Capítulo 39
C ondujeron en silencio durante unos veinte minutos, absortos en sus propios pensamientos.
El coche descendió desde The Peak y cruzó al lado sur de la isla.
Finalmente, llegaron a la zona industrial de Wong Chuk Hang, un área repleta de edificios monótonos y mugrientos, de ocho a diez plantas, llenos de almacenes y fábricas de varios pisos.
El Rolls Royce se metió en uno de esos edificios, giró hacia la ancha entrada y luego siguió la rampa de acceso, que ascendía serpenteando entre muelles de carga hasta los niveles superiores del edificio.
En la parte de arriba, John vio el G-Wagen negro aparcado junto a un muelle de carga y a uno de los hombres de Ronald de pie, fumando un cigarrillo.
El Rolls Royce se detuvo a su lado, y John abrió la puerta y salió.
El matón vestido de negro le frunció el ceño a John y tiró el cigarrillo al suelo sin molestarse en apagarlo.
Rodeó el coche hasta el lado de Ronald y, de una manera que contradecía por completo su aspecto, lo ayudó a salir con delicadeza y lo llevó del brazo por los escalones que había junto al muelle de carga hasta atravesar las maltrechas puertas dobles de madera.
John los siguió y recorrió un ancho pasillo con las paredes marcadas por los daños del trasiego de mercancías.
Una luz fluorescente parpadeaba en el techo, y el aire olía a polvo y a orina rancia.
El matón abrió una puerta de un empujón y guio a Ronald al interior.
John entró detrás de él en un gran almacén poco iluminado, vacío a excepción de una silla en el centro de la sala.
Joseph estaba sentado con los brazos atados a la espalda y las piernas sujetas a la silla con bridas de plástico.
Tenía los ojos tan hinchados que eran solo dos rendijas, y la cabeza caída hacia un lado.
Le goteaba sangre de la fosa nasal izquierda y tenía los labios partidos.
Tres de los hombres de Ronald montaban guardia a su alrededor y todos se pusieron firmes y se enderezaron en cuanto entró Ronald.
Uno de los hombres corrió a un lado del almacén, cogió una silla, la colocó delante de Joseph, y Ronald se sentó.
John se quedó de pie a su lado y contempló la maltrecha figura que tenía delante.
Joseph no parecía haberse dado cuenta de que habían entrado; movía los labios como si hablara solo y su pecho subía y bajaba mientras respiraba agitadamente.
Ronald asintió al hombre que lo había hecho entrar, y este se acercó a Joseph, abrió una botella de agua de plástico y le volcó el contenido por la cabeza.
Joseph levantó la cabeza y miró a su alrededor, percatándose de la presencia de Ronald y John por primera vez.
Se aclaró la garganta y escupió un pegote de saliva y sangre en el suelo.
Sorbió por la nariz y enderezó la cabeza, mirando primero a John y luego clavando los ojos en Ronald.
John creyó detectar un atisbo de miedo mientras miraba a Ronald.
Ronald lo estudió un momento.
—Inspector Wong, nos volvemos a ver. Mejor hablemos en inglés para que el señor Hayes pueda entendernos.
Joseph volvió a sorber por la nariz y escupió en el suelo. Miró a John con desdén. Parecía que le faltaban varios dientes.
— Tiu leh lo moh. Hijo de puta.
Uno de los hombres de Ronald dio un paso al frente, y John hizo una mueca de dolor cuando el hombre le dio un puñetazo a Joseph en un lado de la cabeza, derribándolo al suelo.
El hombre se inclinó, volvió a enderezar la silla y a Joseph, y retrocedió.
Ronald se inclinó hacia delante, con las manos apoyadas en el bastón plantado en el suelo entre sus piernas. Entrecerró los ojos y su voz se llenó de una frialdad glacial.
—Le sugiero que nos muestre un poco más de respeto, inspector Wong.
—Vale, vale.
—¿Por qué no empieza desde el principio?
Joseph alzó la cabeza, observó a Ronald un instante y luego se le hundieron los hombros, abandonando su cuerpo cualquier último vestigio de rebeldía.
Comenzó a hablar lentamente, con un murmullo, y John tuvo que esforzarse para oír lo que decía.
—Fue idea de Peter… Últimamente sus cargamentos de droga han sufrido duros golpes…
Anda corto de liquidez. —Hizo una pausa para respirar y, cuando reanudó, su voz sonó más alta—.
