Capítulo 44
A l principio, John se tomó la noticia con calma, y eso le sorprendió.
Era como si se hubiera quedado insensible, como si hubiera perdido la capacidad de sentir emociones.
¿Era eso lo que les sucedía a los soldados en tiempos de guerra?
Quizá fuera la forma que tenía la naturaleza de protegerlos de los devastadores sentimientos de pérdida para que el cuerpo y la mente pudieran seguir funcionando.
Parecía que, en su caso, estaba funcionando.
John se sentía como si estuviera fuera de sí mismo, observando desde lejos los acontecimientos que le sucedían a la persona llamada John Hayes como si viera a un personaje en una película.
Rajiv estaba sentado enfrente, apurando un vaso de whisky, el segundo.
Apenas había hablado desde que llegó y le dio la mala noticia; era evidente que algo le preocupaba profundamente y que le rondaba por la cabeza.
John se conformó con darle espacio y tiempo para que se expresara a su manera y lo observó mientras hacía girar el líquido ambarino en el vaso, con la mirada sombría clavada en el suelo.
Permanecieron en silencio un rato hasta que Rajiv levantó la vista hacia John, con los tics de la cara y el parpadeo de los ojos delatando un feroz diálogo interno.
—Soy un buen hombre, señor Hayes. Trabajo duro, obedezco las leyes y hago todo lo que puedo para que mi pequeño rincón del mundo sea un lugar mejor y más seguro.
Un lugar donde la gente corriente pueda vivir su vida sin miedo.
Por eso me uní al cuerpo de policía. Para marcar la diferencia.
Para defender las leyes de nuestra sociedad. —Volvió a bajar la mirada y suspiró.
John asintió lentamente y bebió un sorbo de su ginebra.
—El sistema está roto, señor Hayes —dijo Rajiv sin levantar la vista del vaso—. Podrido. Vivimos en un mundo donde los poderosos se aprovechan de los débiles, y los ricos, de los pobres. La ley del más fuerte. Ha oído la expresión, ¿no?
John asintió.
—Han pasado setenta años desde que nos independizamos de la tiranía del dominio británico —sin ofender, señor Hayes—, pero poco ha cambiado.
Se supone que somos libres. Vivimos en la democracia más grande del mundo, señor Hayes.
¿Pero de qué sirve? Son los ricos y poderosos quienes siguen gobernándonos.
El hombre de a pie no tiene derechos, ni libertad.
¿De qué sirvió conseguir la independencia?
Hay tanta gente como yo, señor Hayes, que quiere marcar la diferencia, que quiere hacer de nuestro país un lugar del que podamos estar orgullosos.
Pero el sistema nos aplasta una y otra vez.
La codicia, la corrupción, el egoísmo. Es demasiado difícil. —Sacudió la cabeza, exasperado.
John no estaba seguro de qué responder. No creía que nada de lo que pudiera decir hiciera que Rajiv se sintiera mejor.
Dejó que su mente divagara hasta la última vez que había visto a Sanjay, en su humilde casa con su mujer, Pournima, y sus dos hijas pequeñas.
Pensó en la vida que ahora les esperaba a aquellas niñas sin padre, sin que entrara un sueldo en casa.
¿Qué futuro tendrían? Recordó la amabilidad que Pournima le había demostrado, la comida que le había enviado, la hospitalidad que le había ofrecido.
Por fin, empezó a sentir algo de emoción.
No tanto tristeza, lo cual le sorprendió.
¿Le convertía eso en una mala persona? ¿Había matado a dos personas y ahora era incapaz de sentir nada por los demás?
Sí sentía tristeza y pena, pero solo por Charlotte.
¿Estaba siendo egoísta? No estaba seguro.
Pero sí se sentía culpable, esa era la emoción predominante.
¿Estaría Sanjay vivo hoy si no hubiera matado a Anil y Manish?
Probablemente sí. Quizá debería haberse ido del país y haber vuelto a Inglaterra.
