Capítulo 39
M anjunath llevaba veinte años trabajando para la familia Patil.
El señor Patil lo trataba bien, le había dado dinero cuando su mujer enfermó y, cuando sus vecinos del pueblo habían querido arrebatarle su pedazo de tierra de cultivo, el señor Patil había enviado a los miembros de su partido para que se encargaran de ellos.
Era bueno trabajar para un hombre tan poderoso.
La proximidad al poder tenía sus ventajas.
Ahora, mientras Manjunath entraba corriendo por la verja, pensó en el hijo.
El señor Patil se había abierto camino a base de esfuerzo y, a fuerza de trabajo duro e inteligentes tejemanejes políticos, se había convertido en uno de los líderes más poderosos del estado.
Su hijo, sin embargo, se pasaba los días bebiendo, fumando y dándole órdenes al servicio.
No era un buen hombre como su padre, y a Manjunath no le caía bien.
El hijo no había dado un palo al agua en su vida.
Manjunath se quitó las sandalias y entró descalzo en la casa para subir las escaleras hasta la terraza de la azotea.
Aquel joven arrogante no le gustaba nada, pero no podía demostrarlo.
Había visto de lo que era capaz el hijo cuando se enfadaba y no quería ser él quien recibiera.
Manjunath llegó al último piso de la casa y salió corriendo a la terraza.
Juntó las manos ante él e inclinó la cabeza, mirando al suelo con sumisión.
—¿Señor?
—¿Por qué has tardado tanto?
—¿Señor? —insistió Manjunath mientras levantaba la vista, para bajarla de nuevo con rapidez. Era evidente que el niñato malcriado no estaba de buen humor.
—Ese policía con el que siempre hablas. El que patrulla esta zona. ¿Cómo se llama?
—Agente Ravi, señor.
—Dile que venga a verme.
—Sí, señor. —Manjunath no entendía qué quería Sunil de Ravi, pero no se le pasaba por la cabeza cuestionarlo.
—¡Venga!
—Sí, señor. —Manjunath se dio la vuelta y salió corriendo de la terraza, contento de haber salido bien parado.