John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 42
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Capítulo 42

J ohn observaba desde el asiento delantero de su SUV, aparcado a más de cien metros a la sombra de una gran jacarandá.

Sabía que Shivraj visitaba el templo una vez por semana, pero normalmente los jueves y, por lo general, solo.

Hoy no era jueves. Era la primera vez que John veía a Shivraj ir con sus hombres y tantas bolsas.

John esperó a que el jeep de Shivraj se hubiera alejado antes de salir del coche y caminar hacia el templo.

Se quitó los zapatos en la entrada, dejándolos en el zapatero habilitado para ello, y entró, ignorando las miradas curiosas de los demás devotos.

Hizo una pausa para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra del interior y luego tocó la campana que colgaba sobre la entrada para anunciar su llegada a la deidad, como era costumbre.

Adentrándose más, se acercó al sanctasanctórum.

En un reluciente trono dorado se sentaba una estatua de tamaño natural de una hermosa diosa, envuelta en un sari rojo y dorado con guirnaldas de caléndulas frescas alrededor del cuello.

A sus pies había cuencos con fruta y dulces, mientras que a cada lado se erigían dos lámparas de aceite de latón con las mechas encendidas, cuyas llamas parpadeaban.

Zarcillos de humo de sándalo de las varillas de incienso flotaban frente a ella y ascendían perezosamente hasta el techo.

John se quedó quieto y dejó que la atmósfera lo impregnara.

Los templos indios solían ser ruidosos y estar llenos de actividad, pero siempre que había entrado en uno, a pesar del ajetreo, sentía una paz interior.

No era un hombre religioso, en absoluto, pero sí creía en alguna forma de poder superior, comoquiera que se quisiera llamarlo, y en ese momento lo sintió.

Juntó las manos para rezar y se arrodilló ante la diosa. Cerró los ojos y oró.

—Dios mío, por favor, perdóname por cualquier mal que pueda estar cometiendo, pero, por favor, dame la fuerza y la convicción para continuar.

Te pido, por favor, que veles por Charlotte dondequiera que esté, que la bendigas y la cuides.

Y te pido, por favor, Dios mío, que me ayudes a descargar mi venganza sobre quienes le hicieron daño.

—Abrió los ojos y miró a su alrededor con timidez, consciente de que llamaba la atención por ser el único no indio del templo.

Pero, aparte de la curiosidad inicial, todo el mundo lo ignoró y siguió a lo suyo.

Dirigiendo su atención hacia los sacerdotes, los observó mientras se preparaban para una ceremonia.

Amontonaban en un rincón los sacos de arroz que los hombres de Shivraj habían traído, mientras otro sacerdote llevaba los manojos de flores hacia el ídolo, donde los desenvolvió y los colocó a los pies de la diosa.

Un sacerdote mayor permanecía a un lado, con una bolsa de deporte en la mano y una expresión de satisfacción en el rostro, observando la escena antes de darse la vuelta y entrar por una puerta lateral, llevándose la bolsa consigo.

John sonrió para sus adentros. Quizá Shivraj empezaba a sentirse inquieto.

Sunil y Shivraj estaban sentados en el jeep de Shivraj en el límite del barrio de chabolas.

Sunil fumaba un cigarrillo tras otro mientras Shivraj tamborileaba nervioso con los dedos en el volante.

Sunil escrutaba las caras de cada hombre que pasaba, comparándolas una a una con una foto que tenía en el regazo.

Llevaban allí una hora y Sunil empezaba a irritarse.

—Joder, cómo apesta esto —gruñó—. ¿Por qué no te compras un vehículo decente, algo con aire acondicionado?

Shivraj negó con la cabeza. —Me gusta mi jeep.

—Venga, hombre. Coge algo de dinero de los fondos del partido y cómprate un coche decente.

Al menos no tendría que estar aquí sudando la gota gorda, respirando esta peste de las putas chabolas.

Vagos de mierda. Míralos. No dan un palo al agua, todos esperando una ayudita del Gobierno.

¡De mi padre! —Señaló a un hombre sentado en el bordillo, con la cabeza caída sobre el pecho y los ojos cerrados, que se balanceaba de un lado a otro en un estupor etílico, con una mancha oscura en los pantalones donde se había meado encima—.

Mírale, debería estar trabajando, joder.

Está ciego perdido. —Sunil echó un vistazo a su Rolex de oro—.

Son las diez de la mañana y ya está borracho como una cuba.

Shivraj ignoró sus quejas y sus dedos continuaron con su ritmo intranquilo.

Sunil se tensó cuando un hombre delgado con pantalones de traje, una camisa de trabajo holgada, sandalias y el pelo repeinado con aceite de coco salió de la chabola a la carretera principal donde estaban aparcados.

Sunil entornó los ojos para verlo bien, comparándolo con la foto que tenía en la mano.

—Es él.

—¿Estás seguro?

—¡Claro que estoy seguro, joder, muévete!

Sunil arrojó a la carretera el cigarrillo a medio terminar mientras Shivraj arrancaba el jeep.

Se separó del bordillo y pisó a fondo el acelerador, dirigiéndose directamente hacia el hombre.

Frenó en seco delante de él, cortándole el paso, y Sunil saltó fuera, agarró al hombre por la camisa y le dio un puñetazo en el estómago.

Este se dobló por la mitad, boqueando en busca de aire, y Sunil continuó con un rodillazo en la cara que le partió el labio y le rompió varios dientes.

El hombre cayó de rodillas, con la sangre manándole de la boca, y levantó las manos, suplicándole a Sunil que lo dejara en paz, pero Sunil lo ignoró, se acercó más y le dio un puñetazo en la cara que lo tumbó en el suelo.

Una mujer gritó mientras otros se detenían a mirar, demasiado asustados para hacer otra cosa que observar.

El tráfico se acumuló a su alrededor mientras los coches reducían la velocidad para echar un vistazo antes de seguir su camino.

Sunil los ignoró, seguro de que nadie diría nada, mientras Shivraj observaba inquieto desde el asiento del conductor.

Sunil agarró la camisa del hombre y lo levantó del suelo, arrojándolo a la parte trasera del jeep, donde quedó acurrucado y gimiendo, con la cara ensangrentada y amoratada.

Sunil saltó al asiento delantero mientras Shivraj aceleraba el motor y pisaba el acelerador a fondo, haciendo patinar las ruedas en la tierra y desapareciendo por la carretera en una nube de polvo.

Los transeúntes vieron alejarse el jeep antes de reanudar, una vez más, sus quehaceres diarios.

Por supuesto, nadie recordaría haber visto nada.