John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 64
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Capítulo 64

S unil salió del camino de entrada de su casa y giró a la derecha por la calle.

Tenía un humor de perros, la cabeza embotada por los efectos de una botella entera de whiskey y la boca como un estropajo.

Les había hablado bruscamente a los empleados antes de irse y había ignorado a su madre cuando esta se acercó a desearle buenos días.

Al salir por la cancela y meterse en la calle, repasó mentalmente los acontecimientos de las últimas dos semanas.

Había perdido a tres de sus amigos y, aunque a Sunil no le gustaba admitirlo, se sentía solo.

Beber no era lo mismo sin sus amigos para chincharse y bromear, para importunar a las chicas y hacer comentarios obscenos.

De hecho, no había salido en toda la semana; se había encerrado en sus aposentos de la última planta de la casa.

Pero se había hartado de quedarse en casa compadeciéndose de sí mismo y ese día había decidido salir a cortarse el pelo y a que lo afeitaran; un pequeño capricho para sentirse mejor.

Al aproximarse al final de la calle, un todoterreno le llamó la atención.

Algo en él le trajo un recuerdo y redujo la velocidad para verlo más de cerca.

Era un Mahindra Scorpio blanco, el mismo modelo y color que el que había visto aparcado en el arcén la noche en que había matado a Shivraj.

No había nadie en el coche. Quizá fuera una coincidencia; era un vehículo bastante común y había muchos del mismo color en la ciudad, pero, aun así, una inquietud persistente le reconcomía por dentro.

Continuó conduciendo, intranquilo; no le gustaban las coincidencias.

Deseó haber anotado el número de matrícula aquella noche.

Sacudió la cabeza. «Olvídalo». Se estaba volviendo débil y paranoico, como Shivraj.

Tras girar a la derecha al final de la calle, se dirigió hacia Sankey Tank Road, redujo la velocidad al llegar al cruce de abajo y puso el intermitente a la izquierda.

Por costumbre, miró por el retrovisor y allí, al fondo de la vía, vio al mismo todoterreno entrar en su calle.

Frunció el ceño y se tensó; sus dedos se aferraron con más fuerza al volante.

Giró a la izquierda, siguió por la carretera hasta el paso subterráneo y subió por el otro lado hacia Windsor Manor Circle antes de volver a mirar por el retrovisor.

Seguía allí, muy atrás, casi oculto entre el tráfico.

Sunil tuvo que buscarlo, pero el todoterreno blanco estaba allí.

Continuó, pasó el campo de golf, giró a la izquierda y luego a la derecha, dejando atrás la oficina del comisario de policía, todo ello sin quitar ojo del retrovisor, con el todoterreno siempre a la vista.

Pasó el estadio de críquet, cruzó MG Road y bajó hacia Vittal Mallya Road, donde giró a la derecha en dirección a U.

B. City. Se metió en la entrada del aparcamiento y esperó a que el personal de seguridad del centro comercial completara su somero control de seguridad.

«Idiotas», pensó Sunil mientras los empleados se limitaban a abrir el maletero y echar un vistazo antes de indicarle que avanzara.

Sería muy fácil colar armas en el edificio con esos guardias de seguridad inútiles.

Entró en el aparcamiento, encontró un sitio en la planta baja cerca de la entrada, apagó el motor y esperó.

Unos minutos más tarde, el todoterreno blanco entró en el aparcamiento y pasó lentamente por delante antes de subir la rampa hacia el siguiente nivel.

Con la escasa luz del aparcamiento, Sunil no consiguió distinguir bien al conductor.

¿Quizá era todo una coincidencia? ¿Tal vez se estaba volviendo paranoico?

Había muchísimos todoterrenos blancos en la ciudad.

Podría ser mera casualidad que uno de Shivnagar también fuera a U.

B. City el mismo día. Sunil abrió la puerta y salió.

Sin embargo, tenía que tener cuidado. Necesitaba averiguar más.

Si era el mismo vehículo que estaba allí aquella noche, era posible que el conductor supiera lo que había ocurrido.

No podía arriesgarse. Cruzó el aparcamiento al trote y subió por la rampa hasta el siguiente nivel; se detuvo a mitad de camino, con la cabeza a la altura del piso superior, y recorrió con la mirada las plazas de aparcamiento en busca del vehículo.

Allí estaba, en la esquina más alejada. El conductor acababa de salir y, con un pitido, cerraba la puerta con el mando.

Sunil subió corriendo el resto de la rampa y se agachó detrás de un Toyota sedán mientras el conductor caminaba hacia la entrada del centro comercial.

Lo observó a través de las ventanillas del Toyota, sin poder ver aún del todo quién era, y cuando el conductor desapareció dentro del centro comercial, se levantó y corrió hacia la entrada.