John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 25
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Capítulo 25

VIERNES

E lla le sonrió y le tendió la mano, con los ojos brillantes, y a él le dio un vuelco el corazón mientras se deleitaba con su belleza.

Alargó el brazo para cogerle la mano, pero sus dedos no llegaban a alcanzarla.

Se estiró hacia delante, pero, por alguna razón, la distancia entre ellos no se acortaba.

Se esforzó más al ver cómo una expresión de alarma inundaba el rostro de ella.

—John —gritó, y empezó a alejarse, su mano cada vez más lejos de la de él.

Un hombre apareció detrás de ella, con una mueca cruel en el rostro.

Se rio de John, se lamió los labios y luego la cogió del pelo y tiró de ella hacia atrás.

—John, John, ayúdame... —suplicó ella. El hombre la arrastró hacia la oscuridad.

—Espera, Charlotte, espera —gritó John hasta que la perdió de vista.

John se despertó de un sobresalto, con el corazón martilleándole en el pecho y las sábanas empapadas.

Tardó un momento en darse cuenta de dónde estaba.

Se dio la vuelta y miró el reloj en la mesita de noche.

Las cinco de la madrugada. Las pesadillas volvían a ser más frecuentes.

Era la segunda de la semana. Se incorporó y dejó colgar las piernas por el borde de la cama, inclinándose hacia delante con los antebrazos apoyados en las rodillas.

Había sido una larga noche de sueño agitado.

Los acontecimientos de los últimos días habían dado vueltas en su cabeza, danzando de un lado a otro mientras su subconsciente intentaba encontrarles sentido.

Luego, de madrugada, una vez que por fin había conseguido conciliar el sueño, lo había visitado de nuevo su pesadilla.

De poco servía intentar dormir otra vez, así que John se resignó a pasar el día a base de café.

John se frotó la cara y se apartó el pelo de los ojos. Fue sin hacer ruido al cuarto de baño y se echó agua fría en la cara, luego caminó hasta la cocina para preparar café. Necesitaba estar alerta y pensar muy seriamente si quería salir de aquel embrollo.

Mientras se hacía el café, encendió el móvil, que vibró casi de inmediato con un mensaje. A regañadientes, John echó un vistazo a la pantalla.

Peter sigue vivo. O él o tú. Elige. Te queda poco tiempo.

John arrojó el móvil sobre la encimera de la cocina y se pasó las manos por el pelo. Tenía que hacer algo, pensar en algo. Si no lo hacía, acabaría muerto él también.

Se sirvió una taza de café y tomó un sorbo mientras contemplaba la ladera de la colina que había detrás del edificio de apartamentos. Había quedado con Peter a las nueve de la mañana, así que tenía tiempo para salir a correr. Sus mejores ideas siempre le venían cuando corría; quizá hoy le ayudaría.

Detrás de su edificio, un sendero subía directamente por la ladera hasta la cresta que se extendía de norte a sur por detrás de Discovery Bay.

Era una subida empinada, con un camino rocoso y cubierto de maleza, una pendiente exigente que garantizaba que le ardieran los músculos, pero el esfuerzo y el dolor le despejarían la mente; siempre lo hacían.

Empezó despacio; los moratones de la cintura y el torso le dolían con el movimiento y la respiración profunda.

Tardó quince minutos en llegar a la primera cresta.

Se detuvo para recuperar el aliento, jadeando, con las piernas quemándole por la acumulación de ácido láctico.

La cresta ofrecía vistas panorámicas hacia la isla de Hong Kong al este, y al oeste, la vista se abría sobre la ruta de aproximación al aeropuerto de Chek Lap Kok, donde un avión realizaba en ese momento su aproximación final.

La brisa marina le secó el sudor del cuerpo y, una vez que recuperó su respiración normal, se puso en marcha de nuevo, siguiendo la cresta hacia su destino, el Pico del Tigre.

En la siguiente falsa cumbre, con las piernas ardiéndole y el sudor corriéndole por la frente y escociéndole en los ojos, se detuvo a mirar a su alrededor.

A lo lejos, el Pico Victoria en la isla de Hong Kong estaba envuelto en nubes, al igual que los pisos superiores del edificio ICC, de ciento dieciocho plantas, al otro lado del puerto, en los terrenos ganados al mar de Kowloon.

La larga estela blanca de un ferri dibujaba una curva en el puerto.

Más cerca, un gallo salvaje cantaba desde la densa ladera boscosa, y a sus espaldas, hacia el oeste, otro avión realizaba su aproximación final al aeropuerto de Hong Kong.

John inspiró aire puro y sacudió las piernas para aliviar el dolor de los gemelos.

Le encantaba estar allí arriba. A solo unos minutos de su casa, se encontraba rodeado de naturaleza, sin un alma a la vista.

Esa era una cara de Hong Kong que los turistas rara vez veían y que a él le fascinaba.

Ahora se sentía más tranquilo, más en paz, y el estrés y la tensión de la última semana se desvanecían.

Todo iba a salir bien. Lo sabía. Se le ocurriría una solución antes de llegar a la cima.

Respiró hondo, miró hacia la siguiente falsa cumbre y siguió adelante.

Cuarenta minutos después, se encontraba en el vértice geodésico de la cima del Pico del Tigre.

Debajo de él, en un arco de trescientos sesenta grados, se extendía una vista magnífica: los cuidados greens del club de golf de Discovery Bay y, más abajo, las torres de las diversas urbanizaciones que conformaban Discovery Bay.

A lo lejos, en el mar moteado de verde y azul, se veían las islas de Peng Chau, Cheung Chau y, en la distancia, las tres chimeneas de la central eléctrica de la isla de Lamma.

Podía ver hasta la isla de Hong Kong, con las torres del Distrito Central apenas perfiladas en la calima.

El hidroala del servicio de ferris de Hong Kong-Macao, que se movía a gran velocidad, se cruzaba con el igualmente rápido Turbojet en los estrechos de más abajo.

Se giró y miró al norte, donde apenas se distinguía la torre de ciento quince pisos del Ping An Finance Centre de Shenzhen, al otro lado de la frontera con China.

La brisa a esa altura era más fuerte y refrescante.

Se movió desde el vértice geodésico hasta la gran superficie plana de una roca y se puso en cuclillas, dando un respiro a sus temblorosos cuádriceps.

Era una vista gloriosa, un espectáculo que pocos se molestaban en subir a disfrutar, contentos con deambular por los centros comerciales con aire acondicionado de abajo.

Pero la vida era algo más que eso. Las experiencias de John en la India le habían enseñado a valorar cada segundo, a exprimir al máximo cada día.

Había perdido el rumbo durante un tiempo, con su trabajo absorbiéndole la energía vital, pero allí arriba se sentía vivo de nuevo, lleno de las glorias del mundo. Ahora sabía lo que tenía que hacer.

Fuera lo que fuera que se decidiera en la reunión con Peter y Joseph esa mañana, él tomaría el control.

Era su vida, su destino, y no iba a permitir de ninguna manera que otro decidiera el resultado.

Igual que había hecho antes, en aquella época oscura en Bangalore cuando todo parecía perdido, cuando lo que más valoraba le fue arrebatado cruelmente, tomaría el control y volvería las cosas a su favor.

Nadie iba a poder con él. Iba a salir de ese embrollo y a hacer todo lo posible por quedarse con el dinero. De eso no cabía duda.