John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 35
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Capítulo 35

H abían pasado tres días desde que John había ido al gimnasio.

Tres días en los que se había quedado en casa, sin querer acercarse a la de Sunil.

Se sentía extrañamente en paz, pero no entendía por qué.

Su consciencia le decía que era el responsable de la muerte de dos personas, que debería sentirse culpable.

Pero no era así. Cuando pensaba en lo que había hecho, lo único que veía era el rostro sonriente de Charlotte, como si, desde algún lugar más allá de la tumba, supiera lo que estaba haciendo por ella y lo aprobara.

Pasó esos días empaquetando las cosas de la casa y, finalmente, se permitió terminar de vaciar el estudio.

Dejó a un lado las pinturas y los pinceles que no estaban rotos para donarlos a un orfanato o a un colegio, junto con los lienzos de sobra y el caballete.

Los cuadros los enviaría de vuelta a Winchester, a los padres de Charlotte.

Excepto el último cuadro de Charlotte, el paisaje casi terminado de los Ghats occidentales.

Ese era suyo, no se lo daría a nadie. Lo bajó y apoyó el lienzo contra la pared del salón, donde podía mirarlo desde su butaca.

La mañana del cuarto día, John oyó que llamaban a la puerta y, al asomarse a la ventana, vio un Bolero de la policía aparcado delante.

El corazón le dio un vuelco y se apartó rápidamente de la ventana.

¿Qué debía hacer? Podía fingir que no estaba en casa, pero su coche estaba aparcado en la cochera.

Mierda. Volvieron a llamar. Respiró hondo.

No, tenía que enfrentarse a ellos. De todos modos, que él supiera, no había nada que lo relacionara con las dos muertes.

Debía actuar y comportarse con normalidad, como si no hubiera pasado nada.

Inspiró de nuevo profundamente y espiró con lentitud, intentando expulsar la tensión.

No funcionó. Caminó hasta la puerta y la abrió justo cuando llamaban por tercera vez.

—Señor Hayes.

—Inspector. —John miró a su alrededor. Aparte del inspector Rajiv, no había nadie más, ni siquiera su chófer.

—¿Puedo pasar?

—Disculpe, sí, por supuesto. —John se hizo a un lado y dejó que Rajiv entrara. Pasó al salón y esperó, expectante.

—Por favor, siéntese. —John señaló la butaca—. ¿Qué le trae por aquí?

—Estaba de paso y he pensado en venir a verle. ¿Cómo se encuentra? ¿Ha terminado de empaquetar?

—Casi —sonrió John, sin saber muy bien adónde se dirigía la conversación. ¿De verdad era solo una visita de cortesía? —. Me ha llevado más tiempo de lo que pensaba y he tenido que arreglar algunas cosas del trabajo.

Rajiv asintió con comprensión. —Sí, pensé que para estas fechas ya se habría marchado.

—Bueno, ya sabe cómo son las cosas aquí. No siempre salen según lo previsto.

—Cierto —asintió Rajiv—. Es un cuadro precioso.

—El último que pintó Charlotte.

—Oh, ah, es muy bonito.

Se quedaron sentados en un silencio incómodo durante un rato, ambos mirando el cuadro; Rajiv, sin saber qué decir a continuación, y John, perdido en sus recuerdos. Finalmente, John rompió el silencio.

—¿Le apetece un té o un café?

—No, no, será mejor que me vaya. Gracias.

—Rajiv se levantó y se dirigió hacia la puerta.

John se puso también en pie y, al hacerlo, Rajiv se giró como si acabara de recordar algo—.

¿Recuerda el recorte de periódico que me enseñó hace un par de semanas, el del hombre que usted creía que estaba implicado en el…

ah, desgraciado incidente de la señora Hayes?

El corazón de John se aceleró. —¿Sí, lo recuerdo, por qué?

—¿Lo tiene a mano?

La mente de John se disparó. «¿Qué quiere decir? ¿Qué quiere?». Tragó saliva, nervioso. —No estoy seguro. Creo que lo tiré cuando no me creyó. ¿Por qué lo pregunta?

—No pasa nada —asintió Rajiv y miró a John con aire pensativo—. Es que ha ocurrido algo insólito. —Abrió la puerta principal mientras John esperaba expectante. Se volvió para mirar a John de nuevo.

—Dos de los amigos del hombre cuya foto me enseñó han muerto en las últimas dos semanas. —Hizo una pausa y estudió el rostro de John.

John se obligó a devolverle la mirada a Rajiv sin pestañear. —¿De verdad? Me alegro, si estaban implicados. No merecen vivir después de lo que hicieron.

—Bueno, si fueron ellos, quizá tenga razón, señor Hayes. Simplemente, parece una extraña coincidencia. Y en mi trabajo no hay muchas coincidencias.

—¿Cómo murieron?

—A uno lo atropelló un coche mientras dormía en la carretera. Por lo visto, estaba borracho.

John asintió, con cuidado de que su expresión no delatara nada. —Ya se sabe que si bebes, no conduzcas.

—Ja. Sí, señor Hayes. Muy gracioso.

—¿Y el otro?

—Sufrió un infarto en casa después de volver del gimnasio.

—Parece una desafortunada serie de sucesos. ¿Quizá sea el karma? Usted cree en el karma, ¿verdad, inspector?

Rajiv entrecerró los ojos y luego asintió. Se giró para marcharse, salió y bajó los dos escalones de la entrada, y entonces se dio la vuelta.

—Creo en el karma, señor Hayes, pero también creo en el imperio de la ley. Es lo único que nos diferencia de los salvajes.

John salió, sintiéndose más seguro ahora que Rajiv se iba. —Su imperio de la ley no impidió que esos salvajes mutilaran a mi mujer.

Rajiv se subió a su Bolero y bajó la vista hacia la columna de dirección, con una expresión triste en el rostro.

—No, señor Hayes, y de verdad que lo siento mucho.

—Arrancó el motor y levantó la mirada—. Es usted un buen hombre, señor Hayes.

Me cae bien. No vaya a hacer nada de lo que pueda arrepentirse.