Capítulo 23
JUEVES
J ohn pasó la noche en casa de Peter. Peter hizo que Imelda preparara la habitación de invitados y le dio una muda para el día siguiente.
John se despertó sobre las siete, con la cabeza pesada por la ginebra que había bebido.
Se sentía cansado, pero ya no podía dormir.
Repasó mentalmente la conversación de la noche anterior y la sugerencia de Peter de seguir adelante.
Al principio, pensó que estaba loco, pero Peter le había explicado que lo arreglarían todo para que David resultara implicado en el intento de asesinato. Peter tenía un plan.
John se levantó de la cama y abrió las persianas. Se estiró y se frotó los ojos mientras miraba a través del puerto de Victoria hacia las colinas azules de los Nuevos Territorios. Podría acostumbrarse a este estilo de vida..., siempre y cuando no tuviera que seguir yendo por ahí matando a gente.
Se desnudó en el cuarto de baño y se examinó los moratones en el espejo.
Su torso parecía como si lo hubiera atropellado un camión.
Se palpó el abdomen con la yema de los dedos.
Le dolía, le dolía mucho, pero sanaría. Después de una larga ducha caliente en el espacioso cuarto de baño, se sintió mucho mejor, más ágil.
Se roció generosamente con la colonia cara que había sobre la encimera antes de vestirse con la ropa que Peter le había prestado.
Le quedaba bien, pues ambos se mantenían en forma y tenían una constitución parecida.
Salió al dormitorio y cogió el móvil de la mesita de noche; le había llegado un mensaje mientras estaba en la ducha.
Pulsó la pantalla y abrió la aplicación de mensajes.
No te pongas muy cómodo. Solo te quedan cuatro días.
Mierda. El corazón de John se desbocó y miró alrededor de la habitación antes de darse cuenta de lo estúpido que era eso. No iba a encontrar al remitente en el dormitorio. Respiró hondo un par de veces y se calmó. Con suerte, esto acabaría pronto.
Sin saber muy bien qué hacer, subió las escaleras hasta la última planta y echó un vistazo.
El olor a café recién hecho y a beicon llegaba desde la cocina, así que siguió el rastro con la nariz.
Peter ya estaba allí, sentado en la barra de desayuno, leyendo el South China Morning Post mientras Imelda se afanaba en los fogones.
En una esquina había una pequeña televisión encendida, con la pantalla ocupada por un busto parlante que comentaba los mercados financieros mientras una cinta de teletipo se desplazaba por la parte inferior.
—Buenos días.
Tanto Imelda como Peter se giraron y sonrieron.
—Buenos días, señor.
—Buenos días, John. ¿Has dormido bien?
John sacó un taburete y se reunió con Peter en la barra de desayuno. —Como un tronco. ¿Llevas mucho levantado?
—Una hora más o menos. Me gusta hacer ejercicio antes de empezar el día. ¿Un café?
—Me vendrá genial. Gracias.
Imelda preparó un café en la elegante cafetera de acero inoxidable de la encimera y se lo acercó.
—¿Qué le apetece comer, señor?
John echó un vistazo a la cocina. —Ese beicon huele de maravilla. ¿Beicon con huevos?
—Claro, señor —sonrió ella y volvió a los fogones.
John deslizó el móvil por la encimera hacia Peter, con el mensaje abierto en la pantalla.
Peter bajó la vista hacia la pantalla y enarcó las cejas. Dobló el periódico y lo apartó a un lado. Miró a John, luego dirigió la mirada hacia Imelda antes de volver a mirarlo.
—Continuemos la conversación de anoche después del desayuno. Tengo algunas ideas.
John asintió mientras Imelda le ponía delante un plato de huevos fritos con beicon. Miró a Peter, inquisitivo.
—Yo no desayuno. Solo café. Pero, por favor, empieza.
John no esperó más. Estaba muerto de hambre.
Más tarde, Peter lo condujo a la terraza de la piscina y cerró las puertas francesas de la casa a sus espaldas.
—Es mejor que no nos oigan —explicó—. Coge una silla.
—Retiró una silla de caña e indicó a John que hiciera lo mismo.
Sentados, ambos contemplaron la vista en silencio.
El aire era fresco, el sol comenzaba su ascenso sobre las colinas del este de Kowloon y una suave brisa soplaba sobre la terraza de la piscina.
Las cumbres de los Nuevos Territorios apenas se ocultaban tras zarcillos de nubes suaves.
Peter rompió el silencio. —He hecho algunas llamadas, John. Tengo algunos contactos en la policía.
John se puso rígido. —Me dijeron que no involucrara a la policía.
—No pasa nada, confío en mi hombre. No tienes nada de qué preocuparte.
John frunció los labios, poco convencido.
—Está de camino. Tengo una idea, John, y con su ayuda, podemos hacer que funcione.
John miró hacia el otro lado del puerto.
No le gustaba involucrar a demasiada gente; abría demasiadas posibilidades de que las cosas salieran mal.
Prefería confiar en sus propias habilidades y en su instinto callejero.
Así se había salido con la suya con sus asesinatos por venganza en la India.
La diferencia era que, esta vez, no quería matar a nadie.
Peter le caía bien, era un buen hombre y no merecía morir.
En la India, había tenido éxito porque era la única persona en el mundo que sabía a ciencia cierta lo que había hecho allí.
Pero ahora, Peter sabía lo de los mensajes y el dinero, y a saber cuántos policías se enterarían ahora.
El otro peligro era que David Yu supiera lo de Bangalore.
La policía de Hong Kong podría descubrirlo e informar a sus homólogos de la India.
