Capítulo 4
P asó más de una hora con el aire acondicionado a tope antes de que John se hubiera refrescado lo suficiente como para ducharse y vestirse para el trabajo.
Aprovechó ese tiempo para hacer unos ejercicios de respiración que había aprendido en la India, seguidos de unos minutos de meditación, sentado en el frío suelo de mármol del apartamento.
Se suponía que la meditación debía ayudarle a superar el trauma del pasado, pero no estaba seguro de que funcionara.
No obstante, disfrutaba de esos pocos minutos de quietud y persistía en la práctica, con la esperanza de que, con el tiempo, sus flashbacks terminaran.
Cuando acabó, un charco de sudor lo rodeaba.
Lo secó con una toalla de mano antes de prepararse una cafetera y meterse en la ducha antes de vestirse.
A pesar del clima tropical, se esperaba que vistiera de traje y corbata para ir al trabajo, sin duda un remanente colonial de cuando los británicos gobernaban la nación insular.
Era totalmente impráctico, pero las viejas costumbres son difíciles de erradicar.
Por consiguiente, John siempre esperaba hasta el último momento para vestirse: odiaba llegar a la oficina sudando a pesar de haberse duchado.
Duchado y cambiado, miró el reloj y se dio cuenta de que tenía que salir de inmediato si quería coger el ferri.
Mientras se enderezaba la corbata, cogió la cartera y el móvil de la mesilla de noche y se detuvo a mirar la foto de Charlotte.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le formó un nudo en la garganta mientras contemplaba a la hermosa mujer de la foto.
Se la habían arrebatado brutalmente durante el tiempo que pasaron juntos en la India, y el recuerdo de lo ocurrido todavía lo atravesaba como un cuchillo.
Sus asesinos se salieron con la suya gracias a sus contactos y a un sistema corrupto e ineficaz, pero él había querido vengarse.
Así que los cazó él mismo, matándolos uno a uno, vengando su muerte y dándole la justicia que merecía.
Sin embargo, aquello no la había traído de vuelta, y cualquier satisfacción que hubiera sentido por su venganza pronto se desvaneció, reemplazada por un vacío de desesperación.
Había esperado que un cambio de aires le ayudara, pero se limitaba a actuar por inercia, llenando los días de tareas sin sentido.
No creía estar deprimido, simplemente le faltaba toda motivación.
Si no fuera por sus carreras matutinas, probablemente habría caído en el alcoholismo… o algo peor.
John le lanzó un beso a la foto. —Te echo de menos, Charlie —susurró; luego se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.
John vivía en la isla más grande de Hong Kong, Lantau, y podía elegir entre ir al trabajo en tren o en ferri.
A menudo cogía el ferri, ya que era el mejor momento de su jornada laboral; el viaje lo llevaba a través del puerto, entre las pequeñas islas y junto a los buques portacontenedores anclados, que se alzaban como edificios de varias plantas sobre el ferri antes de llegar a la isla de Hong Kong, con su espectacular horizonte y las verdes laderas selváticas del pico Victoria.
Nunca se cansaba de aquella vista, del espectáculo de miles de rascacielos que surgían del suelo como estalagmitas, cada edificio rebosante de gente que luchaba por el éxito, como colmenas llenas de abejas obreras.
El ferri atracó a la sombra del International Finance Centre, y John desembarcó con sus compañeros de viaje para dirigirse por la pasarela elevada que conectaba la terminal del ferri con el centro comercial IFC, uniéndose a miles de asalariados como él que se dirigían a sus gulags.
John se abrió paso entre ellos mientras avanzaban arrastrando los pies, con la vista fija en las pantallas de sus móviles, aislados del mundo que los rodeaba.
No por primera vez, John se preguntó por la futilidad de todo aquello: pasar cada momento de vigilia haciendo algo que no te gustaba con la esperanza de unos pocos años de libertad al jubilarte.
Salió del IFC y cruzó Des Voeux Road, siguiendo la pasarela elevada a través del edificio del Mercado Central hasta las escaleras mecánicas de Central a Mid-Levels, el sistema de escaleras mecánicas cubiertas al aire libre más largo del mundo.
