Capítulo 66
D esde los aseos, Sunil fue directo al aparcamiento, sacó una foto con el móvil a la matrícula del todoterreno antes de meterse en su coche y salir del parking, olvidándose de su cita para cortarse el pelo y afeitarse.
Incluso con su influencia, no le apetecía quedarse por allí para responder a ninguna pregunta si el extranjero había llamado a la policía.
Giró a la derecha por Vittal Mallya Road, luego cruzó el cruce hacia Cubbon Park y condujo a través de los jardines y arboledas hasta que encontró un sitio libre para aparcar.
Se metió en la plaza y cogió el móvil. Un aparcacoches se acercó al coche y Sunil le gruñó a través de la ventanilla.
El hombre se batió en retirada a toda prisa; una discusión con un matón rico y cabreado no merecía la pena por su mísero sueldo.
Sunil buscó en la agenda de su móvil hasta que encontró el número que quería y pulsó la tecla de llamada.
Sonó tres veces antes de que respondieran.
—Sí, señor.
—Ravi, le envío por WhatsApp la matrícula de un coche. Quiero que averigüe a quién pertenece.
—Sí, señor.
—Rápido, Ravi. Es urgente.
—Lo haré de inmediato, señor.
Sunil colgó. Siempre venía bien tener a un policía en nómina; nunca se sabía cuándo podría resultar útil.
Se quedó allí sentado, pensativo, con la mirada perdida en los jardines, ajeno a las escenas que tenía delante: los niños que corrían por el césped, los árboles llenos de loros.
En su lugar, una película de los acontecimientos recientes se reproducía en su cabeza.
¿Quizá el hombre era inocente? Muchos extranjeros vivían en Shivnagar, y todos iban de compras de vez en cuando a U.
B. City. Era un destino popular. Pero necesitaba estar seguro, y una sensación persistente le decía que ya había visto a ese tipo antes.
Con la ayuda del agente Ravi, llegaría al fondo del asunto.
Sunil estaba inusualmente preocupado. La dirección que le había dado el extranjero no era correcta, y el agente Ravi solo había tardado un día en averiguar a nombre de quién estaba registrado el coche.
Cuando oyó el nombre, a Sunil se le revolvió el estómago.
Por fin todo había cobrado sentido: las muertes de Anil y Manish, la paranoia bien fundada de Shivraj.
Alguien los había tenido en el punto de mira desde el principio. Sunil era el único que quedaba.
Como todos los matones, Sunil se crecía abusando de la gente más débil que él.
Siempre lo había hecho y había sido fácil.
Nadie se defendía ni se quejaba. Su familia era más rica que la mayoría y ostentaba tanto poder que hasta la policía hacía la vista gorda con sus fechorías.
Nadie se atrevía a poner objeciones cuando se abría paso a empujones.
Nadie se atrevía a quejarse cuando él y sus amigos se portaban mal en restaurantes y bares o agredían a mujeres jóvenes en sus noches de borrachera.
Si alguien intentaba siquiera presentar una denuncia, la policía, al oír su nombre, siempre se negaba a registrarla y, en su lugar, decía a las víctimas que no se molestaran.
Ciertamente, con la extranjera, se había pasado un poco.
A los chicos se les había ido de las manos.
No habían planeado matarla cuando la sacaron a rastras del coche, pero se había dado cuenta, después de saciar su lujuria y de que se les pasara un poco la borrachera, de que ni siquiera el padre de Sunil podría sacarlos de ese lío.
Tenía que desaparecer. Los muertos no se quejan, y había tenido razón.
Todo se había calmado, había caído en el olvido, era agua pasada. Hasta hacía un par de semanas.
¡Ese hijo de puta de su marido! ¿Quién se creía que era? ¿Por qué seguía siquiera en el país? Todos los amigos de Sunil estaban muertos, y él sabía que era el siguiente en la lista. Tenía que matar a ese cabrón a la menor oportunidad.