Capítulo 26
J ohn subió por la pasarela del ferri y divisó el elegante Mercedes Clase S negro que esperaba junto al bordillo.
Samuel, el chófer de Peter, estaba de pie junto al coche, con un aspecto impecable, vestido con pantalones negros y un polo blanco con el logotipo de Pegasus Land bordado en el pecho.
Le sonrió a John y lo saludó con la mano, abriendo la puerta trasera mientras John se acercaba.
—Buenos días, señor.
—Buenos días, Samuel. ¿Cómo está?
—Estoy bien, señor. Gracias. El señor Croft le espera en casa.
—Gracias. —John se deslizó en el asiento trasero y se acomodó en el lujoso cuero, estirando las piernas, todavía cansadas por la escalada de primera hora de la mañana.
Un ejemplar impecable y sin leer del South China Morning Post de esa mañana descansaba sobre el reposabrazos junto a una botella de agua mineral fría.
John sonrió mientras Samuel rodeaba el coche para sentarse en el asiento del conductor.
La vida era mucho mejor cuando se tenía dinero.
A pesar de haber dormido a trompicones, John se sentía despejado después de su carrera y de una cafetera entera de café.
Se reclinó en el asiento, observó el paisaje y pensó en su situación.
La mala suerte parecía perseguirlo allá donde iba, pero tenía que sacarle el lado bueno a la situación.
Si con la ayuda de Peter lograba tenderle una trampa a David Yu, resolvería sus problemas más inmediatos.
Sin embargo, no estaba seguro de poder quedarse con el dinero.
Probablemente la policía lo confiscaría como prueba, así que tendría que volver a su trabajo de mierda, si es que lo readmitían.
Era lo último que quería, pero ya cruzaría ese puente cuando llegara el momento.
Ya se había encontrado en situaciones peores y había salido airoso.
Tenía que dejar que las cosas siguieran su curso y sacarles el máximo provecho.
El coche se detuvo frente a la entrada de la casa de Peter.
John salió y miró a su alrededor. Las puertas del garaje estaban abiertas y John se detuvo un instante para volver a admirar los preciosos Porsches aparcados dentro.
Algún día..., si sobrevivía a los próximos días.
Respiró hondo y se dirigió hacia la puerta principal.
Imelda abrió la puerta y lo guio hacia el salón. John se quedó de pie junto a los amplios ventanales, contemplando las vistas. Se acercaban nubarrones desde el este, bañando el perfil de la isla de Hong Kong y de Kowloon en tonos grises; la cima de la torre ICC quedaba oculta por las nubes.
—Buenos días, John.
John se giró y le sonrió a Peter, que estaba de pie junto a la puerta de la cocina en ropa de deporte, con la camiseta pegada al pecho por el sudor y una toalla de mano blanca alrededor del cuello.
—Buenos días, Peter, ¿cómo estás?
—Genial, no hay nada como empezar el día con un entrenamiento matutino. ¿Has comido? Ven, desayuna algo.
—Gracias, me vendría genial.
John lo siguió a la cocina y se sentaron en la gran isla central.
Imelda se giró y sonrió. —¿Huevos con beicon, señor?
—Sí, por favor.
Colocó dos tazas humeantes de café solo delante de John y Peter y se afanó en los fogones.
El olor a beicon frito inundó el aire y John miró a Peter, que consultaba su móvil con el ceño fruncido. Este se percató de que John lo observaba, apagó la pantalla y dejó el móvil boca abajo sobre la encimera.
—Perdona, John, una mala costumbre, lo sé.
—¿Todo bien?
—Oh, sí, solo un problema en una de nuestras obras, pero nada que no pueda esperar. ¿Has dormido bien?
—Nada que un café no pueda arreglar.
—Ja, sí, yo no funciono sin él.
Imelda deslizó un plato de huevos con beicon delante de John.
Peter señaló el plato con la cabeza. —Disfruta del desayuno. Joseph estará aquí en cualquier momento. Trazaremos los planes para la reunión de mañana en cuanto hayas comido.
John tomó un sorbo de café y cogió el cuchillo y el tenedor.
—John, discúlpame, por favor. Voy a hacer un par de llamadas mientras comes. Más vale que solucione esto de la obra ahora para que podamos concentrarnos en nuestra reunión.
—Claro, adelante.
Peter cogió su móvil y su café y salió.
John centró su atención en el plato. El beicon estaba justo como le gustaba, todavía tierno y jugoso. Odiaba el beicon demasiado hecho. Cortó un trozo con el cuchillo y le dio un bocado: soberbio.
—Gracias, Imelda, está delicioso.
Imelda se giró y sonrió, con las mejillas sonrojadas. —Gracias, señor.
En cuestión de minutos, John se terminó el plato y se bebió la mitad del café. No se había dado cuenta del hambre que tenía; la subida a la Cabeza del Tigre le había abierto un apetito voraz.
Mientras estaba allí sentado, secándose la boca con una servilleta con monograma, sintió que el móvil le vibraba en el bolsillo. Una sensación de pavor demasiado familiar lo recorrió mientras lo sacaba y miraba la pantalla.
Solo quedan dos días. Te estamos vigilando.
De repente, el beicon ya no le supo tan bien.