John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 40
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Capítulo 40

J ohn estaba cansado y harto. Hizo crujir el cuello de izquierda a derecha y rotó los hombros, primero hacia delante y luego hacia atrás, mientras se recostaba en el asiento de cuero del Toyota Alphard negro.

Dos de los hombres de Ronald iban sentados delante; Tejpal, a su lado en la fila del medio, y Thapa, recostado en la de atrás.

Llevaban dos horas allí, a un lado de la carretera, y John solo quería largarse.

Uno de los hombres de delante no paraba de tirarse pedos y el aire del coche estaba viciado, rancio y cargado.

John se había enfrentado a una elección.

Alejarse de la situación con el dinero en su cuenta y la certeza de que Joseph Wong no volvería a molestarlo, o encontrar a Peter y obtener algún tipo de cierre.

Había estado indeciso y Ronald le había dejado la elección a él.

Solo cuando accedió a las grabaciones de voz almacenadas en la nube del dispositivo de escucha que había colocado en el salón del Pegasus, tomó una decisión.

Las escuchó con Ronald en el coche de vuelta del almacén y las pruebas habían sido condenatorias.

Una vez que avanzaron rápidamente las conversaciones de la comida entre Peter y David, oyeron a Peter discutir con Joseph cómo matarían a John y colocarían su cuerpo en el salón de tal manera que pareciera que había muerto al intentar asesinar a Peter.

Cuando discutieron qué hacer con David, Ronald se inclinó hacia delante y escuchó con atención; un pequeño tic en la comisura de la boca era la única pista de su enfado.

Peter y Joseph habían decidido finalmente matar a David también y deshacerse de su cuerpo en el mar, asegurándose de que todas las pruebas apuntaran a su implicación en el intento de asesinato de Peter.

Al fin y al cabo, un muerto no puede negar las pruebas que se amontonan en su contra.

Ronald se recostó en su asiento y observó a John con una intensidad que no había experimentado antes.

—John, depende de usted lo que decida hacer a partir de ahora, pero yo no descansaré hasta que este hombre pague por lo que ha intentado hacer.

John asintió. No respondió de inmediato y observó el mundo pasar por la ventanilla del Rolls Royce. No quería preguntar qué tipo de «justicia» tenía Ronald en mente, pero él también quería un cierre. Se volvió hacia Ronald.

—Me apunto.

Los hombres de Ronald habían estado vigilando la casa de Peter toda la noche, pero no había habido ni rastro del hombre.

Otro hombre estaba en el barco y otro fuera de la oficina de Peter.

Ronald tenía más hombres en el aeropuerto de Chek Lap Kok, pero Peter no aparecía por ninguna parte.

Supusieron que volvería a casa en algún momento.

Incluso si planeaba huir del país, necesitaría dinero en efectivo y su pasaporte.

John tenía las llaves de la casa, pero había dos problemas.

Imelda y la otra asistenta estaban en la casa, y John supuso que habría una alarma cuyo código no conocía.

Ronald tampoco tenía una solución, pero ofreció a sus hombres como mano de obra.

Lo único que John podía hacer era esperar y atacar en cuanto se presentara la oportunidad.

Cerró los ojos e intentó descansar. La tensión de la semana anterior había sido agotadora y solo deseaba ir a un lugar tranquilo y dormir durante días.

Recordó la última vez que había estado esperando en un coche, en la India, cuando había dado caza a los hombres que habían hecho daño a su mujer.

Incluso ahora, el pensamiento le revolvía el estómago de ira.

Ira y un resurgir del dolor que siempre sentía al recordar a Charlotte.

Ella lo había sido todo para él y su vida nunca volvería a ser la misma ahora que se había ido.

¿Qué había hecho para merecer una vida así?

Había venido a Hong Kong para escapar del estrés y los malos recuerdos, solo para que la mala suerte lo siguiera y lo arrojara a una situación de vida o muerte en la que su brújula moral se ponía a prueba una vez más.

