Capítulo 5
J ohn minimizó la pantalla y se levantó, con el corazón martilleándole en los oídos y las palmas de las manos sudorosas.
Salió de la oficina en dirección a la recepción, cogió la llave del baño del mostrador y bajó un piso hasta el servicio de hombres compartido.
Abrió la puerta, entró, la cerró tras de sí y echó el cerrojo.
Por segunda vez en el día, abrió el grifo y se echó agua fría en la cara.
Apoyado en la encimera del lavabo, se miró al espejo mientras el agua le goteaba de la nariz.
¡Un millón de dólares! ¿De dónde demonios había salido eso?
No era suyo, de eso no cabía duda. Obviamente, un error del banco, pero ¿qué se suponía que debía hacer?
¿Podía quedárselo? Desde luego, el dinero le hacía falta.
Un millón de dólares de Hong Kong no era una fortuna —apenas ciento treinta mil dólares estadounidenses—, pero podría sacarlo del bache en el que se encontraba.
Podría saldar la deuda de la tarjeta de crédito, dejar ese trabajo sin futuro, empezar de cero, viajar…
¿Pero y si se gastaba el dinero y el banco se lo reclamaba? ¿Lo meterían en la cárcel? Mierda.
Se enderezó y se dio la vuelta. Quería caminar para poder pensar, pero no había espacio en el baño.
Respiró hondo, se secó la cara con una toallita de papel y regresó a la oficina.
Se sentó frente a la pantalla y, tras mirar por encima del hombro para asegurarse de que nadie lo observaba, volvió a abrir la ventana del navegador.
Apareció un mensaje de advertencia que decía que había estado inactivo demasiado tiempo.
¿Deseaba continuar? Hizo clic en «continuar» y la pantalla se iluminó mientras su cuenta bancaria volvía a llenarla.
Seguía ahí: un millón de dólares. Se desplazó hasta el historial de transacciones para averiguar de dónde había salido el dinero: había sido ingresado el sábado anterior en veinte depósitos de cincuenta mil dólares, en diferentes sucursales de Hong Kong.
Qué raro. No había ninguna pista sobre quién había ingresado el dinero.
Cada transacción indicaba simplemente «Depósito en efectivo».
¿Quién cojones ingresa cincuenta mil dólares en efectivo?
¿Y por qué tantos depósitos? ¿Quién tiene esa cantidad de dinero en metálico?
John oyó a uno de sus compañeros moverse detrás de él, así que cerró la sesión rápidamente y se quedó mirando la pantalla en blanco, con los pensamientos acelerados en su cabeza como hámsteres puestos de speed.
«¿Qué hago? ¿Qué hago?». El dinero le cambiaría la vida, pero no podía quedárselo.
No estaba bien. No era un gran creyente en el karma —él forjaba su propio destino—, pero no quería tentar a la suerte.
Tomó una decisión y miró el reloj. Los bancos estaban abiertos.
Cogió el móvil de la mesa, echó la silla hacia atrás y salió de la oficina.
—Vuelvo en diez minutos —le dijo a la recepcionista más cercana, que no se molestó en apartar la vista del cuenco de fideos que sorbía ruidosamente.
John negó con la cabeza, abrió la puerta y salió al vestíbulo para coger el ascensor y bajar a la calle.
Una vez allí, miró a izquierda y derecha, decidiendo adónde ir.
Optó por la derecha y se dirigió a la tristemente célebre zona de bares de Hong Kong, Lan Kwai Fong, que a esa hora de la mañana estaba desierta y tenía un aspecto decididamente sórdido.
En la calle, un barrendero de avanzada edad barría cristales rotos y latas de cerveza tiradas con una escoba de mango de bambú, mientras una anciana, con la columna vertebral torcida en ángulo recto, aplanaba cajas de cartón y las apilaba en un carro de mano.
John encontró un rincón tranquilo en el portal de uno de los bares cerrados y sacó el móvil para buscar el número del banco en su agenda.
Esperó mientras sonaba el teléfono y luego le saludó una voz femenina en cantonés. Ignorando el cantonés, John cambió al inglés.
—Hola, querría hacer una consulta sobre mi cuenta.
La empleada del banco cambió de idioma: —Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarle hoy?
John suspiró y volvió a empezar. —Parece que hay un error en el saldo de mi cuenta. Hay un ingreso en mi cuenta que no debería estar ahí.
—De acuerdo, señor. Primero necesitaré verificar algunos datos. ¿Cómo debo dirigirme a usted?
—Me llamo John Hayes —respondió, y luego contestó al resto de sus preguntas: su fecha de nacimiento, su número de identificación de Hong Kong y su dirección postal.
—Por favor, espere, señor, mientras compruebo su cuenta.
Se quedó de pie, esperando, mientras un camión de reparto pasaba lentamente antes de detenerse frente a uno de los bares.
El conductor y su copiloto se bajaron de un salto, ambos con el torso desnudo, y un brillo de sudor relucía sobre los tatuajes de vivos colores que cubrían sus espaldas.
John los observó mientras descargaban cajas de Carlsberg y de vino neozelandés en la acera.
John se aflojó la corbata con la mano izquierda y tamborileó con el pie mientras esperaba. La camisa se le pegaba a la espalda y una gota de sudor le recorría la frente.
La voz de la chica volvió a sonar al otro lado de la línea. —De acuerdo, ya veo su cuenta. ¿En qué puedo ayudarle?
—Bueno, alguien ha ingresado un millón de dólares en mi cuenta en depósitos de cincuenta mil. No es mi dinero y no sé de dónde ha salido.
—Pero, señor John, los registros muestran que son depósitos en efectivo. ¿Está seguro de que no lo ha olvidado? ¿El pago de algo? ¿O tal vez se lo han ingresado unos amigos?
—No tengo muchos amigos, y los que tengo no tienen dinero. Es imposible que me olvide de un ingreso de esa cantidad.
—¿Qué quiere que haga, señor John?
—Pues, ¿puede averiguar de dónde ha salido el dinero y decirles que lo han ingresado en la cuenta equivocada?
—Sí, señor John, puedo intentarlo, pero con los depósitos en efectivo es difícil saber quién ha ingresado el dinero. Veré qué puedo hacer y me pondré en contacto con usted. Pero, señor John, tardaré unas horas.
—No pasa nada, llámeme cuando lo averigüe.
—Sí, señor John. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarle hoy?
—No, con esto es más que suficiente. Gracias.
—Gracias por llamar a la Oriental Banking Corporation. Que tenga un buen día.