Capítulo 43
LUNES
E l coche estaba esperando, tal como decía el mensaje: el Alphard negro de la vigilancia del sábado.
John bajó del ferri con los demás viajeros del lunes por la mañana y subió la rampa hasta la carretera.
La puerta lateral se abrió al acercarse él, y miró dentro.
Estaba vacío, a excepción del conductor, uno de los matones tatuados de Ronald, que lo observaba desde el asiento delantero.
John lo saludó con un gesto de cabeza, y el hombre le devolvió el saludo, con una contracción en la comisura de los labios, como si quisiera sonreír pero no estuviera seguro de si debía.
Subió, se puso cómodo, y la puerta se cerró silenciosamente a su espalda.
John había dormido casi todo el domingo, pero todavía estaba cansado; su sistema nervioso se resentía de la tensión de la semana anterior.
Quedarse despierto hasta las tres de la madrugada bebiendo raksi con Thapa y su padre, Tejpal, tampoco había ayudado, pero habían necesitado desahogarse y relajarse tras los acontecimientos del sábado.
Se recostó en el asiento y cerró los ojos mientras el Alphard se abría paso con suavidad entre el tráfico matutino.
Supuso que se dirigían a la casa de Ronald en The Peak, pero diez minutos después, al darse cuenta de que no habían empezado a subir, abrió los ojos y vio que estaban pasando por el hipódromo de Happy Valley en dirección al túnel de Aberdeen, que los llevaba por debajo del Monte Parker hasta la cara sur de la isla.
Se encogió de hombros y observó el paisaje mientras pensaba en qué hacer a continuación.
Con su parte del dinero que había encontrado en las bolsas y el millón de dólares de Hong Kong que ya tenía en su cuenta, disponía de casi medio millón de dólares estadounidenses.
No necesitaba trabajar durante una temporada y, de hecho, no quería volver a trabajar en una oficina.
El aburrimiento soporífero del año anterior no tenía ningún atractivo.
Una vez más, partiría hacia nuevos pastos y empezaría de nuevo.
Una vez pasado el túnel, el coche dejó atrás Ocean Park y luego giró a la izquierda, siguiendo las indicaciones hacia el Aberdeen Marina.
John sonrió; se hizo una idea de adónde se dirigían.
El Alphard se detuvo frente a la entrada del puerto deportivo y la puerta lateral se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire caliente.
El conductor miró hacia atrás y asintió, con la comisura de los labios contrayéndose de nuevo. John sonrió.
— M goi sai leh , muchas gracias.
Las cejas del conductor se arquearon con sorpresa, y asintió de nuevo, esta vez con ambos lados de la boca moviéndose. Parecía que John estaba progresando.
Salió del coche y el calor y la humedad contrastaron de inmediato con el frío interior del Alphard.
Estiró la espalda y miró a su alrededor.
Era demasiado pronto para que empezaran a formarse las colas para el restaurante Jumbo, y la calle estaba tranquila.
El cielo estaba despejado y azul, y en los árboles que bordeaban el sendero, los minás graznaban y reñían al comenzar el día.
John entró en el muelle y siguió el camino que bordeaba el puerto deportivo hasta llegar al pantalán de los yates a motor más grandes.
Caminó hasta el final y contempló el elegante casco negro del Pegasus.
¿Hacía solo dos días que había estado atado en el camarote, con su vida en peligro?
Qué rápido pueden cambiar las cosas. Entrecerró los ojos para protegerse del resplandor del sol que se reflejaba en el agua y en los yates de casco blanco de los alrededores y observó el barco más de cerca.
La lancha auxiliar seguía sin estar, pero un montón de zapatos esperaba en el muelle.
Se quitó los suyos y subió el corto tramo de escaleras hasta la cubierta de popa.
Cuando se acercaba a la puerta del salón, esta se abrió y uno de los matones de Ronald, vestidos de negro, salió.
Saludó a John con la cabeza, sin rastro de sonrisa, y con un seco movimiento de cabeza, le indicó que entrara.
John se detuvo, estudió el rostro del hombre por un momento y luego entró en el salón.
La puerta se cerró tras él y el aire acondicionado del interior lo enfrió al instante; la camisa empapada en sudor se le pegó a la piel.
—John, bienvenido. Gracias por venir.
Ronald Yu estaba sentado a la mesa del comedor al fondo del salón, con David Yu de pie a su lado, nervioso.
—Buenos días.
—Por favor, entre y tome asiento. ¿Quiere tomar un té?
