John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 37
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Capítulo 37

L os cálidos rayos del sol de la mañana le daban a John en la cara mientras estaba sentado en la silla del jardín, con una humeante taza de café en la mano y una cafetera de émbolo medio vacía sobre la mesa a su lado.

Dos ardillas mantenían una animada conversación en el muro del linde, moviendo la cabeza arriba y abajo, agitando la cola de un lado a otro y chillando repetidamente.

John tomó un sorbo de café y dejó que su mente repasara los acontecimientos de los últimos días.

La visita de Rajiv lo había dejado tocado, pero después de aquello no había pasado nada.

En la prensa no se había hablado de indicios de criminalidad; en su lugar, las noticias estaban llenas de las habituales rencillas entre los partidos políticos y del último romance de Bollywood.

John se había deshecho de los restos de las semillas de Cerbera esparciéndolos por el arcén de una carretera en una zona agrícola al norte de la ciudad, había quemado los guantes y había tirado la botella de agua de Manish en un contenedor de uno de los barrios del sur de Bangalore.

Sin duda, a estas alturas ya la habría encontrado algún trapero y la estaría reutilizando.

En aquella ciudad de ocho millones de habitantes, nunca la relacionarían con él ni con la muerte de Manish.

Se rellenó la taza con el café de la cafetera de émbolo y se recostó en la silla.

Lo normal sería que se sintiera culpable, pero no sentía nada parecido.

Al contrario, se sentía extrañamente en paz, una calma que no había sentido en meses.

Seguía pensando en Charlotte cada día, la echaba de menos con cada partícula de su ser, pero, de alguna manera, lo que estaba haciendo le proporcionaba algo de paz mental, una especie de cierre.

Charlotte había sido una mujer pacífica, pero si algo no soportaba era la injusticia, y a menudo daba la cara para defenderse a sí misma y a los demás cuando sentía que se cometía una.

John sabía que ella habría aprobado sus actos.

Esos tipos debían ser castigados. El sistema estaba corrupto y no iba a hacerlo.

Si él no los detenía, ¿quién aseguraba que no volverían a hacerlo?

¿Y quién sabía cuántas veces lo habían hecho antes?

No, estaba en el camino correcto; llevaba la mitad y no pararía hasta que todos ardieran en el infierno.

Se había deshecho de los objetivos fáciles.

Era de esperar que Swami y Sunil fueran más difíciles.

También tenía que asegurarse de que nada lo relacionara con él.

Con cada muerte, las sospechas aumentarían, tal y como había demostrado la visita del inspector Rajiv a su casa.

A partir de ahora tendría que tener mucho más cuidado.