Capítulo 12
L legó el sashimi y, a medida que las copas se sucedían, también lo hizo la conversación.
Ambos empezaron a relajarse conforme el alcohol desvanecía sus inhibiciones.
Adriana le habló a John de su vida anterior en Lisboa, de su ruptura con Miguel y de su sueño de ser periodista de investigación.
John la escuchaba con atención, esquivando con cuidado las preguntas sobre él y devolviéndoselas.
Era reacio a hablar de sí mismo; todavía no.
Tenía demasiado que ocultar, demasiado de lo que sentirse culpable.
Pero a medida que avanzaba la velada, fue cogiéndole cariño a la hermosa mujer que tenía sentada en frente.
Era ingeniosa, inteligente y un deleite para la vista.
Sintió que tal vez, solo tal vez, podría permitirse abrirse a otra mujer, permitir que alguien ocupara el lugar de Charlotte en su vida, pero tenía que ir despacio.
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero sus heridas estaban enterradas muy adentro y, por el momento, quería que siguieran así.
Al final de la noche, se sentían muy a gusto el uno con el otro, relajados y felices.
John tenía un buen puntillo por la ginebra y Adriana se reía tontamente y a carcajadas, rozándole con la yema de los dedos cada vez que enfatizaba algo.
Se habían olvidado por completo de Hassan; el restaurante ahora estaba lleno de comensales y todos los taburetes de la barra, ocupados por gente que tomaba algo o esperaba mesa.
Independientemente de la opinión que tuvieran sobre Hassan, el restaurante y el bar eran realmente fantásticos.
La comida japonesa era exquisita, y el ambiente interior se veía realzado por el DJ y la presencia de mucha de la gente guapa que consideraba esta parte de Bangkok su hogar: expatriados vestidos con elegancia, personalidades distinguidas de la alta sociedad tailandesa y algún que otro turista.
El restaurante podría haber estado en cualquiera de las principales ciudades del mundo y distaba mucho de los antros sórdidos y los bares de cerveza que abarrotaban las calles.
Terminada la cena, John pidió la cuenta, pero la camarera le dijo que ya estaba pagada.
—Supongo que debería darle las gracias —dijo Adriana, buscando a Hassan con la mirada por el bar.
Lo localizaron en una mesa de un rincón, enfrascado en una conversación con dos hombres tailandeses.
No parecía contento, pero, en cuanto vio a Adriana de pie, se levantó, esbozó una sonrisa y se acercó a ellos.
—¿Ya se van?
—Sí, mañana trabajo, pero muchas gracias, Hassan. La comida ha estado maravillosa.
Hassan se inclinó hacia delante y le cogió la mano entre las suyas.
—Ha sido un placer. Por favor, vuelva cuando quiera. —Aún sujetando la mano de Adriana, le lanzó una mirada hostil a John—. Señor Hayes.
—Señor Rahman —asintió John.
Adriana soltó la mano.
—Buenas noches, Hassan. Le avisaré cuando salga el artículo.
Hassan volvió a mirar a Adriana y la sonrisa regresó a su rostro. —Buenas noches, Adriana. Si alguna vez necesita algo, lo que sea —le guiñó un ojo—, por favor, llámeme. Siempre estoy disponible.
Adriana sonrió e hizo el gesto de coger a John del brazo y acercarlo a ella.
—Gracias.
John volvió a asentir hacia Hassan y se dirigió a la salida.
Caminaron por la pasarela de madera, pasando junto a los estanques de kois, en dirección a la calle. John se giró para agradecer a la alta chica europea de la entrada su amable servicio y, por el rabillo del ojo, vio a Hassan de pie donde lo habían dejado, mirándolos fijamente.
En el borde de la calzada, Adriana se detuvo y miró a John a la cara, con los ojos casi a la misma altura que los suyos.
John no sabía si era por el efecto de la ginebra, pero al contemplar aquellas pozas de color avellana con motas doradas que eran sus ojos, sintió ganas de abandonar todos sus miedos y zambullirse en ellas.
—Gracias, John. He pasado una noche maravillosa.
John tragó saliva. —Sí, yo también, gracias a ti.
Permanecieron un momento en un silencio incómodo, sin saber muy bien qué hacer a continuación.
—Bueno. —Adriana se aclaró la garganta—. Tengo que irme. Mañana trabajo.
—¿No tendrás problemas para volver a casa?
—No. —Adriana miró la fila de taxis aparcados en el lado opuesto del soi —. Cogeré un taxi. Hay poco tráfico a estas horas de la noche y vivo cerca. Estaré en casa en cuestión de minutos.
Se sintió como un adolescente en su primera cita. No estaba seguro de qué se suponía que debía hacer. ¿Debía acompañarla, debía besarla?
Adriana se inclinó y sus labios le rozaron la mejilla, enviándole una corriente eléctrica desde debajo de la oreja hasta el final de la espalda. La yema de sus dedos le rozó el brazo.
—Buenas noches, John.
A John se le cortó la respiración y sus cuerdas vocales parecieron paralizarse mientras ella sonreía y se volvía hacia los taxis.
Se quedó de pie, observando cómo la mujer más bella del mundo cruzaba la calle y subía a un taxi.
Cuando las luces traseras rojas del vehículo desaparecieron al final del soi , por fin soltó el aire.
—¿Qué estoy haciendo? —dijo en voz alta.