Las niñas aún tendrían padre, Pournima aún tendría a su marido.
Como si adivinara lo que John estaba pensando, Rajiv levantó la vista y fijó su mirada en él. —Los dos hombres que murieron, señor Hayes. Anil Goswami y Manish Nayak.
John se tensó, sin saber hacia dónde se dirigía la conversación.
—Pasara lo que les pasara a esos dos hombres, señor Hayes, merecían morir.
Estoy seguro, ahora que Sanjay ha sido asesinado, de que estuvieron directamente implicados en lo que le ocurrió a su esposa.
No hay otra explicación. Él era un buen hombre, un padre.
No estaba metido en nada malo, no tenía enemigos.
Pero prestó declaración como testigo, y luego lo mataron.
No he durado tanto como inspector de policía creyendo en las coincidencias, señor Hayes.
John lo interrumpió: —Por favor, llámame John.
Rajiv asintió antes de continuar. —¿Me equivoco al suponer que Sanjay te dio el recorte de periódico que identificaba a Sunil Patil?
John asintió y apuró su bebida antes de dejar el vaso en el suelo. Se recostó en la silla, esperando a que Rajiv continuara.
—Ya me lo imaginaba. —Rajiv hizo una pausa, pensando en la mejor manera de resolver los pensamientos contradictorios en su mente.
Se levantó y caminó por la habitación. Volviéndose hacia John, dijo—: A mi modo de ver, señor…
ah, John, convengamos en que Sanjay tenía razón.
Dos de los hombres están muertos… al parecer por causas naturales.
—Hizo una pausa, buscando una reacción en John.
Este le devolvió una mirada inexpresiva, manteniendo el contacto visual.
Rajiv se giró y volvió a cruzar la habitación, hablando mientras caminaba.
—Los dos hombres murieron y, de repente, matan a Sanjay.
Alguien se asustó, y yo apostaría por los dos amigos que quedan.
Es una tragedia lo que le ha pasado a Sanjay.
Terrible. —Hizo una pausa, negando con la cabeza, y bajó la vista al suelo—.
Pero demuestra cómo esta gente cree que puede salirse con la suya en cualquier cosa.
Si esos hombres no hubieran muerto, habrían vivido el resto de su vida haciendo lo que les diera la gana, sabiendo que pueden salirse con la suya.
¿Quién sabe a cuántas otras mujeres podría ocurrirles, cuántas otras vidas destruirán mientras viven en sus grandes casas, conduciendo sus coches de lujo?
Merecían ser castigados, y el sistema no puede hacerlo.
En cierto modo, John, me alegro de que… —miró a John de cerca— su karma se los haya cobrado.
John lo observó con atención, sin saber qué decir. En lugar de eso, cogió su vaso, se dio cuenta de que estaba vacío y volvió a dejarlo en el suelo.
Rajiv regresó a su asiento, se sentó y examinó su vaso como si estuviera avergonzado por su arrebato. Tras unos minutos de silencio, apuró su vaso y lo dejó en el suelo junto a su silla antes de volver a levantarse. Miró a John.
—Si el karma se cobrara su deuda con los otros dos, digamos que no voy a mirar muy de cerca. Buenas noches, John. —Se dio la vuelta y salió.
John se quedó sentado escuchando el ruido del vehículo de Rajiv al marcharse, inmóvil, con la vista clavada en el suelo.
Maquinalmente, cogió el vaso, vacío salvo por los restos a medio derretir de un cubito de hielo, y lo hizo girar.
Se echó en la boca el agua helada y masticó los trozos de hielo mientras volvía a dejar el vaso.
Para bien o para mal, se había embarcado en un camino e iba a terminar lo que había empezado.
Se lo debía a Charlotte, y ahora, se lo debía a Sanjay.
Su muerte no sería en vano. A pesar de la gravedad de la situación, esbozó una sonrisa.
En cierto modo, también se lo debía al inspector Rajiv Sampath.