John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 24
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Capítulo 24

J ohn se recostó, apoyó la cabeza en el reposacabezas y cerró los ojos mientras el Mercedes Clase S descendía por Magazine Gap Road en dirección a Central y los embarcaderos del ferri.

John había decidido irse a casa. Ya no estaba en sus manos, no había nada más que pudiera hacer.

El camino estaba trazado; no había vuelta atrás.

Todo llegaría a su fin el sábado. Con suerte, acabaría bien.

Debía de haberse quedado traspuesto, porque le pareció que solo unos segundos después el Mercedes se detuvo junto al Muelle Tres del Ferri y el conductor se giró en el asiento.

—¿Aquí está bien, señor?

John abrió los ojos y miró a su alrededor. —Ah, sí, gracias.

Abrió la puerta, se bajó y miró el reloj mientras el Mercedes se alejaba en silencio.

Todavía faltaban veinte minutos para el siguiente ferri, así que caminó por la acera hasta un vendedor ambulante y compró una botella de agua.

Desenroscó el tapón y le dio un buen trago.

Se sintió inquieto, con un cosquilleo en la nuca, como si lo estuvieran observando.

Miró a los transeúntes, pero nadie parecía prestarle atención.

Volvió la vista hacia el vendedor ambulante, un hombre mayor, pero estaba ocupado jugueteando con el dial de su radio de transistores, intentando encontrar una emisora.

John bebió otro sorbo de la botella, pero la sensación persistía.

Alzó la vista, escudriñando más a lo lejos.

Todo el mundo parecía normal, en su sitio, ocupados en sus quehaceres diarios.

Un taxi paró frente a la parada de taxis y John observó cómo una madre joven se las apañaba para bajar con sus dos hijos pequeños y sacar un cochecito del maletero.

John fue a ayudarla. Cuando hubo terminado, se giró para volver al embarcadero del ferri y se fijó en el Mercedes G-Wagen negro parado al ralentí junto al bordillo, detrás de la parada de taxis.

No pudo ver el interior, pues los cristales estaban tintados de negro, pero no pensaba quedarse por allí. Se dirigió hacia el ferri.