John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 73
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Capítulo 73

J ohn tenía tres días antes de la salida de su vuelo y aprovechó bien el tiempo. No tardó mucho en volver a conectar el fusible del localizador GPS del coche de alquiler; luego, lavó el vehículo a conciencia y limpió el interior antes de pasarle bien la aspiradora.

Borro el historial de búsqueda de su móvil y su portátil y le quitó la tarjeta SIM al teléfono.

Hizo una copia de seguridad de su portátil en la nube y, después, se llevó el móvil y el portátil al jardín trasero, donde los hizo añicos con un martillo.

Tras devolver el coche de alquiler, condujo por la ciudad en el Scorpio, dejando caer trozos del móvil y el portátil en varios montones de basura.

De vuelta en casa, se examinó en el espejo.

No tenía mal aspecto. El corte de la cabeza quedaba oculto por el pelo y los moratones del cuerpo, por la ropa.

No fue hasta la noche del día siguiente cuando aparecieron noticias en los canales de televisión locales de que se había encontrado un cadáver en una obra en las afueras de la ciudad.

Un aparente suicidio. Al día siguiente, los informes se hicieron más detallados; los reporteros, entusiasmados, mencionaban que el cuerpo era, de hecho, el de Sunil Patil, hijo de Surya Patil, el líder del partido Alianza del Pueblo Progresista.

Los periodistas asediaron la casa del político en Shivnagar, interrogando a cualquiera que entrara o saliera del edificio.

El propio señor Patil no estaba disponible para hacer declaraciones, pero de la casa se filtraron informes sobre la batalla de Sunil contra el alcoholismo y su lucha contra la depresión tras las recientes muertes de sus amigos.

Llegaron mensajes de condolencia de los líderes políticos de Delhi, y los líderes de los partidos de la oposición se apresuraron a acaparar la atención mediática, expresando su pésame pero sin poder resistirse a lanzarle una puyita a su oponente, preguntándose cómo es que su hijo estaba en posesión de un arma sin licencia.

Dos días después, sin embargo, las noticias se llenaron de titulares más jugosos, algún que otro escándalo sobre contratos gubernamentales en otra parte de la India, que sustituyó cualquier especulación sobre la muerte de Sunil.

John lo observaba todo con no poca diversión, aliviado de que nada lo hubiera relacionado con él.

Llegó la mudanza y empaquetaron la casa, y le devolvió las llaves al casero.

Le vendió su coche a un compraventa por menos de su valor de mercado, contento de poder deshacerse de él rápidamente.

Pasó su última noche en la ciudad en su hotel favorito, The Oberoi, donde disfrutó de una velada relajante saboreando gin-tonics en el césped perfectamente cuidado del bar del club de polo.

El vuelo BA118 de British Airways a Londres salía a las siete de la mañana y, a pesar de lo temprano que era, John llegó con bastante antelación.

Estaba ansioso por marcharse. Ya no le quedaba nada en Bangalore, y no tenía ningún deseo de quedarse más tiempo ni de volver.

Hasta la muerte de Charlotte, había sido un destino maravilloso.

Había hecho muchos buenos amigos, pero se había aislado de todos ellos en cuanto Charlotte murió.

Era hora de pasar página y empezar una nueva vida en otro lugar.

El coche del hotel paró en el carril de llegadas del aeropuerto y se bajó; el chófer le ayudó con las maletas y se despidió con una sonrisa.

John le estrechó la mano, deslizando en ella un billete de cien rupias, y se giró hacia la terminal.

Avanzó con su maleta por la acera antes de cruzar el carril VIP que separaba la zona pública de llegadas de la terminal.

John oyó que lo llamaban por su nombre y se giró a la izquierda para ver un Bolero blanco de la policía aparcado junto al bordillo, con la esbelta figura del inspector Rajiv apoyada en el capó.

El corazón le dio un vuelco a John, pero se obligó a mantener la calma y se acercó mientras Rajiv se erguía y sonreía.

—Señor Hayes. John. —Rajiv le tendió la mano.

—Inspector. Rajiv. —John sonrió con nerviosismo.

—Así que, ¿se marcha de nuestra bella ciudad?

—Sí, mi vuelo sale en un par de horas. ¿Qué le trae por aquí a estas horas tan tempranas?

Rajiv sonrió. —Quería despedirme. Pensé que se marcharía pronto, pero no pude localizarlo en su móvil, así que he recurrido a un par de favores en la oficina de billetes para averiguar cuándo. —Sonrió—. Ser policía tiene sus ventajas.

John sonrió y asintió.

—Lamento que su experiencia aquí no haya sido feliz. Quizá si las cosas hubieran sido diferentes, podría haber hecho de este su hogar.

—Sí, ¿quién sabe cómo podrían haber sido las cosas?

Rajiv estudió el rostro de John. —¿Cree que volverá alguna vez?

—Lo dudo, Rajiv. Lo dudo mucho.

Rajiv asintió y desvió la mirada, recorriendo con los ojos a la gente que llegaba al aeropuerto. —Probablemente sea mejor que no vuelva. —Miró a John de nuevo—. Supongo que ha oído las noticias sobre Sunil Patil.

—Sí, lo vi en la tele. Ha sido una desgracia. Debía de estar muy deprimido.

—Sí, al parecer. —Rajiv bajó la vista hacia sus pies antes de volver a levantarla y clavar la mirada en John—. Y, cosa extraña, tenía una rótula destrozada y una muñeca rota.

John enarcó las cejas. —¿De veras?

—Mmm. Es extraño. Pero yo creo que tropezó en la oscuridad y se lesionó. Tenía bastante alcohol en sangre.

John asintió con cautela.

—Debió de serle bastante difícil dispararse con la muñeca rota, y todavía no hemos descubierto cómo llegó hasta allí.

—Rajiv sonrió—. Pero no quiero importunarlo con una conversación así antes de su vuelo.

Supongo que es uno de esos misterios que nunca se resolverán.

—Le tendió la mano de nuevo—. Que tenga un buen vuelo, John.

Quién sabe, ¿quizá nuestros caminos vuelvan a cruzarse en el futuro?

John le estrechó la mano. —Es usted un buen hombre, inspector Rajiv Sampath. Un buen hombre. Tal vez sea hora de que haga algo más gratificante.

—Tal vez tenga usted razón, John. Tal vez tenga usted razón.