John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 2
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Capítulo 2

A l abrir los ojos, echó un vistazo a la pantalla luminosa del despertador de la mesilla —las once y media de la mañana—; ya era hora de empezar el día.

Sacó las piernas de la cama, se incorporó, se rascó la barriga y bostezó.

Se puso en pie, se giró y miró a la chica que estaba tumbada en la cama.

No se levantaría hasta dentro de un rato.

El cóctel de alcohol y drogas tardaría unas cuantas horas más en desaparecer de su organismo.

La chica había estado bien. Quizá repitiese con ella; todavía no se había aburrido.

Soltó una risita y le dio una palmada en la nalga.

La chica se removió, pero no se despertó.

La vida le había ido bien al pobre chico de los suburbios de Daca.

Con dificultad, Hassan Rahman dobló su cuerpo corpulento, recogió el batín de donde lo había tirado al suelo la noche anterior y se lo puso. Se ciñó el cinturón alrededor de su generosa cintura, se calzó unas zapatillas y salió al salón de su ático de casi cuatrocientos metros cuadrados.

—¡Amira! —rugió.

Una joven salió corriendo de la cocina, secándose las manos en el bajo de su kameez y con la mirada gacha.

—¿Señor?

—Tráigame algo de comer.

Hassan Rahman se sentó en el sitio que ya le habían preparado, cogió la servilleta y se la metió bajo la barbilla.

—¡Dese prisa!

Amira volvió a salir a toda prisa con un plato de parathas calientes y lo dejó sobre la mesa.

—Chai —ladró él.

—Sí, señor.

Hassan arrancó un trozo de paratha y se lo metió en la boca. Le palpitaba la cabeza y necesitaba comida grasienta y caliente y cafeína para aliviar la resaca.

Amira colocó una tetera de plata sobre la mesa y se retiró a toda prisa a la seguridad de la cocina.

Hassan se lamió los dedos y, cogiendo la tetera, se sirvió una taza.

Un ligero temblor en la mano le hizo salpicar té sobre la mesa.

Ignorando el derrame, dio un sonoro sorbo al líquido caliente y lechoso y cogió otro paratha.

La noche anterior había sido salvaje incluso para un hombre de sus apetitos, y ahora estaba pagando las consecuencias.

Se frotó los ojos con la mano izquierda, tentado de volver a dormir un par de horas, pero, al mirar el reloj, se dio cuenta de que no podía.

Tenía trabajo que hacer antes de que su bar abriera por la noche.

Una periodista había concertado una entrevista con él para una de las revistas para expatriados, y necesitaba asearse antes de que llegara.