Capítulo 31
S obre las doce y media, John oyó un ruido fuera, en el muelle, y abrió los ojos.
Se deslizó fuera de la cama y entreabrió la puerta.
El sonido de las voces y el movimiento de arriba le llegó mientras la empresa de catering entregaba la comida.
Quería estirar las piernas, así que abrió la puerta de par en par y salió al pasillo.
El pasillo pasaba junto a las escaleras en dirección a la proa del barco, con una puerta a cada lado y otra al fondo.
John avanzó con cuidado, procurando no hacer ruido, e inspeccionó cada camarote.
La puerta de la derecha daba a un camarote con dos literas individuales y, la de la izquierda, a otro con una cama doble.
Al final del pasillo, en la proa, una puerta daba a un camarote más con cama doble que, como los otros dos, estaba vacío, pero tenía una bolsa de deporte sobre la cama.
John miró hacia atrás para asegurarse de que nadie lo observaba, luego entró y cerró la puerta tras de sí.
Cruzó hasta la cama y abrió la cremallera de la bolsa.
Dentro había un fajo de bridas de plástico, un teléfono móvil y otra Glock en una funda.
John cogió la Glock, la sacó de la funda y pulsó el botón para liberar el cargador.
Estaba cargado. John metió la mano por detrás de la espalda y sacó la bolsa hermética que contenía la Glock, la abrió con cuidado, sacó el arma y la dejó sobre la cama.
Se guardó la bolsa hermética en el bolsillo, luego extrajo el cargador vacío de su Glock y lo sustituyó por el cargado de la bolsa.
Con cuidado, y recordando lo que había aprendido el día anterior, tiró de la corredera de la Glock de Joseph y expulsó la bala de la recámara.
Soltó la corredera y volvió a tirar de ella para comprobar que la recámara estaba vacía antes de meter el cargador vacío de su propia Glock.
La deslizó de nuevo en la funda y la volvió a meter en la bolsa de deporte.
Cogió la bala de la cama, se la metió en el bolsillo y cerró la cremallera de la bolsa.
Esperaba no tener que usarla, pero se sentía mejor sabiendo que era él quien tenía el arma cargada.
Miró el reloj. Ya faltaba poco. Se guardó de nuevo la Glock en la cinturilla del pantalón, regresó a la suite principal, procurando mantenerse alejado de las escaleras por si alguien miraba hacia abajo, y volvió a entrar.
Incapaz de relajarse, se quedó junto a la ventana, observando el tráfico de barcos, e intentó no pensar en lo que estaba por venir.
Poco después de la una, volvió a oír voces y sintió que el barco se movía cuando alguien subió a bordo.
John miró su reloj. Tenían que ser Peter y David.
El corazón se le aceleró y empezó a sudarle la frente.
Se puso rígido al oír que alguien bajaba las escaleras.
Se metió en el baño privado y cerró la puerta.
La puerta del dormitorio principal se abrió y John se tensó.
—John, ¿estás aquí? —susurró una voz.
Peter.
John abrió la puerta y se asomó. Peter había metido la cabeza y sonrió al ver a John. Le levantó el pulgar en señal de aprobación.
—¿Todo listo? —susurró.
John asintió y le devolvió el gesto. Peter le echó un vistazo a los guantes, una sombra cruzó su rostro brevemente, pero luego asintió, sonrió y cerró la puerta. No había ni rastro de Joseph, pero John supuso que estaría escondido en uno de los otros camarotes.
John volvió a entrar en el baño, cogió una toalla de mano con monograma y limpió todas las superficies que pudiera haber tocado.
Tenía la corrosiva sensación en las entrañas de que debía velar por sí mismo, y aquello parecía lo correcto.
Nunca convenía confiar en demasiada gente.
Cuando terminó, se sacó la Glock de la cinturilla, se sentó a los pies de la cama, de cara a la puerta, y esperó.