Capítulo 5
N o la había visto por aquí antes; se habría acordado.
Tenía la piel tersa y aceitunada, y el pelo negro azabache recogido en una coleta alta que acentuaba sus pómulos marcados.
Una fina cadena de oro al cuello y un par de aros de oro eran sus únicas joyas; se fijó en la ausencia de anillos mientras sus largos y elegantes dedos agarraban el café con hielo.
Se sintió culpable por buscarle un anillo, pero notó que deseaba saber más de ella.
Su inglés tenía acento… ¿español?, ¿sudamericano? No estaba seguro.
—¿De dónde eres, Adriana?
Ella se giró hacia él y, de nuevo, se sintió hipnotizado por sus ojos, de color avellana con motas doradas, que captaban la luz. Sintió una extraña sensación en el pecho, algo que no había experimentado en años.
—Soy de Portugal. —Su rostro se iluminó al sonreír, como si el sol hubiera salido de detrás de una nube—. ¿Y tú?
—De Inglaterra, originariamente. —John volvió a mirar su café.
¿Estaba haciendo lo incorrecto? Charlotte había sido la única mujer que le había hecho dar un vuelco al corazón de esa manera.
Hacía casi tres años de su asesinato, pero anhelaba la compañía femenina 1 .
Pensaba en ella todos los días, pero su recuerdo se desvanecía con el tiempo.
Sin mirar su foto, cada vez le resultaba más difícil visualizar su rostro.
Le dio un gran sorbo a su café. ¿La estaba traicionando?
No lo sabía, pero había algo en la mujer sentada a su lado que lo atraía…
De todos modos, lo único que hacía era hablar.
—¿A qué te dedicas aquí en Bangkok, Adriana?
—Soy escritora autónoma. Escribo para algunas revistas de aquí y para varias revistas de viajes en el extranjero. —Se encogió de hombros—. Me da para pagar el alquiler.
—Por cómo lo dices, parece que no es lo que de verdad quieres hacer.
—Estudié Periodismo con la idea de ser periodista de investigación. Mi sueño siempre fue trabajar para un periódico como el Público . ¿Te suena el periódico?
John negó con la cabeza.
—Bueno, es un periódico de prestigio en Portugal. Pero… la vida tenía otros planes, y ahora estoy aquí.
John la observaba mientras hablaba, colocándose un mechón de pelo suelto detrás de la oreja y dejando al descubierto su cuello largo y esbelto.
El corazón le latía más deprisa y notaba cómo le subía la temperatura corporal.
¿Qué le estaba pasando? Había evitado el contacto femenino durante tanto tiempo que no estaba bien.
Charlotte era el amor de su vida y nunca podría…
no, nunca debería ser reemplazada… pero no podía negar que aquella mujer lo fascinaba.
Se aclaró la garganta. —Sí, la vida suele hacer esas cosas.
—Levantó la taza de café y la escudriñó como si buscara inspiración en el líquido negro—.
Aunque si algo me ha enseñado la vida es a aprovechar cada momento, y si estás haciendo algo que no te gusta, tienes que cambiarlo.
La vida es demasiado corta. Mañana podría pasar algo que cambie todos tus planes.
Ella ladeó la cabeza, estudiándole el rostro, pero no dijo nada.
—Lo siento, ha sonado deprimente. —Apuró el café y echó la silla hacia atrás—. Me tengo que ir. Ha sido un placer conocerte.
John ignoró su expresión de sorpresa, cogió la cartera, sacó algo de dinero y lo dejó en el mostrador. —Por favor, te invito al café.
Adriana se levantó y él se dio cuenta de que apenas le sacaba unos centímetros. John le tendió la mano.
—A lo mejor nos vemos por ahí. —Ella le cogió la mano y un hormigueo le recorrió el brazo.
—Eso espero, John.
John le soltó la mano y salió de la cafetería, confundido. Sentía culpa, pero también deseo. Necesitaba poner en orden sus ideas.
1 Ver «Venganza» - John Hayes #1