Capítulo 30
SÁBADO
J ohn se reclinó contra el reposacabezas mientras el Mercedes serpenteaba por Pok Fu Lam, a lo largo del extremo noroccidental de la isla de Hong Kong. Samuel estaba allí para recogerlo del ferri, tal y como habían acordado el día anterior.
John tenía los nervios a flor de piel; había dormido mal y había necesitado mucho café para espabilarse.
Ahora, la cafeína le aumentaba la ansiedad mientras el coche se acercaba al Aberdeen Marina.
Llevaba el arma dentro de una bolsa grande de cierre hermético que se había metido en la cinturilla del pantalón, bajo la camisa.
La noche anterior la había limpiado a fondo para quitarle todas sus huellas dactilares y, después, la había metido con cuidado en la bolsa.
Peter le había asegurado que todo saldría bien, pero por alguna razón que no acertaba a comprender, John no se fiaba del policía.
Aquel tipo le daba repelús, con esa forma que tenía de observarlo constantemente.
Sospechaba ahora que le había proporcionado un arma descargada a pesar de haber dicho que estaba cargada.
Así pues, John tenía su propio plan en mente, un as en la manga.
Confiaba en no tener que jugárselo, pero ahí lo tenía en la recámara por si era necesario.
John cerró los ojos e intentó relajarse respirando más hondo.
Había hecho todo lo que estaba en su mano.
Ahora tenía que dejarse llevar y esperar que todo saliera bien.
El Mercedes redujo la velocidad al acercarse al Marina Club, luego giró a la derecha y se detuvo frente a la puerta de acceso a los amarres de los yates.
—Ya hemos llegado, señor —dijo Samuel girándose en su asiento para sonreírle a John.
—Gracias, Samuel. —John inspiró hondo, hizo una pausa y abrió la puerta. Salió al calor, asegurándose de que la camisa le cubriera el arma en la cinturilla, y se enderezó. Miró a su alrededor, pero la calle estaba vacía, no había nadie.
John caminó hasta la verja de seguridad, introdujo en el teclado el código que Peter le había enviado antes por mensaje de texto y entró.
El barco de Peter, al ser uno de los más grandes del puerto deportivo, estaba en uno de los amarres más alejados.
John siguió el sendero que rodeaba el frente del Marina Club y pasaba junto al muelle del restaurante flotante Jumbo.
Las embarcaciones aumentaban de tamaño a medida que se alejaba de la entrada y, para cuando llegó al último pantalán, los barcos medían entre sesenta y cien pies de eslora.
El de Peter estaba al final y, cuando John se acercó, se quedó con la boca abierta.
Había supuesto que Peter tendría un barco grande, pero esto era enorme.
Se extendía de un extremo al otro del pantalán, un elegante Azimut de casco negro de al menos cien pies de eslora.
John no sabía nada de barcos, pero este era precioso.
Una lancha neumática estaba amarrada a la plataforma de baño de popa y, en el espejo de popa del barco, el nombre Pegasus estaba escrito con grandes letras cromadas.
Encima, la bandera de las Islas Vírgenes Británicas ondeaba suavemente con la brisa.
Había un montón de zapatos en el pantalán de madera, así que, siguiendo el ejemplo, John se quitó los suyos y subió al barco.
Subió los escalones que llevaban de la plataforma de baño a la cubierta de popa justo cuando la puerta trasera se deslizó y el inspector Joseph salió.
—Buenos días —lo saludó John.
Joseph asintió con la cabeza.
—Entre. —Se dio la vuelta y volvió a entrar. John negó con la cabeza. Joseph nunca ganaría un concurso de simpatía.
John lo siguió al interior, cerró la puerta corredera tras de sí y se giró para mirar a su alrededor.
Sabía que el yate era grande, pero el espacio interior era increíble.
Un enorme salón con sofás en forma de L tapizados en suave cuero color crema y adornados con cojines.
Detrás de la zona de estar había una mesa de comedor de ocho plazas, ya preparada con servicio para dos.
Al otro lado del comedor, en la parte de proa de la cubierta, había una cocina lujosamente equipada que sería la envidia de muchos propietarios.
A la derecha de la cocina, una escalera subía al puente de mando y, a la izquierda, otra bajaba a la cubierta inferior.
Solo en esa cubierta, el espacio era mayor que el que John tenía en todo su apartamento.
Joseph, de pie junto a la mesa del comedor, observaba cómo miraba a su alrededor y carraspeó con impaciencia.
—John, Peter y el señor Yu se sentarán aquí para almorzar. —Señaló la silla que daba la espalda a las escaleras—. El señor Yu se sentará aquí. Peter se sentará ahí, frente al señor Yu.
—De acuerdo.
—He instalado cámaras y micrófonos ocultos para grabarlo todo.
John asintió y miró a su alrededor. No veía nada. —¿Dónde están?
