John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 51
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Capítulo 51

S unil lo encontró más tarde en el templo, arrodillado ante el ídolo, con los labios moviéndose en una plegaria silenciosa y las manos entrelazadas. Se deslizó a su lado y le susurró al oído:

—¿Por qué no me coges las llamadas, tío?

Los ojos de Shivraj se abrieron, lo miraron de reojo y volvieron a cerrarse para reanudar sus oraciones.

—Eh, ¿qué coño te pasa? —Sunil lo agarró del brazo y tiró de él para ponerlo en pie.

Shivraj se zafó del brazo de un tirón, pero no dijo nada; tenía la mirada fija en la diosa.

Sunil le dio la vuelta y lo empujó por la espalda, obligándolo a dirigirse hacia la entrada principal para sacarlo del templo, sin hacer caso de las miradas de desaprobación de los otros fieles.

Sunil no tenía tiempo para la religión. La religión era para los débiles.

Una vez fuera, Shivraj se soltó con una sacudida.

—Déjame en paz.

Sunil observó las ojeras de Shivraj, la barba de dos días en su barbilla.

—¿Pero qué cojones te pasa? No me coges las llamadas, ¿y anoche no apareciste? Sabes que se suponía que íbamos a la fiesta de Rahul.

A Shivraj empezó a temblarle el labio y se le anegaron los ojos de lágrimas.

—Soy el siguiente, Sunil. Soy el siguiente —sollozó en voz baja.

Sunil lo agarró del brazo y lo empujó hacia su Mercedes, aparcado en doble fila en la entrada.

—Entra —le abrió la puerta del copiloto y lo metió dentro de un empujón. Rodeó el coche hasta el lado del conductor, se metió y miró a Shivraj, que estaba hundido en el asiento, gimoteando.

—¿De qué cojones estás hablando? Mírate, lloriqueando como una niñata.

Shivraj levantó la vista y sorbió por la nariz. Clavó los ojos en Sunil.

—Soy el siguiente, Sunil. Voy a morir. Es mi karma. Nunca deberíamos haberle hecho lo que le hicimos a esa mujer ni a ese hombre. Ahora me toca pagar el precio. Me lo merezco —se derrumbó de nuevo, sollozando sin parar.

Sunil se inclinó, agarró a Shivraj por la camisa y tiró de él hasta que sus caras quedaron a escasos centímetros.

—Escúchame bien, puto blandengue. No vas a morir.

No es el karma ni ninguna otra gilipollez religiosa.

Nadie sabe lo que hicimos, y nadie lo sabrá jamás, a no ser que te vayas de la lengua.

Nos deshicimos del único testigo. Así que espabila de una puta vez —soltó la camisa de Shivraj y se recostó en su asiento, echando humo.

—No lo entiendes, Sunil. Lo que hicimos estuvo mal.

Tenemos que pagar por ello. Anil y Manish ya lo han hecho.

Y ahora es mi turno —Shivraj bajó la mirada; le temblaban las manos.

Se agarró los muslos para que dejaran de temblar y volvió a mirar a Sunil—.

Ayer había un pollo muerto en mi jeep. Esta mañana, una de esas muñecas tántricas con un clavo.

Es una señal, Sunil. Me ha llegado la hora.

—¡Serás gilipollas y supersticioso! —exclamó Sunil, sacudiendo la cabeza con exasperación—.

¿Es que no lo ves? Alguien está haciendo esto.

¿Me entiendes? Una persona. Un ser humano.

No uno de tus dioses. No el karma. No existe esa puta mierda.

Es todo un invento para mantener a los débiles como tú a raya.

Shivraj se limitó a sollozar y a seguir con la mirada perdida en el suelo del coche.

—A la mierda —dijo Sunil, y arrancó el motor, alejándose del templo con un chirrido de neumáticos. Puede que Shivraj fuera el siguiente, pero ningún hijo de puta iba a pillar a Sunil Patil.