John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 38
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Capítulo 38

S unil estaba sentado en la azotea, con un cigarrillo en la mano y una montaña de colillas que se desbordaba del cenicero sobre la mesa.

Se había levantado inusualmente temprano, pues había dormido mal; la botella de Black Label que se había bebido con Shivraj la noche anterior no le había ayudado a conciliar el sueño y ahora estaba cansado y tenía un dolor de cabeza atroz.

Encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior y le dio una calada larga, conteniendo el humo antes de expulsarlo en una nube por encima de su cabeza.

La nicotina le ayudó a aliviar los estragos de la resaca.

Le había dicho a Shivraj que decía tonterías, que era pura coincidencia que Manish y Anil hubieran muerto, pero, en el fondo, una duda lo carcomía.

No era supersticioso; toda esa mierda del karma y de Dios eran gilipolleces inventadas para mantener a las masas a raya.

No, él era el hijo de Surya Patil, y era dueño de su propio destino.

Era un hombre de acción: si quería algo, lo conseguía; si quería que algo sucediera de una manera determinada, se aseguraba de que así fuera.

Manish, Anil y Shivraj eran todos unos débiles.

Shivraj, que se paseaba en su jeep vestido de blanco fingiendo ser un gran líder estudiantil, solo ocupaba ese puesto porque el padre de Sunil era el líder del Partido.

Si no hubiera sido amigo de Sunil, no sería nadie.

Sunil rememoró lo que Shivraj había mencionado el día anterior: aquella noche con la puta blanca.

Aquel estúpido conductor que había chocado contra su coche se merecía todo lo que le pasó, el sucio aldeano.

Sunil había disfrutado dándole una buena paliza.

Moler a palos a alguien siempre lo excitaba, esa sensación de poder sobre otro, y cuando oyó a la zorra blanca gritar desde la parte de atrás del coche, no pudo contenerse: su hermosa piel blanca, sus pechos perfectos, más pequeños de lo que a él le gustaban, pero al menos no estaba gorda como algunas otras mujeres que había tenido.

No, ella parecía que hacía ejercicio. Sintió una punzada en la entrepierna al recordarlo.

Había sido idea suya llevársela. No había nadie por allí, nadie se enteraría.

Se follaría su ración de coño extranjero.

Los otros se habían unido encantados, llenos de excitación y sed de sangre después de reventar a palos a aquel conductor debilucho.

Pero, después de que todos hubieran tenido su turno, saciada su lujuria y pasada la adrenalina, se habían vuelto débiles y miedosos.

Él había tomado el control. Había estrangulado a la zorra, asegurándose de que nadie pudiera contar jamás la historia de aquella noche, igual que había hecho antes, ocupándose de los cabos sueltos.

Eso era lo que lo diferenciaba. Eso era lo que le había hecho sobrevivir tanto tiempo sin que lo pillaran.

Él estaba al mando, él creaba su propio karma, él decidía su propio destino, no unos putos dioses inventados.

Tiró la colilla al suelo con un gesto rápido, se puso en pie, caminó hasta el borde de la azotea y miró hacia la puerta principal.

—Manju —gritó.

El anciano vigilante se levantó de un salto de su silla de plástico y miró hacia arriba. —¿Señor?

—Venga aquí.