John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 4
62%

Capítulo 4

A driana dio un sorbo a su café helado y repasó las notas de la entrevista.

Tenía información suficiente; con algo de relleno y unas cuantas fotos, podía sacar sin problemas un artículo publicable.

Nunca querían nada demasiado detallado, solo algunas palabras que acompañaran las lustrosas fotos que llenaban la revista.

No era alta literatura ni periodismo ganador de un Pulitzer, pero, a veces, la vida te da un revés y tus planes no salen como quieres.

Tomó otro sorbo de café y dejó que su mente divagara.

Pensó en cómo había terminado en Bangkok, algo totalmente imprevisto.

El plan había sido casarse con Miguel, establecerse en Lisboa y forjarse una carrera trabajando para un periódico de calidad como Expresso o Público ; su aventura lo arruinó todo, el cerdo.

Con el corazón roto, no había podido quedarse en Lisboa. Compartían amigos, comían en los mismos restaurantes y trabajaban en el mismo barrio. No soportaba verle, y menos presumiendo de esa fulana de Ines del brazo.

Y ahora allí estaba, en Bangkok, una ciudad que había llegado a amar, pero que ni se le había pasado por la cabeza visitar cuando estaba con Miguel.

Al menos escribía. Vale, lo hacía como autónoma y para revistas de estilo de vida, pero no sentía que hubiera abandonado por completo su amor por la escritura.

Tras dar otro sorbo al café, miró a su alrededor. El local bullía de actividad, lleno de lugareños adinerados y expatriados, y ella solo había conseguido un sitio en la barra. La ciudad vibraba a todas horas; le encantaba.

Adriana sintió a alguien cerca y se giró para ver a un hombre occidental, alto y delgado, con la mano en el taburete desocupado a su izquierda.

—¿Te importa si me siento aquí? —sonrió él.

Adriana no podía negarse; era el único asiento que quedaba libre y, además, el hombre era educado y no estaba nada mal.

—En absoluto —le devolvió ella la sonrisa y volvió a sus notas.

Hassan Rahman era espeluznante, sin duda.

El lujoso apartamento y su riqueza no la habían impresionado, pero no podía elegir a quién entrevistaba.

Eran artículos como ese los que pagaban el alquiler.

Sin embargo, no tenía que entregar el artículo hasta el final de la semana y, aunque ya empezaba a tomar forma en su mente, no le apetecía escribirlo en ese momento.

Dejaría que su subconsciente colocara las palabras en su sitio y lo escribiría más tarde.

Su mente volvió a divagar, esta vez hacia la chica que había visto trabajando en el apartamento de Hassan.

No era tailandesa..., quizá birmana o incluso bangladesí, lo cual era inusual.

No parecía feliz... «Me pregunto cuál será su historia», pensó.

«Seguro que es más interesante que la de Hassan».

Mientras sorbía su café, miró de reojo al hombre sentado a su lado.

Olía bien y tenía un bronceado intenso, lo que probablemente significaba que vivía allí.

No era el moreno de una semana que se veía en los turistas.

Como confirmando su impresión, le oyó pedir un café en tailandés.

Él se dio cuenta de que le miraba y sonrió.

—Lo intento.

—A mí me ha sonado bien —le devolvió la sonrisa Adriana.

No estaba nada mal. Las comisuras de sus ojos se arrugaban cuando sonreía, tenía acento inglés y un aire tranquilo y relajado.

Cogió el teléfono y se puso a mirar sus aplicaciones, lo que supuso un cambio agradable.

Normalmente, los hombres intentaban ligar con ella en cuanto les prestaba la más mínima atención.

Ella bajó la mirada e intentó concentrarse en sus notas, pero no pudo.

Quizá no pasaba nada por charlar un rato con él.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de compañía masculina decente y él no parecía uno de esos tipos babosos que se pasaban el día bebiendo cerveza en los bares de chicas. Se giró de nuevo hacia él.

—¿Dónde has aprendido tailandés?

Él levantó la vista del teléfono y le estudió el rostro.

No respondió de inmediato; la miró a los ojos con una intensidad que le provocó un cosquilleo en la nuca.

No era una mirada espeluznante como la de Hassan, no le hizo querer apartar la vista.

Esbozó una media sonrisa, con la comisura izquierda de la boca curvada hacia arriba.

—Siempre me gusta aprender al menos unas cuantas palabras del idioma local cuando viajo. Me hace sentirme menos como un extraño —apartó la vista como si fuera reacio a continuar.

En ese momento, llegó su café. Vio cómo le sonreía a la camarera y le devolvía el azúcar y la jarrita de leche que lo acompañaban. Él se percató de que le estaba observando.

—No tiene sentido desperdiciar las cosas —dio un sorbo a su café y se lamió los labios—. Genial.

—Sí, es la primera vez que vengo. El café me ha sorprendido gratamente.

—¿Estás de vacaciones?

—No, vivo aquí —le tendió la mano—. Soy Adriana.

—Hola, Adriana. John, John Hayes —le estrechó la mano; su agarre era firme, seguro—. Yo también vivo aquí. Al menos por ahora.

—¿Por ahora?

Él desvió la mirada, recorriendo las mesas con los ojos antes de responder.

—Es una larga historia. Digamos que me estoy tomando un descanso.

Adriana bajó la vista hacia su café helado y sorbió por la pajita antes de responder en voz baja.

—Yo también, en cierto modo —levantó la mirada y se dio cuenta de que John la estaba observando. Sonrió—. También es una larga historia.