Con ochocientos metros de longitud y un desnivel de más de ciento cuarenta metros desde su inicio en Central hasta su final en el lujoso distrito de Mid-Levels, transportaba cada día a miles de peatones de arriba abajo, desde el distrito financiero de Central hasta los caros edificios de apartamentos de Mid-Levels.
Aún era demasiado pronto para que las escaleras mecánicas subieran.
Hasta las diez de la mañana, se movían hacia abajo, llevando a los ejecutivos a sus oficinas.
Así que John subió los escalones contiguos durante dos manzanas antes de bajar a la calle.
Necesitaba otro café antes del trabajo y tenía un sitio favorito donde comprarlo.
John empujó la puerta de la pequeña cafetería y sonrió al joven nepalí que había detrás del mostrador.
—Buenos días, Thapa.
—Buenos días, John. ¿Lo de siempre?
—Como siempre —sonrió John. Venía aquí todas las mañanas.
El café estaba bueno y, con el tiempo, se había hecho amigo del joven propietario nepalí.
John observó cómo Thapa pesaba una porción de granos de café y los vertía en un pequeño molinillo en el mostrador del fondo.
Thapa medía alrededor de un metro setenta y ocho, alto para la media nepalí, y se movía con la gracia de un gran felino.
Se giró hacia la cafetera y le sonrió a John, y se le arrugaron las comisuras de los ojos.
—¿Qué tal el fin de semana? —le preguntó.
—Demasiado corto, como siempre.
—Ya te digo. Yo solo me tomé libre el domingo, y hoy me siento cansado.
—Nada que un par de cafés no puedan arreglar, ¿verdad?
Thapa se rio mientras preparaba el café.
John había estado yendo a la pequeña cafetería de Thapa desde que había empezado a trabajar en la empresa financiera, y sus saludos diarios se habían convertido gradualmente en una amistad.
A veces, John se escapaba de la oficina con el pretexto de ver a un cliente y bajaba a charlar con Thapa tomando un café, que siempre se mostraba amable y con una sonrisa a flor de piel.
Thapa no hablaba mucho de sí mismo, pero John había reconstruido su historia a lo largo de sus muchas conversaciones.
Thapa era hijo de un gurka, el feroz cuerpo de combate nepalí que había servido al ejército británico durante más de doscientos años.
Su padre había estado destinado en Hong Kong durante diez años, patrullando la frontera con China cuando Thapa nació.
Como muchos otros gurkas, el padre de Thapa se quedó en Hong Kong tras dejar el ejército y se instaló en el bullicioso distrito de Yau Ma Tei, en Kowloon.
Thapa fue a un colegio local y llegó a dominar el cantonés mientras su padre fundaba su propia empresa de seguridad, que daba empleo a los gurkas retirados y a sus descendientes.
Al principio, los tiempos habían sido duros: a su padre le costaba competir con las grandes empresas ya establecidas y su madre tuvo que trabajar como asistenta doméstica.
El dinero siempre había escaseado y sus padres nunca estaban en casa, pues trabajaban muchas horas para pagar el alquiler y poner un plato en la mesa.
Abandonado a su suerte, Thapa había caído presa de los reclutadores de las tríadas que merodeaban por los parques y las urbanizaciones en busca de jóvenes descontentos, a quienes prometían estatus y fortuna en sus filas.
Se vio envuelto en delitos menores, robos, acoso y extorsiones de poca monta.
Nada grave, pero iba camino de cosas más serias cuando uno de sus tíos lo tomó bajo su protección y le explicó lo que le pasaría si continuaba por ese camino.
Ocupó el lugar de su padre ausente y le enseñó la gran y honorable historia de los gurkas y cómo, siendo hijo de uno de ellos, era su responsabilidad mantener su reputación aunque no sirviera en el ejército.
Algo tocó su fibra sensible y, desde ese momento, Thapa cambió y se aplicó en los estudios, dedicando tiempo a hincar los codos y esforzándose por enorgullecer a su padre.
