John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 32
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Capítulo 32

M anish Nayak, el joven obeso que John conocía como «el Gordo», estaba sentado en la máquina de contractora de pectoral.

El extranjero lo había irritado. «Estos blancos vienen al país y se creen los dueños», pensó.

Igual que los británicos antes. Nada había cambiado.

Miró hacia la hilera de televisores que había sobre las cintas de correr, donde ponían un vídeo musical en el que una cantante blanca, ligera de ropa, ponía morritos a la cámara de forma sugerente.

Aunque sus mujeres no estaban nada mal. Más fáciles que estas estiradas indias.

Observó a las dos chicas que habían terminado en las cintas de correr y se secaban el sudor de la cara con toallas de mano rosas a juego.

Le lanzaron una mirada despectiva, se dijeron algo y se echaron a reír a carcajadas.

—Zorras —pensó para sí.

Apartó la vista, cogió la botella y le dio un buen trago.

Arrugó la cara ante el sabor ligeramente amargo del batido de proteínas.

La agitó de nuevo y dio otro sorbo. No solía estar tan amargo.

Tendría que hablar con Sujata, la criada.

Era evidente que no lo mezclaba bien. Aldeana inútil.

Hoy en día era muy difícil conseguir que los sirvientes hicieran bien su trabajo.

Vienen de su pueblo y no saben hacer nada.

Nadie quiere trabajar. Negó con la cabeza, bebió otro sorbo de la botella y luego se secó la frente con la toalla. Aunque tenía buen cuerpo.

Se le formó en la cabeza una imagen de ella agachada para fregar el suelo, con el sari resbalando para dejarle ver el talle y la blusa que llevaba debajo.

Sintió un cosquilleo en la entrepierna. Quizá un día la pillaría a solas y le daría una lección.

Le enseñaría cómo se hacían las cosas en la ciudad.

Hacía tiempo que no estaba con una mujer.

La última vez había sido la noche con la tía blanca.

Había sido idea de Sunil y Shivraj, él solo se había dejado llevar, y Anil siempre iba tan borracho y colocado que la mitad de las veces no sabía lo que hacía.

Eso sí, todos iban bastante perjudicados.

Una tarde entera bebiendo y unas cuantas rayas de coca en los baños.

La mujer había fingido resistirse, pero para cuando Sunil y Shivraj terminaron con ella, se mostró dócil y no opuso resistencia cuando le llegó el turno.

Fue una pena que tuvieran que matarla, le habría gustado repetir, pero como había razonado Sunil, los muertos no hablan.

Manish bebió otro trago de la botella. Quizá se tiraría a Sujata.

Ella no diría nada. Si lo hacía, la mandaría de vuelta a su pueblo.

Como ella, había muchas más. Manish se levantó.

Tenía hambre, todavía arrastraba una ligera resaca de la noche anterior y, ahora, se sentía cachondo.

No deseaba nada más que algo de comida sólida, pero tenía que perder mucho más peso.

Sunil y Shivraj no paraban de darle la lata con su peso y, después de lo que le pasó a Anil, se dio cuenta de que debía cuidarse más.

Se terminó el contenido de la botella, ya acostumbrado al sabor, y se dirigió al vestuario, con todos sus pensamientos de terminar el entrenamiento sustituidos por la excitación que sus recuerdos habían despertado.

Se iría a casa a ver qué hacía la sirvienta.

El Land Cruiser ya esperaba fuera, con dos ruedas sobre la acera, pero aun así obstaculizando lo suficiente como para que el tráfico tuviera que reducir la velocidad y serpentear para esquivarlo, mientras su conductor ignoraba los bocinazos y los gritos de los demás conductores.

Manish abrió la puerta trasera, arrojó la bolsa en el asiento de atrás y se metió dentro.

—A casa —le gruñó al conductor y se repantigó en el asiento.

El estómago le gorgoteó de forma inquietante.

La cerveza de barril que habían bebido la noche anterior debía de estar un poco pasada.

Esta noche les propondría a Sunil y Shivraj ir a otro sitio a tomar algo.

El Land Cruiser aminoró la marcha en la cancela y el vigilante se levantó de un salto de su silla de plástico para abrirla y que pudiera entrar.

Manish se bajó, sintiéndose de repente un poco peor.

Notaba una opresión en el pecho y de verdad empezaba a sentir náuseas.

Al entrar, vio a Sujata en cuclillas, fregando el suelo con un trapo grande, pero había cambiado de opinión.

Podía esperar a que se sintiera un poco mejor.