Capítulo 8
D uchado y vestido, John cogió el móvil de la mesilla de noche y lo encendió, más por costumbre que por necesidad. No es que esperara ninguna llamada ni que necesitara seguir en contacto con la oficina. No iba a volver al trabajo, de eso estaba seguro.
El móvil vibró con alertas de mensajes y él echó un vistazo a la pantalla, revisando los mensajes y correos electrónicos: un par de mensajes de spam vendiendo Viagra y un email que le notificaba que alguien en Nigeria quería darle dinero.
Rio entre dientes, divertido por la ironía de la situación.
Había un mensaje de su jefe, preguntándole dónde estaba.
El simple hecho de leer el mensaje lo irritó, y la idea de volver a la oficina le infundió pavor.
Lo borró y pasó al siguiente mensaje de la cola.
Ponía «número oculto». Más spam, pensó mientras pulsaba en la ventana del mensaje y este se abría.
Le hemos pagado. Ahora es su turno de hacer algo por nosotros.
Extraño. John se sentó en el borde de la cama y volvió a mirar la pantalla. ¿Quién era y qué querían decir? ¿Pagado? Le invadió una sensación de desasosiego. Pensó durante un minuto y luego tecleó:
¿Quién es?
Se sentó y esperó en tensión. Un minuto después, el móvil le vibró en la mano. Abrió el mensaje.
No necesita saber quiénes somos. Solo sepa que le hemos pagado y que ahora debe hacer aquello por lo que se le ha pagado.
John frunció el ceño.
¿Qué quiere decir? Esto es una broma, ¿verdad?
El móvil vibró de nuevo casi al instante.
¿Cree que 1 000 000 $ es una broma? Hablamos en serio. ¡Hará aquello por lo que se le ha pagado y, si no, habrá graves consecuencias para usted!
John se quedó mirando el móvil. Mierda. Esto no era bueno.
Toda la emoción por el futuro desapareció, sustituida por la alarma.
Quienquiera que fuera esa persona, si estaba dispuesta a pagar un millón para que se hiciera algo, debía de ser más serio que hacer unos cuantos recados. El móvil vibró de nuevo.
Lo sabemos todo sobre usted, señor Hayes. Dónde vive, dónde trabaja, cuánto gana. Si no hace lo que le pedimos, deseará no haber nacido nunca.
A John se le hizo un nudo en el estómago, un miedo que no había sentido desde los incidentes de Bangalore.
Dejó caer el móvil sobre la cama y se levantó.
¡Joder, mierda, joder! Paseó de un lado a otro del dormitorio, deseando poder volver al día anterior, cuando no tenía dinero en su cuenta.
¿Qué debía hacer? Llamaría a la policía, que ellos se encargaran.
La policía de Hong Kong era buena: honrada y eficiente.
Ellos lo solucionarían. Hizo una pausa y bajó la vista hacia el móvil que estaba sobre la cama.
Si llamaba a la policía, tendría que renunciar al dinero y volver a su vida de mierda.
Miró la foto de Charlotte en la mesilla de noche.
—¿Qué debería hacer, Charlie? —La foto permaneció en silencio.
Recordó por todo lo que había pasado para vengar la muerte de Charlotte: los pasos que había dado, las decisiones que había tomado. A la mierda. Ya he estado antes en situaciones peores. No puede ser peor que aquello. Solo hay una forma de averiguarlo. Cruzó la habitación y cogió el móvil.
¿Qué tengo que hacer?
Un minuto después.
Sabíamos que entraría en razón, señor Hayes. Espere el siguiente mensaje.
El móvil volvió a vibrar. Una foto.
Miró la foto. Un occidental de mediana edad, muy bronceado, le devolvió la mirada; su pelo, con un corte caro, canoso en las sienes. Le resultaba familiar, rebosante de confianza mientras sonreía a la cámara.
Fue lo que estaba escrito debajo de la foto lo que le provocó un escalofrío a John.
Mate a este hombre antes del domingo.