—Es mejor que no lo sepa. De lo contrario, será consciente de su presencia y no parecerá auténtico. Queremos que parezca lo más natural posible, para que el señor Yu no se asuste.
—¿Habrá alguien más en el barco? ¿Y el personal de servicio o la tripulación?
—Peter quería que fuera el menor número de personas posible por seguridad. No quería que ninguno de sus empleados resultara herido innecesariamente por si algo sale mal, así que les ha dado a todos el día libre.
John frunció el ceño. —¿Qué podría salir mal?
—Solo nos curamos en salud. No se preocupe. Los del catering traerán el almuerzo a las doce y media y luego se irán. ¿Entendido?
—¿Y sus compañeros?
—No es necesario, puedo encargarme del señor Yu yo solo. No se preocupe. Limítese a hacer todo como lo hemos planeado y no habrá problemas. ¿Entendido?
John asintió.
—Bien. Ahora sígame. —Joseph bajó las escaleras hacia la cubierta inferior.
John lo siguió, pero se detuvo junto a la mesa del comedor y sacó del bolsillo el pequeño dispositivo de escucha que había comprado en Sham Shui Po, pegándolo rápidamente en la parte inferior de la mesa, fuera de la vista.
Se activaba por voz y contenía una tarjeta SIM.
Cualquier conversación se grabaría y se guardaría como archivo en la nube, a la que John podría acceder más tarde.
Satisfecho de que no se vería, siguió a Joseph escaleras abajo y entraron en un estrecho pasillo.
Joseph se dirigió a la popa, abrió la puerta del camarote principal y entró.
—Aquí es donde se esconderá hasta la una y media, más o menos. Entonces subirá las escaleras y se enfrentará a Peter con el arma. Una vez que el señor Yu lo vea, quiero que le apunte a él. ¿Tiene el arma?
John asintió.
—Bien. Tenga mucho cuidado con ella. No podemos permitirnos que nadie salga herido. Yo me uniré a ustedes y entre todos nos enfrentaremos al señor Yu y le sacaremos una confesión.
John frunció el ceño. En realidad, no parecía un gran plan y, una vez más, Joseph se había referido a que el arma estaba cargada. Todo era muy extraño, pero esperaba que funcionara, ya que no les quedaban más opciones.
—Entonces, ¿ahora espero?
—Sí. Voy a subir a revisar el equipo una vez más, luego bajaré y me esconderé en uno de los otros camarotes justo antes de la una.
John asintió. —De acuerdo. —Miró su reloj: casi las doce. Tenía una hora antes de que todo empezara. Más le valía ponerse cómodo. Joseph salió y cerró la puerta tras de sí.
John examinó la espaciosa suite principal.
El camarote ocupaba toda la manga del barco, con una cama king size en el centro y, al igual que en la cubierta superior, las paredes estaban forradas de cuero acolchado de color crema.
Un escritorio lacado en blanco ocupaba el espacio bajo los ventanales del lado de babor, y una mesa baja y dos butacas se encontraban bajo la ventana del lado de estribor.
A ambos lados del cabecero, dos puertas conducían a un cuarto de baño en suite.
John se metió la mano en el bolsillo, sacó el par de guantes de látex que había comprado el día anterior y se los puso antes de abrir la puerta del baño y asomar la cabeza.
Una encimera de mármol blanco pulido sobre unos relucientes armarios lacados en blanco brillaba bajo la luz de los múltiples focos del techo.
La parte de babor del baño contenía una bañera grande y un lavabo, y la de estribor albergaba el inodoro y otro lavabo.
Separando ambos lados había una sauna con paneles de cristal y madera.
El cuarto de baño era mucho más grande que el de su apartamento y, desde luego, más lujoso.
No por primera vez, John se dio cuenta de que se había equivocado de profesión.
John se miró en el espejo de cuerpo entero: tenía el ceño fruncido y las ojeras delataban la tensión que había sufrido la última semana. Estaba deseando que todo aquello terminara.
Regresó al dormitorio y se detuvo junto a los ventanales que se extendían a lo largo de la estancia.
Los cristales eran tintados, así que no le preocupaba que lo vieran desde el muelle.
Se acercó al lado del barco que daba al mar y contempló la vista.
El mar parecía estar justo debajo de la ventana y, a poca distancia, anclado en el canal, pudo ver el gran restaurante flotante Jumbo Seafood, que empezaba a llenarse de clientes para el almuerzo.
Un sampán muy cargado pasó junto al Pegasus mientras transportaba clientes al restaurante, al tiempo que una barca vacía regresaba a por su siguiente carga.
El sol brillaba con fuerza en un cielo azul despejado.
Habría sido un día ideal para pasarlo en un barco…
si las circunstancias hubieran sido otras. John suspiró y se volvió hacia la cama.
Será mejor descansar un poco antes del plato fuerte. Se tumbó en la cama y cerró los ojos. Ahora no había nada que hacer, salvo esperar.