Se graduó en el instituto y, como no quería cursar estudios superiores ni convertirse en guardia de seguridad con su padre, montó un negocio por su cuenta.
Con la ayuda de sus parientes, reunió a duras penas el dinero suficiente para abrir su cafetería y, como tributo a su legado, el letrero sobre la tienda lucía un logotipo muy especial: dos kukris cruzados, los cuchillos de combate curvos que los gurkas siempre llevaban a la batalla.
—Justo como te gusta —dijo Thapa mientras le entregaba a John el café solo en un vaso para llevar—. ¿Te pasarás luego?
—Gracias, Thapa. Ya veré cómo va el día.
Que tengas un buen día. —John cogió el café, saludó con la cabeza al siguiente de la cola y salió por la puerta; giró a la derecha y subió la cuesta hacia su oficina en Lyndhurst Terrace.
La empresa ocupaba la última planta de un edificio con múltiples inquilinos.
Subió en el ascensor y después tecleó el código de seguridad en el teclado numérico de la entrada de la oficina.
Las dobles puertas de cristal daban directamente a la zona de recepción y a un gran mostrador tras el cual se sentaban dos recepcionistas.
Les dio los buenos días y ambas lo ignoraron.
A la izquierda de la recepción había una sala de conferencias acristalada con amplias vistas a las torres de oficinas del Distrito Central y, detrás de la sala de conferencias, un corto pasillo conducía al espacio diáfano que albergaba el escritorio de John y los de sus otros diez compañeros.
La mayoría de los escritorios ya estaban ocupados, pero nadie trabajaba.
Algunos estaban encorvados sobre sus mesas, desayunando de recipientes de poliestireno para llevar, mientras que otros navegaban por internet.
Ni una sola persona saludó a John cuando entró.
Al fondo del espacio diáfano se encontraba el despacho del director, con el escritorio orientado hacia dentro, desde donde podía vigilar al personal a pesar de las impresionantes vistas que ofrecían los ventanales que iban del suelo al techo detrás de la mesa.
John se sentó, tomó un sorbo de café y encendió la pantalla de su ordenador.
Suspiró y se frotó la cara con las manos: ocho horas de aburrimiento soporífero se extendían ante él.
Volvió a pensar en su época en la India y en su trabajo, donde había estado al mando de un equipo de casi cuarenta personas.
Un equipo de jóvenes indios inteligentes y entusiastas, ilusionados por labrarse una carrera y cambiar el mundo.
Ahora, se sentaba bajo la atenta mirada de un jefe que, por su parte, hacía bien poco mientras John respondía a cientos de correos electrónicos sin sentido y hacía llamadas a gente para intentar venderles productos financieros que no necesitaban.
John sacudió la cabeza y dio otro gran trago de café, deseando que la cafeína hiciera efecto antes de que el entorno y la perspectiva del día que tenía por delante lo sumieran en un mayor estado de abatimiento depresivo.
Para no empezar a trabajar de verdad, abrió el navegador y echó un vistazo a los titulares en un par de sitios web de noticias antes de iniciar sesión en su cuenta bancaria para comprobar cuánto dinero le quedaba hasta el día de cobro.
El sueldo nunca parecía durarle todo el mes.
Introdujo la contraseña y consultó el saldo de la tarjeta.
La tarjeta de crédito se acercaba de nuevo a su límite, nada nuevo.
Cambió de ventana y miró el saldo de la cuenta corriente. ¿Pero qué…?
¡Eso no puede estar bien! Parpadeó rápidamente, apartó la vista y luego volvió a mirar.
¡Imposible! John miró por encima del hombro para asegurarse de que sus compañeros no estaban mirando, pero no tenía por qué haberse molestado.
Estaban todos en sus mundos privados, jugando a juegos en línea o navegando por las redes sociales.
Volvió a mirar la pantalla, con el corazón desbocado.
Algo iba mal. Donde el saldo debería haber mostrado solo unos cientos de dólares, había una cifra mucho mayor…
¡Un millón de dólares!