Capítulo 34
E l inspector Rajiv Sampath dejó el bolígrafo y se frotó los ojos.
Había sido una noche larga. A las dos de la madrugada, lo habían llamado a casa para que inspeccionara el escenario de un suicidio.
Habían encontrado a una joven recién casada colgada de un ventilador de techo.
Rajiv sospechaba que había más de lo que parecía a simple vista, que su muerte podría haber sido provocada por exigencias de dote desproporcionadas, y sabía que sería necesaria una investigación más exhaustiva.
Nunca entendería por qué la gente no podía simplemente llevarse bien y vivir en paz.
Para cuando terminó de inspeccionar el lugar y regresó a la comisaría a redactar el informe, ya no merecía la pena volver a casa.
Miró su reloj: pasaban las siete de la mañana.
Era hora de llamar a su sufrida esposa y decirle que no volvería a casa hasta la noche.
Intentaría terminar pronto si el volumen de trabajo se lo permitía; necesitaba dormir desesperadamente.
Había tenido demasiadas noches interrumpidas esa semana y le estaba empezando a pasar factura.
Rajiv bostezó mientras marcaba el número.
—Que alguien me traiga café —dijo en voz alta.
Una taza humeante de café de filtro del sur de la India llegó con los periódicos de la mañana.
Rajiv echó dos cucharadas colmadas de azúcar al café; eso podía hacerlo allí, en la comisaría.
Su mujer nunca se lo permitía en casa, siempre pendiente de su salud.
Se recostó, tomó un sorbo y el líquido caliente y dulce lo reanimó al instante.
Se lamió los labios, dejó la taza y se volvió hacia los periódicos.
Los titulares estaban llenos de las tonterías de siempre: disputas políticas salpicadas de cotilleos sobre cine y críquet.
Pasó las páginas sin molestarse en leer en profundidad, prefiriendo hacerse una idea general de lo que ocurría en el país increíblemente complicado en el que vivía.
En las noticias locales ya había una crónica sobre el suicidio de la chica de la noche anterior.
Negó con la cabeza. Era increíble lo rápido que se propagaban las noticias.
Repasó el artículo con la mirada; el periodista ya estaba dándole bombo a los detalles, insinuando acoso por parte de la familia política.
Probablemente el periodista tuviera razón, pero al menos debería darle tiempo a Rajiv para investigar.
Rajiv estaba a punto de pasar la página cuando otro artículo le llamó la atención.
«Manish Nayak, único hijo del magnate Sriram Nayak, murió de un infarto el miércoles tras volver del gimnasio».
Manish Nayak. Manish Nayak. El nombre le sonaba.
Rajiv cerró los ojos, despejó la mente y dejó que su subconsciente hiciera el trabajo.
Ah, sí, se acordaba del tipo. Un niño rico con sobrepeso que se pasaba el día de bar en bar.
Él y sus amigos siempre estaban metidos en líos, pero nunca se les podía imputar nada, tal era la influencia de sus padres.
Rajiv sentía poca compasión por aquellos hijos malcriados de hombres poderosos.
Rajiv había salido adelante con mucho esfuerzo.
Sus padres habían ahorrado con dureza para que él entrara en la academia de policía; su madre vendió todas las joyas de su boda y ambos progenitores sacrificaron su estilo de vida durante años para asegurar su educación.
Aquellos niños ricos nunca habían tenido que esforzarse por nada en su vida, se lo habían dado todo en bandeja de plata.
Rajiv dobló los periódicos, los apartó a un lado y cogió el siguiente expediente de la pila de archivos amontonados sobre el escritorio.
Desde luego, no se había esperado tanto papeleo cuando se unió a la policía.
Suspiró y abrió el expediente. Sin embargo, en lo más profundo de su mente, algo le rondaba por la memoria.
Algo sobre la muerte de Manish Nayak, pero no lograba establecer la conexión.
Sabía que se acabaría acordando, siempre pasaba, y empezó a leer el expediente.