John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 9
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Capítulo 9

T enía la impresión de que aquel rostro le resultaba vagamente familiar.

Delgado y bronceado, el hombre de la foto desprendía un aura de éxito.

Miraba a la cámara con seguridad en sí mismo y un aire de satisfacción por su posición en la vida.

Todo aquello se estaba registrando en el subconsciente de John, pero su cerebro reptiliano, el encargado de la reacción de lucha o huida, estaba presa del pánico.

Volvió a sentarse, con las piernas flojas, incapaces de soportar su peso.

¿Era una broma pesada? No tenía ni pizca de gracia.

Volvió a mirar el mensaje. El número era oculto, así que ni siquiera podía llamarlos para plantarles cara.

Escribió otro mensaje.

¿Es algún tipo de broma macabra? No quiero su dinero. Se lo pueden quedar. Se lo transferiré de vuelta ahora mismo. Se han equivocado de persona.

El teléfono volvió a vibrar.

No nos hemos equivocado de persona, señor Hayes. Tiene dos opciones. Haga lo que le pedimos y vivirá una vida larga y cómoda. Si no lo hace, usted también estará muerto para el final de la semana.

John llamaría a la policía, sin ninguna duda.

Ninguna cantidad de dinero valía la pena por matar a alguien.

Sí, ya había matado antes. Aquellos cabrones se merecían todo lo que les pasó.

Le habían arrebatado a la única mujer a la que había amado y le habían destrozado la vida.

Pero esto era diferente. No tenía ni idea de quién era este tipo, y John no tenía ninguna razón para quitarle la vida a un inocente, ni aunque le dieran un millón de dólares.

Jamás podría disfrutar del dinero sabiendo que alguien había muerto por él.

Llamaría a la policía y se lo contaría todo.

¿Cuál era el número de emergencias en Hong Kong?

¿911? ¿111? Nunca lo había necesitado, así que no tenía ni idea.

Antes de que pudiera averiguarlo, el teléfono vibró de nuevo.

Ni se le ocurra pensar en ir a la policía. Lo sabremos de inmediato y su vida habrá terminado.

John dejó caer el teléfono sobre la cama y se quedó mirándolo.

¿Cómo sabían lo que estaba pensando? Respiró hondo y salió del dormitorio.

En la cocina, cogió un vaso y lo llenó con agua fría del grifo.

Le temblaban las manos y derramó parte del agua, así que volvió a dejar el vaso.

Inspiró profundamente otra vez, llenándose los pulmones, y luego soltó el aire despacio, con la esperanza de librarse de la tensión.

No funcionó. El corazón le latía con fuerza y, a pesar del aire acondicionado, notaba cómo el sudor le perlaba la frente.

¿Quiénes eran y por qué lo habían elegido a él?

¿Sabían lo que había hecho en Bangalore?

¿Sabían que ya había matado antes? ¡Joder!

John golpeó el borde del fregadero con el puño.

Si lo sabían, no podía ir a la policía. Sería su fin.

¡Mierda, mierda! ¿Qué debía hacer? Sus dedos tamborileaban un ritmo nervioso sobre la encimera mientras miraba por la ventana.

Tenía que serenarse. Podía dejarse llevar por el pánico y autocompadecerse, o podía intentar tomar el control de la situación.

Habían dicho que tenía hasta el domingo de vida, así que eso le daba algo de tiempo.

No mucho, pero todavía no iba a rendirse.

No tenía sentido contrariarlos ahora y acortar su vida.

Encontraría una salida. Volvió al dormitorio y cogió el teléfono.

Miró la foto de Charlotte y, sacando fuerzas de ella, escribió:

¿Quién es esta persona y por qué quieren que lo mate? Pulsó «enviar».

Esperó, pero no mucho. El teléfono vibró en su mano. Bajó la vista y leyó:

El porqué no es asunto suyo. Se llama Peter Croft. El resto depende de usted. Búsquelo en Google. Si quiere ver la próxima semana, más le vale empezar ya.