Hacia las nueve de la noche, los hombres de delante se pusieron rígidos y el conductor se estiró hacia atrás y le dio un codazo a John. La cancela de la casa de Peter se estaba abriendo.

—Thapa, señor Rai —susurró John y sintió cómo se desperezaban.

Cinco pares de ojos se clavaron en la cancela principal, observando para ver quién salía.

Imelda y la otra filipina, cuyo nombre John nunca había sabido, salieron y se dirigieron por la calle hacia la parada del autobús mientras la cancela se cerraba tras ellas.

El domingo era el día libre tradicional para el personal doméstico, la mayoría de los cuales se reunían por miles en las calles de Central, e Imelda y su compañera obviamente iban a aprovecharlo al máximo, saliendo de casa la noche anterior.

Los hombres se relajaron y volvieron a acomodarse para esperar. Cuando las empleadas del hogar llevaban una hora fuera y la calle estaba oscura y silenciosa, decidieron actuar. Todos iban vestidos de negro, pero justo antes de que abrieran las puertas, Tejpal se volvió hacia John.

—Vas a necesitar un poco de esto. Es un resto de mis tiempos en el ejército.

Sabía que me vendría bien. —Hundió los dedos en un pequeño recipiente de plástico con crema negra y embadurnó generosamente la cara de John—.

Hay luna llena esta noche y tu piel pálida se verá con la luz de la luna.

—Se aseguró de que cubriera el cuello de John y el dorso de sus manos antes de recostarse y examinar su obra—. Bien.

—¿Y qué hay de ti y de Thapa?

—Mira nuestro color —se rio Tejpal—. Nosotros tenemos camuflaje natural.

Los hombres de Ronald miraron hacia atrás y sonrieron; era la primera vez que John los veía sonreír.

John, Thapa y Tejpal abrieron la puerta corredera lateral y salieron, dejando a los hombres de Ronald dentro del Alphard para que vigilaran la calle.

Miraron a ambos lados, luego cruzaron la carretera al trote y se dirigieron hacia la casa de Peter.

Divisaron un tramo del muro del perímetro que lindaba con un gran baniano, cuyas ramas se extendían sobre la carretera y, por encima del muro, hasta el interior de la propiedad de Peter.

John aupó a Thapa para que subiera al tronco y este trepó hasta alcanzar una rama que se extendía sobre el recinto de Peter.

Thapa se aseguró y alargó el brazo para subir a Tejpal.

Luego, ambos alargaron los brazos y subieron a John a las ramas, desde donde se dejaron caer al jardín, en la parte trasera del garaje para tres coches.

Los tres hombres se agacharon y escucharon un momento, pero la casa estaba en silencio.

Desde la carretera les llegó el sonido ahogado de un coche que pasaba y, desde las profundidades de un desagüe pluvial, un par de ranas toro croaron; sus sonoras llamadas, amplificadas en el espacio confinado.

Los tres hombres se desplegaron. Thapa fue a la esquina del garaje, desde donde podía observar la cancela, y Tejpal bajó por la pendiente hasta meterse debajo de la terraza voladiza de la piscina, donde se acomodó entre la maleza.

Desde allí podía vigilar cualquier aproximación desde la parte baja de la ladera.

Era improbable, ya que la pendiente era muy pronunciada, pero necesitaban cubrir todos los ángulos de aproximación, y Tejpal tuvo que usar todas sus habilidades de alpinismo, adquiridas durante su infancia en Nepal, para no resbalar y caer ladera abajo.

John bordeó la casa, agachándose para mantenerse por debajo de las ventanas, y se deslizó hasta la entrada principal.

Echó un vistazo al oscuro interior a través del panel de cristal situado al lado de la puerta.

Los hombres de Ronald habían estado vigilando la casa todo el día, así que estaban seguros de que, ahora que las criadas se habían marchado, no había nadie más en casa.

El delator parpadeo de un led rojo en un panel de control en la pared de la entrada reveló la presencia de una alarma, así que John tendría que usar el Plan B.