Cuando se enteró de las deudas de juego de David, decidió que lo incriminaríamos para que lo metieran en la cárcel y así poder hacerse con la empresa y desviar sus fondos.
John intervino.
—¿Pero por qué yo?
Joseph se rio. O al menos eso creyó John. Fue más bien un gruñido seguido de una tos y un sollozo.
—¿Que por qué tú?… ¿Que por qué tú?… No eras más que un cliente cualquiera del banco.
Sobornamos a alguien de allí para que nos buscara a una persona que necesitara dinero, cuya cuenta estuviera en números rojos.
Te eligieron a ti… Menudos gilipollas. —Levantó la vista hacia John—.
¿Por qué no pudiste seguir la corriente y ya está?
—Negó con la cabeza y dejó caer la barbilla sobre el pecho; el esfuerzo de hablar lo estaba agotando.
—¿Quién me enviaba los mensajes?
Joseph suspiró.
—Era Peter… El tipo del banco nos dio tu número. Compramos una tarjeta SIM de prepago y Peter te mandó los mensajes.
John lo observó un momento, mientras las piezas del puzle iban encajando poco a poco. Todo empezaba a tener sentido.
—¿Dónde está Peter ahora?
Joseph alzó la vista.
—¿Y cómo coño quieres que lo sepa? El cabrón me abandonó cuando me atacaron esos putos nepalíes.
John miró a Ronald, que seguía inclinado sobre su bastón, frunciendo el ceño a Joseph.
Ronald habló, su voz tranquila pero firme.
—Quiero que les dé a mis hombres una lista con todos sus contactos, todos sus camellos, todos sus compañeros corruptos del cuerpo.
—Ni hablar… Estaré acabado.
Ronald miró de reojo al hombre que estaba a la izquierda de Joseph, y este dio un paso al frente.
Sostenía en la mano un trozo de bambú de unos sesenta centímetros.
Lo levantó por encima de su cabeza con ambas manos antes de descargarlo con fuerza sobre el muslo izquierdo de Joseph con un chasquido rotundo.
Joseph gritó de dolor y el hombre retrocedió a su posición anterior.
Sus gritos se convirtieron en sollozos, y todo su cuerpo se estremeció.
Ronald lo observó, con el rostro desprovisto de expresión mientras los sollozos daban paso a gemidos. Joseph levantó la vista hacia Ronald y suplicó.
—Me matarán. Tengo mujer, una hija.
—Entonces le sugiero que coopere, inspector Wong. Solo así podremos ayudarle. —Ronald asintió a su hombre, que avanzó alzando la vara de bambú sobre su cabeza.
—Vale, vale —protestó Joseph, intentando encogerse. El hombre retrocedió y la cabeza de Joseph volvió a desplomarse, mientras su cuerpo temblaba con sollozos silenciosos.
Ronald se puso de pie y se giró hacia John.
—Creo que ya hemos oído bastante. —Hizo un gesto con la cabeza a sus hombres y luego se dirigió hacia la puerta.
John lo siguió y, justo antes de salir, volvió la vista hacia Joseph.
Estaba desplomado en la silla, rodeado por los hombres de Ronald, que lo miraban con rostros impasibles.
A John no le caía bien, pero ver a otro ser humano reducido a un amasijo de carne magullada y ensangrentada le revolvía el estómago.
No le veía mucho futuro al inspector Joseph Wong.
Aun así, Joseph lo habría matado, así que John supuso que se lo merecía.
Se armó de valor, se dio la vuelta y salió.
Se deslizó en el Rolls-Royce junto a Ronald y el coche avanzó suavemente por la rampa hasta la planta baja. Cuando salió a la luz del día y aceleró con delicadeza por la calle, John se aclaró la garganta y formuló la pregunta cuya respuesta en realidad no quería saber.
—¿Qué le va a pasar?
Ronald no respondió de inmediato; se limitó a mirar por la ventanilla delantera, con los ojos fijos en algo lejano. John pensó que no lo había oído e iba a preguntar de nuevo cuando Ronald respondió.
—Ha amenazado a mi familia, John. Nadie hace eso. —Se volvió para mirar a John—. No tiene que preocuparse más por él. Digamos que va a proporcionar un gran apoyo a uno de nuestros nuevos edificios desde los cimientos.
John tragó saliva, cerró los ojos e intentó pensar en otra cosa.