Capítulo 17
J ohn necesitaba pensar y asearse. No sabía adónde más ir, así que le pidió al taxista que lo dejara delante de la cafetería de Thapa. El taxista se negó a cobrarle y, una vez más, le insistió en que tuviera cuidado.
John miró a ambos lados de la calle para ver si alguien lo vigilaba; después, subió los escalones que llevaban a la cafetería de Thapa y abrió la puerta de un empujón.
—Buenos días, John —lo saludó Thapa con una sonrisa de bienvenida en el rostro que desapareció en cuanto lo miró bien.
—¿Qué te ha pasado?
—Me he levantado con el pie izquierdo. ¿Puedo usar tu baño?
—Claro, amigo mío, es la puerta del fondo.
John fue hacia la parte de atrás, recorrió un pequeño pasillo lleno de cajas de café apiladas y abrió la puerta del fondo de un empujón.
Cerró la puerta con el pestillo, abrió el grifo y se miró en el espejo.
Su cara no tenía mal aspecto: tenía el labio inferior cortado y la sangre se estaba secando formando una costra, tenía manchas de suciedad en las mejillas y la frente y necesitaba arreglarse el pelo.
Pero, cuando se levantó la camisa, hizo una mueca de dolor.
Tenía el cuerpo cubierto de moratones y la piel iba adquiriendo tonos verdes y morados.
Aquellos tipos habían sido listos. Habían querido enviarle un mensaje, pero sin que las secuelas estuvieran a la vista de todos.
John se echó agua en la cara y se arregló el pelo antes de volver a meterse la camisa por dentro con cuidado.
No era la primera vez que le daban una paliza y sabía por experiencia que los moratones desaparecerían con el tiempo.
Pero ya iba siendo hora de que aprendiera a defenderse.
Comprobó su aspecto una vez más en el espejo, quitó el pestillo y volvió a la cafetería.
—Toma, John, invita la casa. —Thapa le entregó una taza de café solo y se giró hacia la chica que trabajaba a su lado.
—Celia, encárgate tú del mostrador. —Celia sonrió y asintió.
Thapa se secó las manos en un paño y rodeó el mostrador para sentarse con John en la mesa que este había encontrado en el rincón.
—Y ahora, ¿quieres contarme qué ha pasado?
John examinó la pequeña cafetería. Aparte de Celia y un cliente que estaba pagando su café, la cafetería estaba vacía. John esperó a que el cliente se marchara y Celia se pusiera a limpiar la cafetera. Respiró hondo y se giró hacia Thapa, que estaba sentado pacientemente, observándole el rostro.
—Un par de tipos han decidido que no les gustaba mi cara.
—¿Dónde ha sido? ¿Has llamado a la policía?
—No, y no importa. Sé cuidarme solo. No es la primera vez.
—Vale. Si tú lo dices. —Thapa lo miró con escepticismo—. Pero avísame si puedo ayudar en algo.
Aunque había entablado amistad con Thapa durante el último año, John aún no sabía hasta qué punto podía confiar en él.
Parecía un buen tipo, pero John no estaba seguro de cuánto debía contarle.
Dio un sorbo a su café, debatiéndose con la decisión.
Thapa lo miró con calma, dándole tiempo.
John dejó la taza sobre la mesa y miró directamente a Thapa.
—¿Has oído hablar de Sun Yee On ?
Thapa enarcó una ceja. —¿En qué te has metido?
—Oh, en nada, es solo algo que alguien dijo.
Thapa asintió, no muy convencido. — Sun Yee On es una tríada.
¿Sabes lo que son las tríadas, John? —No esperó una respuesta—.
Gente muy mala. Dirigen todo tipo de actividades ilegales aquí en la isla y en Kowloon.
No se andan con tonterías. —Thapa hizo una pausa, estudiando el rostro de John—.
Creo que hay algo que no me estás contando, John.
—Era una afirmación, no una pregunta. John bajó la vista hacia su café, sin responder.
—John, si estás metido de alguna manera con esta gente, tienes que tener mucho cuidado, porque no dudarán en matarte si te cruzas en su camino. Lo sé, crecí con tipos como esos en Kowloon. No se andan con hostias. Gobiernan a través del miedo y no pueden mostrar ni un ápice de debilidad.
John alzó la vista y observó a Thapa un momento, sopesando lo que acababa de decir.
—¿Sigues en contacto con alguno de ellos?
Thapa devolvió la mirada; los engranajes de su mente giraban a la vista de todos. Miró a Celia, que estaba ocupada lavando las tazas de café. Se inclinó hacia delante y bajó la voz.
—Conozco a gente, John, de una tríada rival, pero de verdad que no deberías meterte con ninguno de ellos. Aléjate de esa gente.
John asintió y miró por encima del hombro de Thapa, hacia la calle. La gente pasaba por delante de la ventana, absorta en sus vidas mundanas de correos electrónicos, reuniones y politiqueos de oficina. John respiró hondo y volvió a mirar a Thapa.
—Necesito tu ayuda, Thapa. Estoy metido en un buen lío.