Tenía en el bolsillo el juego de llaves que le había cogido de la chaqueta a Peter en el barco, pero, con la alarma activada, no quería arriesgarse a abrir la puerta.

Esperaría. A la carrera y agachado, cruzó hasta el otro extremo del recinto y se metió a gatas en un macizo de cañas de Indias, encajándose contra el muro del perímetro, donde podía permanecer oculto pero sin perder de vista la puerta principal ni la lateral que daba a la cocina.

Se dispuso a esperar, seguro de que nadie los vería con su ropa oscura.

El tiempo pasaba lentamente. John se alegraba de que no lloviera, pero deseaba que la temperatura fuera un poco más fresca.

Incluso de noche, los niveles de humedad eran altos y, entre el follaje del jardín, no corría la brisa.

La ropa se le pegaba al cuerpo y el sudor se mezclaba con la crema de camuflaje y se le metía en los ojos.

Se los secó con la manga de la camisa, con cuidado de moverse despacio.

Se preguntó cómo se las estarían apañando los otros dos.

No tenía que preocuparse por Tejpal, pues tenía mucha experiencia patrullando la frontera entre Hong Kong y China antes de la transferencia de 1997.

Pero Thapa se había criado en la ciudad y tenía poca experiencia esperando en silencio entre la maleza la aparición de un enemigo.

Sin embargo, John confiaba en la resistencia de sus amigos nepalíes.

Poseían una dureza inherente, y estaba seguro de que se enfrentarían a lo que se les presentara.

John echó un vistazo sigiloso a su G-Shock.

Llevaba allí dos horas, pero seguía sin haber rastro de Peter.

Tenía que volver a casa en algún momento; la pregunta era cuándo.

Pasó otra hora y John estaba perdiendo la esperanza.

El tiempo que podía pasarse sentado en un jardín tropical era limitado.

Esperaba que no hubiera serpientes y, hasta el momento, solo había visto cucarachas deambulando por la maleza y trepándole por los pies.

Había renunciado a espantar a los mosquitos, permitiéndoles chupar a placer de su piel expuesta.

Ojalá se hubiera acordado del repelente de mosquitos cuando estaban trazando el plan.

Sintió el revelador zumbido de su móvil vibrando en el bolsillo.

Metió la mano, lo sacó y protegió el teléfono con la camisa para que no se viera el brillo de la pantalla.

—Ha llegado. John había creado un grupo de WhatsApp para todos los vigilantes para que pudieran recibir el mensaje al mismo tiempo.

Se puso rígido y escudriñó a través del follaje mientras la cancela principal se abría.

Una silueta oscura se deslizó dentro y se detuvo junto al muro, esperando a que la cancela se cerrara de nuevo.

John aún no podía distinguirle la cara, así que esperó a que la figura cruzara la zona de aparcamiento y se dirigiera hacia la puerta principal.

Era Peter. John escribió un mensaje y pulsó enviar.

—Lo veo. Dejádmelo a mí. Esperad mi mensaje.

Observó cómo Peter abría la puerta principal y entraba.

John lo vio detenerse junto al panel de control de la alarma, y luego cerrar la puerta tras de sí.

Hora de que John se moviera. Se puso en pie lentamente y avanzó a través del follaje hasta que salió del jardín y se agachó en la entrada de vehículos.

Reptó hasta la pared de la casa, donde no se le podría observar desde dentro, y se levantó.

Se sacudió la rigidez de las piernas e hizo girar los hombros.

Le parecía que pasaba demasiado tiempo de su vida escondido, esperando a gente.

Miró hacia el garaje y vio a Thapa agazapado en la esquina, observándolo. Le levantó el pulgar y vio el blanco de los dientes de Thapa cuando este sonrió.

John respiró hondo y luego se arrastró hacia la puerta principal, echando un vistazo al interior a través del panel de cristal lateral.

No se veía a Peter, pero el led de la alarma parpadeaba ahora en verde.

John examinó la cerradura de la puerta, luego se sacó las llaves del bolsillo, seleccionó la que tenía más probabilidades de encajar y abrió la puerta.