John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 65
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Capítulo 65

J ohn se maldijo a sí mismo mientras aparcaba el todoterreno en la segunda planta del aparcamiento.

Había visto el Mercedes aparcado cerca de la entrada y, por el rabillo del ojo, había distinguido a Sunil todavía sentado en el coche.

Había estado demasiado cerca. No se esperaba que aún estuviera en el vehículo ni que hubiese aparcado tan cerca de la entrada.

John no entendía por qué había sido tan estúpido de seguirlo hasta el centro comercial.

No había nada que pudiera hacer en un lugar tan concurrido; era imposible que se le presentara una oportunidad allí.

No, tenía que concentrarse, ser más cuidadoso, prestar atención a los detalles.

No podía permitirse fallar estando tan cerca del final.

John apagó el motor y salió del coche. Lo cerró con llave y cruzó las plazas de aparcamiento hasta la entrada del centro comercial.

No iba a perder el tiempo intentando vigilar a Sunil en el centro comercial, pero al menos podría usar los aseos.

Mear en una botella no era su idea de diversión.

John ignoró los lujosos escaparates de las relojerías y las tiendas de moda de alta gama y siguió las indicaciones hacia los aseos.

Encontró la puerta del baño de hombres; el encargado charlaba animadamente fuera con la encargada del baño de mujeres.

Ignorándolos, pasó de largo y empujó la puerta para abrirla.

El aseo estaba vacío y, como de costumbre, se dirigió al urinario más alejado y se desabrochó la cremallera del pantalón.

Cerró los ojos con alivio mientras su vejiga se vaciaba.

Estaba harto de pasarse los días escondido en el coche, subsistiendo a base de comida fría y café.

Estaba deseando que todo terminara para volver a llevar una vida normal. Ya no faltaba mucho.

Estaba casi terminando cuando percibió, más que sintió, un movimiento cerca de él, pero, antes de que pudiera abrir los ojos, lo empujaron violentamente de lado.

Tomado por sorpresa, se golpeó contra la pared y cayó al suelo, salpicándose de orina los pantalones.

No podía ver a su atacante, pero sintió un par de manos que lo agarraban, una por el pelo y la otra por la camisa, y lo arrastraban por el suelo del aseo hasta uno de los cubículos.

Lo arrojaron al suelo, con la cara a apenas unos milímetros de la taza del váter.

—¡Eh! ¡Qué coño! —giró la cabeza, levantó la vista y un escalofrío de terror le recorrió el cuerpo, paralizándolo.

Su atacante le propinó una rápida patada en el estómago y John se encogió de dolor, con arcadas y boqueando en busca de aire.

Sintió el aliento caliente en la cara y el hedor a nicotina rancia cuando Sunil se arrodilló a su lado.

—¿Por qué me estás siguiendo, hijo de puta?

John se acurrucó aún más, temiendo otro golpe, pero también intentando mantener la cara oculta. Aún se aferraba a la esperanza de que Sunil no supiera quién era. Luchando por respirar, se tragó el dolor y pensó a toda prisa.

—¿De qué e-e-estás hablando? —tartamudeó—. Estoy de compras.

—Me estabas siguiendo. ¡Me has seguido desde Shivnagar! —Sunil le agarró la cara con una mano, se la volvió hacia él y se le quedó mirando, memorizando sus rasgos.

—Vivo en Shivnagar —mintió John—. Siempre vengo a U. B. City a comprar y a comer.

—Entonces, ¿cuál es tu dirección?

—No es asunto tuyo. ¿Quién te crees que eres?

Sunil le dio una bofetada. A John le escocieron los ojos y la mejilla se le puso roja por el golpe.

—¿Cuál es tu dirección? —gruñó.

John pensó frenéticamente. No conocía el nombre de las calles, pero tenía que decir algo. Supuso que los nombres serían bastante genéricos y se inventó una dirección, esperando que Sunil se lo creyera.

—4 th Cross, número 53.

Sunil se irguió y lo miró desde arriba, vacilante, como si no supiera qué hacer a continuación.

Ambos oyeron abrirse la puerta principal del aseo y a alguien que entraba. Sunil fulminó a John con la mirada.

—Más te vale no estar mintiendo —masculló. Luego carraspeó y le escupió. Un gran salivazo le dio en un lado de la cara a John—. Sunil se giró, apartó las piernas de John de una patada, abrió la puerta del cubículo y salió, cerrándola tras de sí.

John se quedó allí tumbado, recuperando el aliento; luego hizo una mueca al darse cuenta de que había estado tendido en el suelo de un baño.

Se agarró al borde de la taza del váter y se levantó.

Luego bajó la tapa y se sentó. Con un trozo de papel higiénico, se limpió el escupitajo de la cara y se metió la camisa por dentro, haciendo una mueca por el dolor en el abdomen.

Se palpó las costillas con los dedos, pero estaban bien.

Se reclinó y sopesó su siguiente movimiento.

Definitivamente, la situación había subido de nivel.