Capítulo 49
A l cabo de dos horas de un sueño sorprendentemente tranquilo, John había vuelto. Estaba aparcado al final de la calle, lo bastante cerca para ver la fachada de la casa y el jeep sin ser descubierto. Reclinó ligeramente el asiento y se dispuso a esperar.
A las siete, la zona ya estaba animada; varias personas se habían levantado temprano para pasear a sus perros, otras salían apresuradas con ropa de oficina y se marchaban al trabajo en moto. John los observaba a todos sin perder de vista la casa.
La puerta principal se abrió y él se incorporó al ver salir a una señora de mediana edad con un camisón con estampado de cachemira y el pelo largo, suelto y húmedo cayéndole por la espalda, como si acabara de lavárselo.
Recorrió la corta distancia hasta la verja y recogió la bolsa de plástico con la leche que el lechero había dejado esa mañana.
Miró calle arriba, saludó con la cabeza a uno de sus vecinos, que volvía de su paseo matutino, y le dio los buenos días en voz alta.
Al darse la vuelta para entrar, su mirada se posó en la parte delantera del jeep.
La bolsa de la leche se le cayó de la mano y gritó.
John sonrió y bajó un poco la ventanilla para poder oír lo que sucedía.
El vecino corrió hacia la señora, que permanecía con la mano en la boca, balbuceando lo que parecía una plegaria.
De la casa salió un hombre mayor, con mechones de pelo gris que le sobresalían a los lados de la cabeza y sus delgadas piernas envueltas en un lungi.
Corrió hacia ella y la sujetó por los hombros, preguntándole qué pasaba.
Ella señaló el coche y a él se le abrieron los ojos como platos.
Se congregó un pequeño grupo a medida que los vecinos salían de las casas contiguas, todos hablando a la vez y gesticulando.
Finalmente, Shivraj apareció en el umbral, frotándose la cara para espabilarse.
Contempló a la multitud y entonces vio su jeep.
Se quedó con la boca abierta y retrocedió un paso.
John sonrió. Su plan estaba funcionando.
Tras dedicar el día a investigar sobre magia negra en internet, John regresó la noche siguiente.
Él no creía en esas cosas, pero, por lo que había averiguado, todavía había gente en la India que practicaba la magia negra y muchos más que creían en ella.
En internet había cientos de anuncios de personas que supuestamente podían eliminar los efectos de la magia negra, lo que indicaba que el campo de las artes oscuras seguía presente.
La visión que John tenía del asunto era más pragmática.
Creía que la mera presencia de un símbolo asociado a la magia negra bastaría para jugar con la mente de una persona supersticiosa, y que sus propios pensamientos harían el resto, sumiéndola en una espiral destructiva.
Habiendo observado a Shivraj durante un tiempo, John sabía que le gustaba ir al templo una vez por semana y que rezaba a los dioses pidiéndoles apoyo y bendiciones, y estaba seguro de que Shivraj creería en la magia negra.
Su reacción al ver el gallo muerto y la sangre le había dado la razón.
En cualquier caso, incluso un no creyente necesitaría una mente muy fuerte para no permitir que las dudas se apoderaran de su cabeza.
Aquel día, John había comprado una pequeña muñeca de trapo y un botecito de pintura negra en una tienda de manualidades.
Al llevarlos a casa, le había quitado la ropa y el pelo a la muñeca, devolviéndola a su forma básica, y la había pintado de negro.
El toque final fue un clavo grande que había encontrado en su caja de herramientas y que usó para atravesar el cuerpo de la muñeca a la altura del corazón.