Capítulo 13
D urante tres días, John intentó sacarse a Adriana de la cabeza. Salía a correr con intensidad cada mañana, hacía largos en la piscina de su edificio y cogía el metro y el Sky Train a otras partes de la ciudad para mantenerse ocupado deambulando por las calles.
Sentía un conflicto interior. Se sentía culpable por traicionar al amor de su vida, pero no podía quitarse a Adriana de la cabeza.
Cuando cerraba los ojos, no era a Charlotte a quien veía, sino a Adriana: la forma en que las arrugas se dibujaban en el rabillo de sus ojos cuando sonreía, la suave curva de su cuello, la forma de sus labios.
John ansiaba compañía, anhelaba el contacto de una mujer.
Quería a alguien en su vida, a alguien que fuera su igual, alguien con quien poder compartir las cosas.
Estaba solo, y no importaba cuánto intentara mantenerse ocupado ni cuántas conversaciones tuviera con los jugadores de takraw del parque; necesitaba llenar el enorme vacío de su vida.
Al cuarto día, mientras corría por la mañana, tomó una decisión. Volvió a su apartamento y entró en el dormitorio. Cogió el teléfono de la mesilla de noche y contempló la fotografía del marco de plata.
—Lo siento, Charlotte. Te echo de menos una barbaridad, pero necesito a alguien en mi vida.
Tocó la pantalla del móvil con el pulgar y abrió la aplicación de mensajería. Tenía un mensaje.
¿Un café?
Adriana ya estaba allí cuando John llegó, sentada en el mismo sitio junto a la barra.
—Buenos días —sonrió John mientras ella se giraba.
—Hola —Adriana se levantó y le dio dos besos en las mejillas, apretándole el brazo con la mano derecha.
John sintió el ya familiar hormigueo recorrerle la espalda. John sacó el taburete y se sentó, buscando la mirada del barista, y asintió.
—Perdona, ya he pedido —dijo Adriana, removiendo su café helado con una cucharilla.
—No pasa nada. Lo siento, he llegado tarde. He tardado en refrescarme después de correr.
—¿Por dónde corres?
—Suelo dar vueltas al parque Benjasiri. Es la zona verde más cercana a mi apartamento.
—Me gusta ese sitio. A veces compro comida para peces en la tienda y doy de comer a las tortugas.
—Los placeres sencillos —sonrió John mientras llegaba su café.
Adriana se rio. —¿A que son los mejores?
John asintió y sorbió su café.
—¿Cómo va el artículo?
—Lo terminé ayer. Saldrá la semana que viene.
—¿Estará contento nuestro amigo Hassan?
—Por supuesto. Conté la verdad. El ambiente es estupendo, la comida es excelente, la música animada, pero sin estar demasiado alta. No le pude encontrar ni un fallo.
John asintió pensativo, con la mirada fija en su taza de café.
—¿Todavía tienes dudas sobre él?
—Hum…
John levantó la vista y observó el rostro de ella mientras jugueteaba con la servilleta que tenía delante.
—¿Y bien?
—Bueno… quizá solo es un tío raro.
—Desde luego le gustas —sonrió John.
Adriana asintió y frunció los labios.
—De todos modos, hiciera lo que hiciera en Daca con su fábrica, a nadie aquí le va a interesar. Pero… —Cogió su café, lo miró y lo volvió a dejar. Se giró hacia John y dijo—: Cuando fui a su casa, tenía una criada que no era tailandesa.
—¿Y?
—Bueno, eso no es muy común aquí. Y creo que tenía la cara amoratada.
—Sí, ya comentaste antes que crees que Hassan le pega. ¿Quizá tuvo una pelea en casa?
—Quizá.
—¿No lo crees?
—No lo sé. Parecía asustada. Mi instinto me dice que Hassan le pega.
—¿Por qué quieres meterte? Tu artículo ya está hecho.
Adriana asintió y miró a través de la cafetería.
—Sí, tienes razón. —Volvió a mirar a John—.
Pero recuerdo lo que dijiste la otra noche.
Que o miramos para otro lado y pasamos el resto de nuestra vida arrepintiéndonos o damos un paso.
Si le está pegando y yo no hago nada, ¿en qué clase de persona me convierte eso?
¿Cómo podría vivir conmigo misma sabiendo que quizá, solo quizá, había algo que podría haber hecho, pero no lo hice?
John asintió lentamente. ¿Podía esta mujer ser más perfecta?
—Vale, supongamos que abusa de ella. ¿Cómo vas a enterarte y cómo vas a salvarla? No puedes ir y preguntarle sin más: «¿Le está pegando a su criada?».
—No —suspiró Adriana. Se quedó con la mirada perdida mientras tamborileaba un ritmo en la barra con los dedos de la mano derecha.
John sorbió su café y la observó, dejándola pensar.
Ella se giró de nuevo con una sonrisa.
—Pero puedo preguntarle a la criada.