Capítulo 46
E n el centro de Bangalore, cerca de M.G.
Road, se encuentra el suburbio predominantemente musulmán de Shivajinagar.
Enclavado en su centro, rodeado de tiendas de muebles y comerciantes de acero inoxidable, se halla el mercado de Russell, un caótico batiburrillo de vendedores de verduras, frutas y carne que luchan por hacerse oír por encima del estruendo de los cláxones del tráfico.
Construido hace más de cien años por los británicos, el mercado todavía abastecía a muchos de los restaurantes y hoteles de la ciudad.
John tardó más de una hora en recorrer los trece kilómetros que separaban su casa del mercado, pues la hora punta matutina se alargaba hasta el mediodía mientras la ciudad luchaba por seguir el ritmo de su población en rápida expansión.
Para cuando pasó por delante de la basílica de Santa María y giró a la izquierda en M.F.
Norrona Street, estaba agotado y no del mejor humor.
Multitudes de gente se desbordaban de las aceras hacia la calzada, y tuvo que conducir despacio y con cuidado.
Varias motos se dirigían hacia él por el lado contrario de la calle y dio un volantazo para esquivar una pequeña manada de vacas que ocupaba el centro de la carretera, rumiando como si estuvieran solas en un prado.
Aparcar siempre era una pesadilla, pero ese día tuvo suerte.
Uno de los aparcacoches improvisados se fijó en él y le hizo señas para que avanzara hacia un hueco que acababa de quedar libre.
John avanzó, luego metió la marcha atrás para retroceder hasta la plaza de aparcamiento vacía.
Ignoró la andanada de bocinazos y gritos de los vehículos y las motos que tenía detrás y maniobró suavemente hacia atrás, dejándoles que se buscaran la vida para rodearlo, de la forma en que solo el tráfico indio sabe hacerlo, como bancos de peces sorteando un arrecife.
Le entregó veinte rupias al aparcacoches y se agachó para remangarse los vaqueros, pues el suelo estaba inundado de verduras podridas y agua sucia.
El propio mercado se desbordaba del edificio oficial y la acera estaba parcialmente bloqueada por los verduleros que no tenían sitio dentro, con sus mercancías extendidas sobre lonas de plástico.
John tuvo que abrirse paso a la fuerza entre la multitud, buscando cualquier hueco que encontraba.
El ruido era ensordecedor mientras la gente regateaba por la fruta y la verdura, y los repartidores en bicicleta y moto tocaban los timbres y los cláxones en un esfuerzo por pasar.
La zona fascinaba a John, tan diferente de comprar en un supermercado en Inglaterra.
Había frutas y verduras que nunca había visto, y mucho menos probado, apiladas en coloridas pirámides o apretujadas en cajas de paja.
Muchos vendedores se especializaban en un solo producto; una mujer vendía únicamente limas y tenía la fruta verde y amarilla amontonada frente a ella.
Otro vendedor se dedicaba exclusivamente a las cebollas y estaba sentado pelando la piel suelta de cada una, tirándola a la calle, donde una cabra oportunista la engullía.
El chef de uno de los restaurantes favoritos de John estaba comprando pescado en un puesto de la parte delantera y John agachó la cabeza y se apartó.
No podía permitirse que lo viera nadie que conociera.
Se metió por uno de los callejones laterales, pasando por una hilera de puestos que vendían verduras de hoja —espinacas, cilantro, hojas de mostaza, eneldo— y se dirigió hacia la parte de atrás.
En la esquina trasera del mercado estaban los vendedores de pollos, con jaulas apiladas frente a sus tiendas.
Muchas de las jaulas estaban vacías a media mañana, pero unas pocas todavía estaban llenas de pollos vivos, todos blancos, hacinados en las jaulas de tal manera que apenas podían moverse.
No era una estampa agradable: el olor y el ruido de cientos de pollos angustiados eran abrumadores y le recordaron a John por qué prefería comprar un pollo congelado del supermercado.
Eligió un puesto al azar y recorrió las jaulas con la mirada.
Como no veía lo que buscaba, pasó al de al lado.
Quería un gallo. Nunca pudo entender por qué la gente compraba gallos para comer, seguro que la carne era demasiado dura, pero John lo necesitaba para otro propósito.
John negoció con el vendedor un gallo vivo, regateando solo un poco, pues no quería llamar demasiado la atención ni por pagar de más ni por regatear demasiado.
Una vez que acordaron un precio, el vendedor le preguntó si lo quería sacrificado, señalando el interior del puesto.
Un joven con un enorme machete ensangrentado en la mano le devolvió la sonrisa.
John negó con la cabeza y el vendedor le ató las patas al gallo, sujetando boca abajo al ave que graznaba y aleteaba, y luego la metió en el saco de arpillera que John había traído consigo.
Una vez dentro, se calmó y John caminó de regreso a su Scorpio aparcado, guardando el saco en el espacio para los pies del copiloto.
Era hora de la siguiente fase de su plan.