Capítulo 47
J ohn aparcó en el cobertizo y abrió la puerta principal, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba, pero no había un alma a mediodía; los niños estaban en el colegio y la mayoría de los padres, en el trabajo o de compras.
Sacó el saco del coche, lo metió en casa y lo dejó en el suelo de la cocina.
Encendió el altavoz Bluetooth de la encimera y lo conectó a su móvil antes de buscar su lista de reproducción y darle al play, subiendo el volumen de la música para ahogar cualquier ruido.
Del armario de la limpieza sacó una escoba y puso el palo en el suelo.
Respiró hondo, se agachó y abrió el saco.
Con la mano izquierda, agarró las patas del gallo y lo levantó.
—Lo siento, amiguito. El ave, presintiendo lo que iba a suceder, batió las alas con violencia, cacareando presa del pánico; la música no estaba lo bastante alta para ahogar el sonido.
John tumbó al animal en el suelo y le puso el palo de la escoba sobre el cuello, justo detrás de la cabeza.
El gallo se calmó y se quedó allí quieto, con las alas extendidas a ambos lados.
John hizo una pausa un instante para armarse de valor para lo que tenía que hacer a continuación.
Había buscado en Google cómo hacerlo, pero eso no lo hacía más fácil.
Tragó saliva y, con los dientes apretados, agarró las patas del gallo con la mano izquierda al tiempo que pisaba el palo de la escoba con el pie derecho.
Tiró de las patas hacia arriba con fuerza.
No oyó ningún crujido. En su lugar, el gallo cacareó con fuerza y batió las alas.
Volvió a tirar; el cuello se estiró visiblemente.
Soltó las patas y retrocedió mientras el sistema nervioso del ave se hacía con el control, agitando las alas y sacudiéndose antes de quedarse quieto por fin.
Con remordimiento, John cogió el ave silenciosa y depositó su cuerpo en la encimera de la cocina.
Si la gente tuviera que sacrificar a sus propios animales, todo el mundo sería vegetariano.
Cogió un cuchillo de cocina y una bolsa de plástico con cierre hermético y le rajó el cuello al gallo, sujetando la bolsa debajo y dejando que la sangre se vaciara en ella. Una vez llena, la cerró herméticamente y dejó que el resto de la sangre se escurriera por el fregadero de la cocina.
John se dio cuenta de que en realidad sentía más remordimiento por matar a este ave que por haberse deshecho de Anil y Manish. Pero había que hacerlo. Y ahora, a por la segunda fase.