John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 18
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Capítulo 18

E n voz baja, John explicó lo que había ocurrido en los últimos dos días. Thapa escuchó sin decir palabra y, cuando John terminó, se recostó en la silla y se quedó mirando la pared que había detrás de la cabeza de John. Al cabo de unos minutos, se inclinó hacia delante.

—Creo que tienes que tener cuidado con David Yu. Hay algo que no me cuadra. Preguntaré por ahí a ver si alguien sabe más de él. —Se volvió hacia el mostrador—. Celia, puede tomarse un descanso. Yo me encargo de todo. Vuelva dentro de una hora.

— M goi sai , Thapa, gracias. —Sonrió, se quitó el delantal y cogió el bolso y el teléfono de debajo del mostrador antes de salir por la puerta.

Thapa fue hasta la puerta y la cerró con llave, sonriendo a modo de disculpa a un cliente que estaba a punto de entrar.

Luego le dio la vuelta al cartel de «abierto» para que se leyera «cerrado».

Le preparó un café recién hecho a John, sacó el móvil del bolsillo trasero de los vaqueros y marcó un número.

Durante los siguientes treinta minutos, Thapa no soltó el teléfono.

Hacía una pregunta tras otra, cambiando sin esfuerzo del cantonés al nepalí, al hindi y de nuevo al cantonés, mientras John se bebía el café.

John no podía seguir la conversación; sus conocimientos de cantonés se limitaban a darle indicaciones a un taxista y no recordaba mucho hindi de su estancia en la India.

En vez de eso, aprovechó el tiempo para despejar la mente.

Se dio cuenta de que no había mucho que pudiera hacer hasta que no reuniera más información.

Tenía que confiar en que su subconsciente diera con una solución, y para eso necesitaba darle tiempo.

Se recostó en la silla, cerró los ojos y dejó que el sonido de la conversación de Thapa lo envolviera.

Treinta minutos después, Thapa terminó la llamada y volvió a la mesa para sentarse de nuevo frente a John.

John abrió los ojos y observó el rostro de Thapa.

Tenía una expresión pensativa y un brillo en la mirada.

—¿Y bien?

—Corre el rumor de que tu amigo David tiene algunos problemas de dinero.

—¿En serio? Pensaba que estaba forrado.

—Bueno, sí, pero tiene algunos vicios poco recomendables. Por lo visto, tiene debilidad por el bacará y las señoritas de compañía caras de Europa Central. Según mis fuentes, ha perdido grandes sumas en las mesas de juego de Macao y le ha pedido dinero prestado a gente peligrosa.

—¿De qué clase de sumas estamos hablando?

—De millones, al parecer.

—Mmm, de acuerdo. —John se echó hacia atrás y miró por la ventana—. Pero ¿por qué un empresario de éxito haría una estupidez así? Tiene todo el dinero que necesita, una casa preciosa en el Pico Victoria, una colección de coches caros. ¿Por qué fundírselo todo en el juego?

Thapa asintió. —Para ti y para mí no tiene mucho sentido, John, pero el juego es una enfermedad.

La gente de Hong Kong siempre está apostando.

Fíjate en cómo sube y baja la bolsa. La mitad de la gente no tiene ni idea de lo que compra.

Ven que las acciones suben y se lanzan a por ellas.

David Yu no es diferente. —Thapa esbozó una sonrisa irónica—.

Pero quizá si se hubiera limitado a las acciones, no estaría metido en semejante lío.

—Su padre tiene dinero más que suficiente para rescatarlo, ¿no?

—John, el padre de David Yu es de la vieja escuela.

Es un hombre hecho a sí mismo que empezó de la nada.

Cuenta la leyenda que a los quince años estuvo nadando dos días para cruzar desde China hasta Hong Kong en busca de una vida mejor.

Es un hombre duro e inflexible que ha tenido mucho éxito y dirige su empresa con mano de hierro.

David, en cambio, nunca ha conocido las dificultades, nació entre algodones y no ha demostrado su valía en los negocios.

La mayoría de las empresas que ha montado han fracasado, o su padre le ha sacado las castañas del fuego.

Comparado con su padre, es un fracasado.

¿Crees que iría corriendo a contarle que ha perdido millones en Macao?

—No, supongo que tienes razón —dijo John frunciendo los labios y asintiendo—. Pero si es él quien está detrás de la amenaza de asesinato, ¿por qué quiere que maten a Peter?

—No tengo ni idea, John. Absolutamente ni idea. Pero tienes que encontrar la manera de librarte de esto.