Epílogo
EPÍLOGO
P ournima oyó que llamaban a la puerta. Se secó las manos en el dupatta y apartó la cortina que separaba la diminuta cocina del salón.
Echó un vistazo al dormitorio, donde la pequeña Geetanjali dormía sobre una manta en el suelo, antes de dirigirse a la puerta de la entrada.
Últimamente no recibía muchas visitas. Al principio, cuando mataron a Sanjay, sí que había tenido muchas; los vecinos se habían volcado con ella, trayéndole comida y ofreciéndole su apoyo.
Pero eso no podía durar eternamente, la gente tenía que seguir con su vida, y ahora la habían dejado prácticamente a su suerte.
La vida como madre soltera era dura y, sin los ingresos de Sanjay, a Pournima le costaba llegar a fin de mes.
Ganaba un sueldo miserable limpiando para una familia en uno de esos bloques de apartamentos de lujo, pero el dinero no daba para mucho y ni siquiera estaba segura de cómo iba a pagar las tasas escolares de Saumya del mes siguiente.
Quitó el pestillo de la puerta, la abrió un poco y se asomó.
Se tensó al ver a un agente de policía de pie en la calle.
Pournima lo recordó: era el que había interrogado a Sanjay en el hospital hacía tantos meses.
Entonces había sido amable, pero ella sentía una desconfianza innata hacia la policía.
Nunca se sabía en quiénes se podía confiar, y no sabía si podía hacerlo en él.
—¿Señora Pournima?
—Sí —respondió Pournima, manteniendo la puerta entreabierta.
—Me ha pedido un amigo que le entregue esto, señora. —Extendió un sobre grande y marrón—. Ha pensado que el contenido podría serle de utilidad. —Ella lo miró con nerviosismo; luego, vencida por la curiosidad, abrió más la puerta y cogió el sobre.
—¿Está todo bien, señora?
Ella asintió.
—¿Y sus hijas?
—Sí, bien. —Se preguntó cómo sabía que tenía hijas.
—Señora, si alguna vez necesita algo, si surge cualquier problema, por favor, llámeme. —Le entregó una tarjeta—. Puede llamarme cuando quiera. Mi número de móvil está en la tarjeta.
—Gracias. —Pournima asintió, dándose cuenta de que Padma la observaba de forma cotilla desde la puerta de su casa, al otro lado de la calle. Sin duda, sería la siguiente en llamar a la puerta.
El policía asintió y se dio la vuelta para regresar a su coche.
Pournima lo vio marchar, luego cerró la puerta y miró el nombre de la tarjeta que tenía en la mano: Inspector Rajiv Sampath.
Con una chincheta, la sujetó al marco de la puerta junto a la cocina y, después, miró el sobre.
Era abultado y sorprendentemente pesado.
Metió la punta del pulgar bajo la solapa y lo abrió de un tirón.
Dentro había tres paquetes grandes envueltos en papel de periódico y una sola hoja de papel.
Metió la mano y sacó uno de los paquetes.
Dejó el sobre en el suelo y rasgó el papel de periódico.
—¡ Devare ! —jadeó. Dentro del periódico había un fajo de billetes de dos mil rupias del tamaño de un ladrillo, sujeto con una goma elástica.
A Pournima se le cayó el fajo al suelo y cogió los otros.
Eran iguales. Era más dinero del que había visto en su vida.
Lanzó los fajos al aire y se puso a dar saltos de alegría.
El ruido despertó a Geetanjali, que se incorporó en la cama y se frotó los ojos.
Pournima no se lo podía creer. Todos sus problemas económicos se habían acabado.
Sacó del sobre la única hoja de papel y la desdobló.
Pournima no entendía mucho inglés, pero reconoció las tres palabras escritas en el papel.
Sus labios se movieron en silencio, pronunciando las palabras mientras las recorría con el dedo: Para las niñas.