Capítulo 68
S unil lo había localizado a primera hora de la tarde.
Desde el ventanal de su suite, en la última planta de la casa, se veía casi toda la calle y, si se ponía en el extremo izquierdo de la ventana, la vista le alcanzaba hasta el final.
Desde que agredió a John Hayes un par de días atrás, se le había hecho costumbre vigilar la calle en busca de alguna señal del todoterreno blanco.
No había vuelto, pero hoy, en el hueco que había bajo el árbol donde vio el todoterreno por última vez, había un Hyundai rojo con matrícula amarilla y negra, de coche de alquiler.
Había cogido los prismáticos que solía usar para espiar el dormitorio de la hija de su vecino y, apartado de la ventana para que no lo vieran, examinó el coche con detenimiento.
A primera vista, no parecía haber nadie dentro; los dos asientos delanteros estaban vacíos.
La primera vez no le dio importancia. Sin embargo, dos horas después vio que el coche no se había movido y volvió a examinarlo con los prismáticos.
Mientras observaba, el coche se movió, como si alguien dentro hubiera cambiado de postura.
Había alguien en el asiento trasero. Una oleada de rabia le subió por la boca del estómago.
Quizá la paranoia se estaba apoderando de él, quizá solo era el chófer de alguien que recuperaba horas de sueño en el asiento trasero —algo habitual en Bangalore—, pero no estaba dispuesto a correr el riesgo.
Si ese hijo de puta volvía a espiarlo, se aseguraría de que fuera la última vez que espiaba a nadie.
Era el hijo de Surya Patil, y ningún cabrón de piel blanca iba a poder con él.
Aquello iba a terminar, y terminaría hoy.
Cogió una botella de Black Label y un vaso, acercó la silla a la ventana, se sirvió una copa generosa y se dispuso a esperar. Era reacio a hacer nada durante el día; había demasiadas posibilidades de que lo vieran. Esperaría hasta que anocheciera y entonces pasaría a la acción.