John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 3
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Capítulo 3

LUNES

— T e quiero, Charlotte.

—¿Crees que no lo sé, señor Hayes? —rio ella con suavidad; sus ojos azules captaron la luz del sol y brillaron con picardía.

John sonrió y alargó la mano para apartarle un rizo rubio de la frente. Le miró los labios, que lo invitaban a unirlos con los suyos, y se inclinó hacia delante. Antes de que sus labios se tocaran, Charlotte frunció el ceño.

—¿John?

—¿Qué pasa?

Ella se apartó mientras la luz del sol desaparecía y el cielo se oscurecía.

—John, ayúdame.

—Charlotte, ¿qué pasa?

Su rostro se disolvió en la nada, reemplazado por la cara de un hombre de veintipocos años, con barba de cuatro días sobre una mandíbula carnosa y blanda, los ojos oscuros hundidos en las cuencas y el labio torcido en una mueca de desprecio.

John sintió su aliento en la cara, cálido y fétido, una mezcla de tabaco rancio y alcohol.

—Charlotte —gritó John, con el corazón desbocado—. ¿Dónde estás?

En la oscuridad que rodeaba el rostro del hombre, aparecieron tres caras más, cada una mirándolo con desdén.

Volvió a llamarla a gritos: «Charlotte».

Los hombres se rieron y él intentó apartarlos, pero sus dedos no encontraron más que el espacio vacío.

Finalmente, desde algún lugar en la distancia, su voz: «John, ayúdame… ».

John se despertó sobresaltado, con el corazón acelerado y la camiseta y las sábanas húmedas de sudor.

Las manecillas luminosas de su reloj en la mesita de noche marcaban las cinco y media.

Exhaló y apoyó la cabeza de nuevo en la almohada, esperando a que los latidos de su corazón recuperaran la calma.

La última pesadilla había sido hacía más de un mes y tenía la esperanza de que por fin hubieran cesado.

John suspiró, dejó caer las piernas por el borde de la cama y se incorporó.

Encendió la lámpara de la mesita de noche y se frotó la cara.

La foto con marco de plata que había en la mesita le llamó la atención y la cogió. La echaba muchísimo de menos.

Charlotte había sido la única mujer a la que había amado y no pasaba un día sin que pensara en ella.

Se llevó los dedos a los labios y luego a la foto antes de volver a dejar el marco en su sitio.

Ya no tenía sentido intentar volver a dormirse.

Descalzo, caminó sobre el frío suelo de mármol hasta el cuarto de baño.

Encendió la luz y abrió el grifo del agua fría, se echó agua en la cara para quitarse el sudor y se peinó el pelo hacia atrás.

Apoyado con ambas manos en el mueble del lavabo, se observó en el espejo.

El comienzo de otra monótona semana: cinco días de aburrimiento aniquilador en un trabajo que odiaba.

¿En qué momento se había torcido todo? Hacía solo dos años y medio, su vida había sido maravillosa: una esposa preciosa, un trabajo interesante y exigente, un futuro prometedor.

Agarró el borde del lavabo y sus nudillos se pusieron blancos mientras la ira crecía en su interior.

Inspiró hondo y luego exhaló lentamente. No quería pensar en eso ahora.

Se enderezó, cerró el grifo y volvió al dormitorio para ponerse la ropa de correr que había preparado la noche anterior.

Una vez vestido, salió al salón, lo bastante grande para un sofá de dos plazas y una televisión, y entró en la cocina, aún más diminuta.

Se sirvió un vaso de agua y se lo bebió de un trago antes de coger las zapatillas de correr del pasillo, fuera de su piso.

Se las ató, deslizó la llave de la puerta bajo el felpudo y cogió el ascensor hasta la planta baja para salir a la plataforma de entrada de su edificio de apartamentos.

A pesar de lo temprano que era, el aire ya era cálido y estaba cargado de humedad. John todavía no se había acostumbrado.

Relajó la cabeza y los hombros y miró a una pareja de ancianos chinos que practicaban taichí.

