Capítulo 67
J ohn estaba agazapado en el asiento trasero de un Hyundai compacto de alquiler de color rojo, vigilando la casa de Sunil.
No había querido arriesgarse a que Sunil volviera a reconocer su todoterreno blanco.
Le había llevado casi toda la mañana averiguar cómo desactivar el localizador GPS del coche de alquiler, pero al final, gracias a un vídeo de YouTube, descubrió que solo era necesario quitar un fusible.
John no quería que quedara ningún registro de sus movimientos.
Llevaba en la calle, frente a la casa de Sunil, desde mediodía, pero no había visto nada de interés.
Había habido un gran ir y venir de gente, pero ni rastro de Sunil.
El termo de café estaba vacío y se había comido el último sándwich hacía media hora.
Se alegraría cuando se acabaran aquellos largos días encajado en el asiento trasero de un coche.
Sacó la cartera del bolsillo trasero, la abrió y miró la foto de carné de Charlotte que guardaba metida en la funda de plástico transparente. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Ya falta poco, Charlotte. Solo queda uno. —Besó la foto y cerró la cartera de golpe antes de volver a guardársela en el bolsillo. Con la determinación renovada, se dispuso a pasar unas cuantas horas más de vigilancia.
A las siete de la tarde, ya casi había perdido la esperanza de ver a Sunil ese día.
El trasiego de entradas y salidas de la casa se había reducido considerablemente y la calle estaba tranquila, bañada por el resplandor amarillento de las farolas.
De vez en cuando, un coche entraba en una de las casas vecinas al regresar sus dueños, pero no había viandantes.
La jauría de perros callejeros al final de la calle ladraba y se peleaba, molestando a los cuervos que dormían en el árbol sobre ellos; las aves manifestaban su descontento con un coro de graznidos furiosos.
John bostezó y se estiró para aliviar la rigidez de la espalda y las piernas.
Se palpó el estómago con cuidado, todavía dolorido por las patadas de Sunil.
Había sido un día largo e infructuoso y quería irse a casa.
Le palpitaba la cabeza con un dolor sordo y cerró los ojos para aliviar la tensión de un día entero mirando fijamente la casa.
Le invadió una oleada de somnolencia; el efecto de la cafeína del termo de café ya se había disipado hacía tiempo.
Fue más un sexto sentido que un sonido lo que lo alertó. Abrió los ojos de sopetón y se giró, pero ya era demasiado tarde. Abrieron la puerta trasera del copiloto de un tirón y, antes de que se diera cuenta, estaba mirando el cañón de una pistola.