John habría resuelto un problema solo para meterse en uno más gordo.
Pensó con rapidez. Estaba jodido de cualquier manera.
Peter lo miraba, esperando una respuesta.
Tenía que tomar una decisión y no se podía permitir el lujo de tener tiempo para considerar todas las opciones.
John se mordió el labio. Un paso cada vez.
Seguiría la corriente y vería cómo se desarrollaban las cosas.
Si surgía el problema de Bangalore, ya se ocuparía de él entonces.
Con suerte, todo podría dar un vuelco, detendrían al hombre que estaba detrás de todo esto, y John podría vivir el resto de su vida en paz, un millón de dólares más rico.
—Vale —se encogió de hombros—. ¿Cuál es el plan?
—Esperemos a que llegue Joseph. —Se giró al oír cómo se abrían las puertas acristaladas—. Ah, hablando del rey de Roma.
John se giró para mirar al hombre que acababa de entrar en la zona de la piscina. Un hombre chino de mediana estatura, con pantalones cargo de color beis y una camisa negra de algodón, caminó hacia Peter tendiéndole la mano. Sonreía con la boca, pero sus ojos saltaban nerviosamente de John a Peter.
Peter le estrechó la mano como un político, sujetando la de Joseph con las dos suyas, y luego se volvió hacia John.
—John, este es el inspector Joseph Wong, de la Oficina contra el Crimen Organizado y las Tríadas de Wanchai.
Joseph le tendió la mano, mientras sus ojos se fijaban en el labio partido de John. —¿Qué le ha pasado en la cara?
La mano de John se dirigió a su labio, pero antes de que pudiera responder, Peter intervino: —Se ha dado con una puerta. Por favor, tome asiento.
John le estrechó la mano mientras Joseph lo miraba con el ceño fruncido, al parecer sin estar convencido por la explicación de Peter.
John lo estudió mientras se sentaba y Peter le explicaba lo que le había ocurrido a John en los últimos días.
Joseph parecía en forma, sin rastro de barriga, y su pelo corto encanecía en las sienes.
Escuchaba atentamente a Peter e intervenía una o dos veces para comprobar algún dato, mientras los dedos de su mano derecha tamborileaban rítmicamente sobre su muslo.
No parecía un policía, o al menos no se ajustaba a la idea que John tenía de cómo debía ser un policía, y, aunque no sabía explicar por qué, por alguna razón, no le gustaba.
Había algo en él que lo incomodaba. No había en él la calidez que había sentido al conocer a Peter.
Peter se dirigió a John, incluyéndolo en la conversación. —John ha encontrado los resguardos de los depósitos en el despacho de David. Estamos seguros de que es él. Mi plan es que John proceda como si siguiera el plan de David, y así implicamos a David para pillarlo con las manos en la masa.
John apartó la vista de Peter y miró a Joseph, sorprendiéndolo mientras lo observaba fijamente. Joseph desvió la mirada y se inclinó hacia delante.
—Hagámoslo en el barco.
Peter asintió despacio, con el ceño fruncido mientras lo sopesaba.
—No es mala idea.
—¿Barco? —preguntó John.
—Peter tiene un barco en el puerto deportivo de Aberdeen.
Podemos llenarlo de micrófonos y cámaras ocultas.
Es un entorno que podemos controlar. Haremos los arreglos para que usted esté en el barco y yo me esconderé a bordo con mis compañeros, listos para detener a David una vez que tengamos su confesión. No podrá escapar.
—Pero ¿cómo nos va a meter a él y a mí en el barco al mismo tiempo?
—Eso es fácil —respondió Peter—. Lo invito al barco a todas horas. Lo llamaré para una reunión sobre el proyecto de Central Reclamation. No sabrá que estás allí. Una vez que estemos acomodados, puedes aparecer y lo confrontaremos.
John asintió, reproduciendo la escena en su mente. No le gustaba, pero no veía otra salida; no tenía más opciones.
—Planeémoslo para el sábado por la tarde. Eso le dará tiempo a Joseph para instalar los micros en el camarote del barco y preparar a sus hombres. De todas formas, suelo sacar el barco los fines de semana, así que no parecerá sospechoso.
—Intentaremos que sea a la una de la tarde. Para entonces tendré el barco listo —respondió Joseph. Se dirigió a John—. Peter le dará los detalles, pero quiero que esté en el barco a las once y media para reducir la posibilidad de que alguien le vea. Nunca se sabe dónde están sus espías.
Peter se puso en pie. —Genial, está decidido.
—Se volvió hacia John—. John, vete a casa y descansa un poco.
Te necesitaremos en plena forma el sábado.
Yo concretaré los detalles con Joseph. ¿Por qué no nos reunimos todos mañana por la mañana para repasar el plan una vez más?
Enviaré a mi chófer a recogerte al ferri.
—Me parece bien. —John se levantó y le estrechó la mano a Peter. Joseph permaneció sentado, observándolo atentamente—. Gracias, Peter.
—De nada, John. —Peter le dio una palmada en el hombro—. Gracias por confiar en mí. Me estás salvando la vida. Mi chófer te dejará en el ferri. Descansa y hablamos pronto.
—Gracias. Es usted muy amable.
—Es lo menos que puedo hacer. Le debo la vida.
John sonrió y frunció el ceño al mismo tiempo, luego asintió hacia Joseph antes de caminar hacia la casa. Abrió la puerta corredera y entró, cerrándola tras de sí. Volvió a mirar hacia la zona de la piscina. Tanto Peter como Joseph le devolvían la mirada, sin decir una palabra.