Les saludó con un gesto de cabeza mientras los observaba moverse con una elegancia que contradecía su avanzada edad.

John lo había intentado cuando se mudó a Hong Kong, pero necesitaba algo más físico, algo que le disparara la adrenalina y le levantara el ánimo.

Ansiaba las endorfinas que solo el ejercicio físico intenso le proporcionaba y el taichí no era suficiente.

Continuó con su somero calentamiento y estiramientos ligeros, y luego salió a la carretera para empezar a correr.

Los primeros minutos siempre eran incómodos; John tardaba un par de kilómetros en calentar, en empezar a disfrutar de la carrera.

Desde el edificio de su apartamento, bajó la cuesta, pasó por delante del colegio en dirección a la playa antes de dar la vuelta por Headland Drive, dejando atrás las casas multimillonarias con las que solo podía soñar.

Su mente divagaba mientras corría, pensando en el día que tenía por delante, y aceleró el paso cuando una sensación de pavor amenazó con consumirlo.

A esa hora tan temprana, había algunos otros corredores en la carretera, todos intentando en vano evitar el notorio calor y la humedad de Hong Kong.

Salvo por unos pocos meses en invierno, era imposible escapar de ellos.

La camiseta de John ya estaba empapada en sudor.

El recorrido no era largo, unos cinco kilómetros, pero sin la carrera, era un desastre.

Lo hacía sentirse bien, las endorfinas le daban el empujón que le permitía afrontar el día que tenía por delante.

Se forzó a ir más rápido durante el último kilómetro y sintió la satisfacción de adelantar a otro corredor antes de reducir la velocidad justo antes de su edificio.

Chorreando sudor y con el corazón palpitante, se sentía fuerte, seguro de sí mismo y preparado, y los recuerdos de su pesadilla habían sido reemplazados por una sensación de agradable agotamiento.

John llevaba casi dieciocho meses en Hong Kong y amaba la ciudad.

Estaba llena de un bullicio y una energía indefinibles que no había experimentado en ningún otro lugar.

Su estancia en la India lo había acostumbrado a las multitudes, pero nunca se había hecho al caos de una ciudad india.

Aquí, en Hong Kong, las cosas eran diferentes.

Estaba abarrotada, la ciudad nunca dormía, pero era eficiente y segura, y eso era lo que él necesitaba.

Lo que despreciaba era su trabajo. El inmenso abismo de soledad que amenazaba con engullirlo cada vez que recordaba su vida anterior tampoco ayudaba.

Tras el espantoso incidente de la India, no había logrado asentarse.

No podía volver a trabajar en la misma empresa y los rostros de los hombres que había matado lo atormentaban por las noches.

Bebía demasiado, no dormía lo suficiente y estaba solo.

Terriblemente, terriblemente solo. Necesitaba un cambio, necesitaba salir del bache, así que compró un billete solo de ida para Hong Kong, lejos de toda la gente que había conocido, lejos de todo lo que le recordaba a su hermosa Charlotte.

Quería empezar de cero y había oído que la ciudad era apasionante y que había muchos trabajos disponibles en su sector, la banca.

Y apasionante lo era, con una energía palpable en cuanto bajó del avión, pero encontrar trabajo fue mucho más difícil de lo que pensaba.

No hablaba cantonés ni mandarín, y los bancos internacionales estaban contratando cada vez más personal local y recortando gastos con cada vez menos de aquellos desorbitados paquetes para expatriados que antes habían sido la norma.

Al final, dos meses después de su llegada, encontró un puesto en una pequeña consultora financiera; lo de «consultor» era un eufemismo.

En esencia, John era un vendedor con ínfulas, que colocaba productos de seguros y fondos a gente que no los necesitaba.

Pero necesitaba el trabajo. La ciudad era cara y sus ahorros casi se habían agotado.

No le quedaba nada de su vida anterior; lo había vendido y se había deshecho de todo.

Seguía en un bache; solo había cambiado de lugar. Únicamente su fuerza de voluntad y las carreras matutinas lo ayudaban a afrontar el día.