John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 42
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Capítulo 42

J ohn bebió un sorbo de su masala chai y luego dejó la taza de acero sobre la mesa con tablero de fórmica que tenía delante. Miró a los hombres sentados frente a él y sonrió.

—Quiero daros las gracias por todo lo que habéis hecho. No lo habría conseguido sin vosotros.

—¿Para qué están los amigos, John? —respondió Thapa con una sonrisa—. Además, creo que mi padre se lo ha pasado muy bien. ¿A que sí, papá?

—La vida de civil puede ser un poco aburrida, John. No me divertía tanto desde que dejé el servicio —rio Tejpal por lo bajo.

Una señora bajita y rolliza se acercó a la mesa con un plato de mo-mos humeantes.

—John, quisiera presentarle a mi madre. —John echó la silla hacia atrás, se puso de pie y juntó las manos frente al pecho.

—Namaste.

Ella sonrió con timidez, dejó el plato en la mesa y se retiró rápidamente a la cocina.

La cafetería estaba vacía; las normalmente bulliciosas calles de Yau Ma Tei estaban tranquilas a esa hora de la noche.

John recorrió la sala con la mirada, observando las fotografías del Himalaya en las paredes y el pequeño templo de Mahakali en la pared del fondo, con el humo de las dos barritas de incienso ascendiendo perezosamente en espiral hacia el techo.

Sintió un vacío en la boca del estómago; el entorno le recordaba demasiado a la India y a Charlotte.

Se obligó a espabilarse, se agachó para coger la bolsa que tenía a sus pies, la puso en su regazo y abrió la cremallera.

Dentro había una muda, un pasaporte y cuatro fajos de dólares estadounidenses. Apiló los fajos sobre la mesa mientras Tejpal y Thapa observaban. Tras volver a dejar la bolsa en el suelo, John deslizó un fajo delante de Tejpal y otro delante de Thapa.

—Quiero que tengáis esto.

Thapa protestó, pero John lo detuvo.

—No lo habría conseguido sin vosotros. Me salvasteis la vida.

Thapa miró a su padre, quien le devolvió un asentimiento.

—Gracias, John —dijo Thapa con una amplia sonrisa—. Avísanos cuando podamos volver a ayudarte.

John se rio. —¡Espero no tener que volver a pedíroslo nunca! Y ahora, dejadme probar uno de esos mo-mos. Me muero de hambre.

Los tres hombres bebieron té y se terminaron los mo-mos en silencio.

—¡Ah, esperad! —Thapa se levantó de un salto y salió por la parte de atrás. Volvió con la bolsa de la lancha, una enorme sonrisa en la cara, y se la entregó a John—. Nos habíamos olvidado de esta.

—Bueno, por qué no —sonrió John, y añadió el dinero de la bolsa a las pilas que había sobre la mesa—. Y ahora, ¿tenéis algo más fuerte que chai?

Thapa y su padre se sonrieron el uno al otro.

—¡ Raksi ! —exclamaron ambos.