—Sí, gracias. —John retiró una silla y se sentó mientras un hombre que no había visto antes, con un polo con «Pegasus» bordado en el pecho izquierdo, le ponía delante una pequeña taza de porcelana y procedía a llenársela de té.
John esperó, luego se llevó la taza a los labios y tomó un sorbo. Tenía un sabor terroso y oscuro. —Mmm, este es diferente al del otro día.
—Sí, John. Es Pu-Errh . Un té fermentado de Yunnan, en el sudoeste de China. Bueno para la digestión.
—Me gusta. —Tomó otro sorbo, dejó la taza sobre la mesa y miró a Ronald y David con aire expectante.
—¿Ha leído el periódico esta mañana, John?
—No, no lo he leído.
Ronald levantó la vista hacia David y asintió. David cogió un ejemplar del South China Morning Post de la encimera de la cocina y lo deslizó sobre la mesa, frente a John.
John bajó la vista hacia el periódico y leyó el titular que se extendía por toda la portada.
Hallado muerto Peter Croft, presidente de Pegasus Land.
John enarcó una ceja, miró a Ronald y volvió a la lectura.
«El promotor inmobiliario y filántropo Peter Croft fue hallado muerto en su domicilio el domingo por la noche.
Su cuerpo fue encontrado al pie de la ladera que había bajo la terraza de su piscina por una empleada del hogar que, al regresar a casa, encontró la propiedad sin cerrar con llave y las puertas de la terraza abiertas.
La policía está investigando, pero un portavoz dijo que todo apunta a un aparente suicidio.
La esposa del señor Croft, de la que estaba separado y que se encuentra actualmente en Singapur, no estaba disponible para hacer comentarios».
John se recostó en su silla y observó a Ronald Yu; el rostro del anciano era impenetrable.
—Es una lástima. No me pareció el tipo de persona que se suicidaría.
—No, pero uno nunca conoce de verdad los entresijos de la mente ajena. Supongo, John, que la verdad saldrá a la luz en los próximos días. No cabe duda de que la opinión pública se enterará de sus considerables deudas personales y del estrés al que ha estado sometido por el fracaso de su matrimonio.
John miró a David:
—¿Y su hijo?
—Mi hijo, John, ha prometido empezar de cero.
¿A que sí, hijo? —Ronald alzó la vista hacia David con severidad, y este asintió—.
Se le acabó el juego y, además, tiene una empresa inmobiliaria de la que ocuparse.
Ahora que Peter nos ha dejado, por desgracia, mi hijo tendrá que desempeñar un papel mucho más activo.
Bajo mi estricta supervisión, por supuesto.
—Por supuesto —John le sonrió a David—. Lo hará bien.
David le devolvió la sonrisa con nerviosismo.
—Gracias, John.
Un atisbo de irritación asomó al rostro de Ronald, pero desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido.
—¿Y usted, John? ¿Qué planes tiene ahora? Me vendría bien un hombre con sus recursos en mi organización.
John suspiró, se reclinó en la silla y contempló por la ventana cómo un sampán pasaba lentamente.
—Es una oferta muy amable, señor Yu, pero voy a tomarme un descanso. Quizá viaje un poco. Necesito un poco de paz y tranquilidad en mi vida durante un tiempo. Después de eso, ¿quién sabe?
Ronald asintió con lentitud.
—Usted ha salvado la reputación de mi hijo y posiblemente su vida, John.
Me ha decepcionado de muchas maneras, pero es de la familia y siempre le estaré en deuda.
Mi oferta sigue en pie, y si alguna vez necesita algo en el futuro, ya sabe dónde encontrarme.
El dinero de la bolsa de deporte probablemente no le durará mucho.
John levantó la vista sorprendido mientras Ronald le devolvía la mirada con un deje de diversión. Hizo un gesto con la mano.
—Quédeselo. Se lo ha ganado.
—Gracias, señor Yu. —John observó el interior de la embarcación—. ¿Qué va a pasar con esto? ¿Se lo va a quedar?
—Me gusta tener todo bien atado, John, si me permite la expresión. Esta embarcación es un gasto innecesario. La venderé y reinvertiré el dinero en la empresa.
Ronald se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un tarjetero de plata. Extrajo una tarjeta de visita de color crema y la deslizó sobre la mesa.
—Aquí tiene mis números, John. Recuerde que estoy a una llamada de distancia.
John miró primero a Ronald, luego a David y de nuevo a Ronald.
—Muchas gracias a los dos.