Capítulo 2
DISTRITO CENTRAL, HONG KONG
L a furgoneta de reparto puso el intermitente y redujo la velocidad, lo que provocó que uno de los omnipresentes taxis rojos y blancos de Hong Kong tocara el claxon con frustración.
La furgoneta se detuvo y un hombre vestido con un uniforme de repartidor abrió la puerta del copiloto y saltó fuera.
Corrió hacia la parte trasera de la furgoneta y levantó la mano delante del taxi para detener el tráfico mientras el vehículo avanzaba y luego daba marcha atrás para aparcar en el hueco que había en el lateral de la calle.
El repartidor se hizo a un lado y le hizo un gesto al taxista para que pasara, que lo maldijo a través de la ventanilla abierta antes de marcharse.
El joven sacó el móvil y pulsó un número de marcación rápida.
—A la espera.
En la calle de al lado, una furgoneta Mercedes Sprinter blanca esperaba con el motor al ralentí y las luces de emergencia naranjas parpadeando a modo de advertencia. El conductor se quitó el auricular de la oreja derecha y se giró hacia el oscuro interior del vehículo.
—Preparaos.
El conductor de la furgoneta de reparto sacó un paquete grande de la parte trasera de su vehículo y escaneó el código de barras con un escáner de mano.
Se incorporó y miró hacia el 7-Eleven. Al cruzarse su mirada con la del joven, asintió levemente y luego caminó hacia la entrada de un anodino edificio de apartamentos que se alzaba sobre la calle.
Su compañero cerró las puertas de la furgoneta, bajó a la acera y, tras mirar a ambos lados, siguió al conductor hasta la entrada.
En el 7-Eleven, el joven se llevó el móvil a la oreja de nuevo. —Cinco minutos.
El repartidor entró en el mugriento vestíbulo mientras su compañero montaba guardia fuera, en la acera.
En el vestíbulo, el anciano guardia de seguridad levantó la vista de su escritorio y, al ver el uniforme del repartidor, se limitó a asentir y volvió a estudiar la sección de hípica del periódico.
El repartidor llamó al ascensor y, cuando llegó, pulsó el botón del décimo piso.
El viejo ascensor crujió y gimió mientras subía, y el repartidor empezó a sudar en el reducido espacio.
Buscó un interruptor para encender el ventilador, pero el diminuto aparato era insuficiente para enfriar la estrecha caja de acero.
El sudor le perlaba el labio superior y la camisa empezaba a pegársele a la espalda.
En el décimo piso, el ascensor se detuvo con una sacudida, sin que el suelo de la cabina quedara del todo nivelado con el del pasillo.
El repartidor inspiró hondo y, mientras las puertas se abrían, espiró lentamente.
Salió y, tras comprobar la dirección del paquete, la comparó con el letrero de la pared y giró a la derecha para buscar el apartamento correcto.
Se detuvo ante una reja de acero y pulsó el sucio interruptor que hacía de timbre.
Esperó y, al cabo de un minuto, oyó el sonido de unos cerrojos al descorrerse; luego, la puerta se entreabrió con un crujido, lo justo para que la persona que estaba dentro se asomara.
—Repartidor —dijo en voz alta.
Desde dentro, una cara lo examinó de arriba abajo. Satisfecho de que era quien decía ser, la puerta se abrió más y una mano se alargó para abrir la reja. El repartidor la abrió de par en par, dio un paso adelante y le tendió el paquete.
Dentro, un hombre demacrado de mediana edad asintió y cogió el paquete; la piel de su huesudo brazo era casi translúcida.
Iba sin camisa, las costillas se le marcaban a través de una piel apergaminada y parecía mucho mayor de lo que era.
El repartidor le tendió el escáner y le indicó que firmara en la pantalla con el dedo.
El hombre dejó el paquete en el suelo, sorbió por la nariz y se la secó con el dorso de la mano antes de cogerle el escáner al repartidor y garabatear su nombre en caracteres chinos en la pantalla.
El repartidor miró la firma, sonrió y levantó la vista hacia el hombre.
— N-goi sai , gracias. —Se dio la vuelta y regresó al ascensor mientras la reja de acero se cerraba tras él.
Una vez en la calle, volvió a mirar hacia el 7-Eleven y asintió. Dentro de la tienda, el joven se llevó el móvil a la oreja una vez más.
—Ya está. ¡Vamos, vamos, vamos!
El inspector Jimmy Leung, de la Brigada de Investigación de Drogas de la Aduana de Hong Kong, cruzó la calle, pasando entre un taxi y un Mercedes con chófer.
Echó un vistazo a la matrícula del Mercedes, 888, y sonrió: un número muy propicio.
Con suerte, sería una señal. Le hacía falta algo de suerte.
Las últimas redadas habían llegado demasiado tarde; sus objetivos habían recibido un soplo y habían desaparecido mucho antes de que Jimmy y su equipo llegaran.
Confiaba en su equipo con su vida, pero de algún modo, desde algún lugar de la Brigada, se estaba filtrando la información.
Jimmy subió a la acera y saludó con un gesto a los dos hombres con uniforme de repartidor que estaban enfrascados en una conversación con el conductor de la Mercedes Sprinter.
—Buen trabajo, chicos —dijo mientras se ponían firmes. Hizo un gesto hacia el tráfico que se estaba acumulando en la calle, parcialmente bloqueado por la furgoneta en doble fila—. A ver si podéis hacer que el tráfico vuelva a fluir.
El vestíbulo del edificio estaba acordonado y uno de sus hombres interrogaba al guardia de seguridad, que parecía descontento.
Jimmy subió en el ascensor hasta el décimo piso, salió, buscó el apartamento correcto y entró.
El sargento Anson Wong, el líder del equipo que había asaltado el apartamento, le devolvió la sonrisa.
—Éxito, señor. Diez litros de GBL, tres kilos de «ice», dos kilos de éxtasis y cogollos de cannabis, y unos trescientos mil en efectivo. Yo diría que tiene un valor en la calle de un millón setecientos mil, señor.
—Excelente, bien hecho. —Jimmy suspiró aliviado. Por fin, las largas horas y el duro trabajo daban sus frutos. Miró al hombre delgado y sin camisa sentado en un rincón, vigilado por uno de sus hombres.
—¿Le han sacado algo?
Anson se quitó la gorra de béisbol con las iniciales de la Brigada y se pasó los dedos por el pelo. Suspiró y negó con la cabeza.
—No suelta prenda. Ya sabe cómo son con su código de silencio.
Jimmy frunció los labios y asintió con lentitud. —Llévenselo y enciérrenlo. Él mismo parece un yonqui. A ver si sigue tan callado cuando le entre el mono.
Jimmy se giró y recorrió a sus hombres con la mirada. —Bien hecho, equipo. Es un buen resultado. Venga, vamos a dejar esto limpio.