Capítulo 43
E l inspector Rajiv Sampath se agachó junto al cadáver, retiró la sábana y contempló el rostro magullado y maltrecho.
Tenía los ojos hinchados hasta convertirse en dos rendijas, la nariz torcida hacia un lado y una costra de sangre seca le cubría ambas mejillas.
Le faltaban varios dientes en la boca abierta y tenía los labios partidos por varios sitios.
Retiró la sábana todavía más y contempló el torso desnudo, con la piel jaspeada de negro, morado y amarillo.
Apenas quedaba un trozo de piel intacto en el cuerpo.
Rajiv volvió a mirar la cabeza. No necesitaría el informe del forense; la causa de la muerte era evidente: tenía el cuello roto, a todas luces.
Con un profundo suspiro, Rajiv volvió a cubrir el cadáver con la sábana.
Hacía siete meses había visto esa misma cara, ya maltrecha entonces, pero viva, y a su dueño incorporado en la cama de un hospital.
Aquello no era una coincidencia, ni mucho menos.
Rajiv le había tomado declaración a ese hombre y, por ello, ahora estaba muerto, con el cuerpo mutilado y abandonado en una zanja.
Se levantó, se arregló la guerrera del uniforme, inspiró hondo y soltó todo el aire, intentando en vano aplacar la ira que crecía en su interior.
Hizo una seña a uno de los agentes uniformados para que se llevaran el cadáver y observó cómo lo metían en la parte trasera de una ambulancia.
Su instinto le decía a Rajiv quién era el responsable, pero en el fondo sabía que no había nada que pudiera hacer al respecto.
La cuestión era cómo se habían enterado de lo de Sanjay.
Su identidad nunca se había hecho pública, constaba únicamente en los archivos policiales.
Eso significaba que uno de sus propios hombres lo había traicionado.
Rajiv negó con la cabeza, frustrado, y le dio una patada a la rueda de su Bolero.
Su conductor lo miró sorprendido.
—¿Señor? ¿Ocurre algo?
—Ocurre de todo. —Se puso en el asiento del conductor—. Suba, conduzco yo.
Rajiv giró la llave en el contacto y pisó el acelerador a fondo. El sistema estaba podrido hasta la médula. No podía confiar ni en sus propios hombres para hacer cumplir las mismas leyes que impedían que la sociedad cayera en la barbarie.