerte preguntas?

—Quizá tengas razón —asintió Adriana, pensativa—. Pero sigo sin poder quitarme de la cabeza la sensación de que hay algo más. Te aseguro que vi moratones en su cara la primera vez que la vi. —Bajó la mirada a su plato y lo apartó—. Estoy preocupada por ella, John.

—¿Hay algún teléfono de ayuda contra la violencia doméstica al que puedas llamar? ¿Quizá podrían enviar a alguien?

—¿Y si me equivoco? ¿Y si me estoy imaginando cosas? Entonces lo único que haría sería complicarle las cosas en su lugar de trabajo.

John asintió lentamente, mordiéndose el labio mientras pensaba.

—A lo mejor deberías intentar hablar con ella otra vez. Quizá la próxima vez no se asuste tanto al verte. Yo no iré contigo. Será menos intimidante si estás sola.

—¿Ya te has aburrido de mí, señor Hayes? —bromeó Adriana—. ¿Poniendo excusas para no quedar conmigo?

John echó la silla hacia atrás y se levantó. Mirando a Adriana, sonrió de oreja a oreja.

—Por alguna razón, siento que quedar contigo nunca será aburrido.