Capítulo 31
J ohn esperaba en el coche frente al gimnasio, ataviado con la ropa de deporte que había comprado, unos guantes de entrenamiento en las manos y, a su lado en el asiento, una toalla de mano y la botella de plástico azul para bebidas.
Era mediodía de un viernes, uno de los tres días que Fatty solía ir al gimnasio.
John había llamado al gimnasio el día anterior y les había dicho que estaba pensando en apuntarse.
La chica de la recepción, muy entusiasta, le había dicho por teléfono que podía pasarse cuando quisiera a una clase de prueba.
Pasaron otros quince minutos antes de que el Land Cruiser blanco apareciera y aparcara en doble fila en la entrada, provocando un concierto de bocinazos de los coches que habían quedado atascados detrás.
Fatty se bajó del asiento trasero, se colgó la bolsa al hombro, con la botella azul para la bebida en la mano derecha, y cerró la puerta de un empujón.
Su chófer arrancó y Fatty subió con paso pesado los escalones hacia el gimnasio.
John esperó cinco minutos y lo siguió. Abrió las puertas dobles de cristal, entró en la recepción y echó un vistazo a su alrededor.
A un lado había una zona de espera con un sofá de vinilo negro y un helecho en una maceta.
Sobre una mesita auxiliar había varios ejemplares de revistas de culturismo.
De unas puertas a la derecha, que daban a la zona de entrenamiento, salía música a todo volumen, y al fondo de la sala, frente a la puerta, estaba el mostrador de recepción, detrás del cual estaba sentada una chica de veintipocos años.
Se levantó y lo saludó con una gran sonrisa.
—Hola.
—Hola, ¿es usted Annamika?
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?
—Me llamo Paul. Llamé ayer para venir a probar el gimnasio.
—Sí, señor Paul. Permítame que le enseñe las instalaciones.
Annamika salió de detrás del mostrador, sin dejar de sonreír.
Era una chica guapa, vestida con un chándal y con el pelo recogido en una coleta alta.
John la siguió a través de las puertas que daban a la sala de máquinas y la recorrió con la mirada para ver cuánta gente había y adónde había ido Fatty.
Una fila de cintas de correr estaba orientada hacia los ventanales que daban a la calle y, de las cinco máquinas, tres estaban ocupadas.
Fatty ya avanzaba con dificultad en la más alejada de la entrada.
La que estaba a su lado se encontraba vacía, mientras que las dos siguientes las ocupaban un par de adolescentes, ataviadas con ropa de entrenamiento de colores vivos y completamente maquilladas, como si estuvieran en una fiesta.
Charlaban entre ellas mientras caminaban, sin apenas sudar.
Junto a las cintas de correr, una selección de máquinas de musculación llenaba el centro de la sala, y detrás de ellas, a lo largo de la pared del fondo cubierta de espejos, había un soporte con pesas libres.
El gimnasio estaba vacío, a excepción de un joven delgaducho que examinaba el tamaño de sus bíceps en el espejo y un entrenador sentado en la esquina en un banco de pesas sin usar, cotilleando el móvil.
—¿Ha estado antes en un gimnasio, señor Paul? Si no, puedo pedirle a Rahul que le explique cómo funcionan las máquinas — dijo ella, señalando con un gesto al tipo del móvil, que levantó la vista al oír su nombre. Al no ver nada de interés, volvió a su teléfono.
John le sonrió y negó con la cabeza.
—No, gracias, estoy bastante familiarizado con todas estas máquinas. Ya las he utilizado antes.
—Genial —contestó ella, y señaló con la mano otro par de puertas—. Los vestuarios están ahí. Puede dejar su bolsa en una de las taquillas. Cuando termine, venga a verme para hablar de la inscripción.
John le devolvió la sonrisa y asintió. Volvió a mirar la sala, sus ojos escrutando las cintas de correr, con cuidado de no cruzarse con la mirada de Fatty.
Fatty seguía mirando por la ventana mientras se esforzaba en la cinta, con su botella de agua en el portavasos de la parte delantera de la máquina.
John entró en el vestuario de hombres y sacó el móvil, la toalla y la botella de agua antes de meter la bolsa en la taquilla, sin molestarse en cerrarla con llave, ya que pensaba marcharse rápido.
Con la toalla, limpió la botella de agua una vez más.
Llevaba puestos los guantes de entrenamiento, pero quería asegurarse por partida doble de que no quedaban huellas. Respiró hondo y salió al gimnasio.
Eligió la cinta de correr más alejada de Fatty, colgó la toalla sobre el pasamanos, colocó la botella de agua y el móvil en el portavasos y puso en marcha la máquina.
Por sus observaciones previas, sabía que Fatty pasaba unos treinta minutos caminando en la cinta antes de pasar a las máquinas de pesas.
John calculó que habían pasado quince minutos desde que había empezado, así que en otros quince haría su movimiento.
Los nervios le revolvían el estómago y aumentó la velocidad de la cinta, corriendo más rápido en un esfuerzo por mantener la calma, mientras las dos chicas a su lado seguían paseando como si estuvieran en un centro comercial.
Quince minutos después, Fatty apagó la cinta y se bajó de la máquina.
John lo observó en el reflejo mientras cogía su botella, la agitaba y bebía un buen trago antes de secarse el sudor de la cara con una toalla.
Llevaba la camiseta empapada, y los michelines se le marcaban a través de la tela, ahora transparente, pegada a su cuerpo.
Su pecho subía y bajaba con el esfuerzo.
Parecía un infarto a punto de ocurrir. A John eso le venía de perlas.
Fatty se dirigió a la máquina de prensa de pecho sentado, dejó su botella a un lado y colocó la clavija en la segunda placa antes de empezar sus repeticiones.
Con solo diez kilos en la pila, John pensó que era poco probable que Fatty fuera a perder peso alguna vez.
De todos modos, la pérdida de peso pronto sería la menor de las preocupaciones de Fatty.
John siguió corriendo un par de minutos más, luego redujo la velocidad de la cinta hasta ponerla a ritmo de caminata, mientras observaba a Fatty hacer otra serie apática en la prensa de pecho sentado.
John contó las repeticiones mentalmente.
Había visto a Fatty hacer diez repeticiones en la última serie y, cuando Fatty llegó a la octava, John paró la cinta y se bajó.
Activó una cuenta atrás de cinco minutos en el móvil, cogió la toalla y la botella y se dirigió hacia las máquinas de pesas justo cuando Fatty se levantaba.
John se le acercó como si fuera a usar la máquina de al lado y, al pasar, le dio un empujón con el hombro a Fatty, tirándole la botella de la mano.
—Oye, tío, ¿qué te pasa? —se quejó. Hablaba inglés con un ligero acento americano. John lo llamaba el acento de la MTV; muchos de los empleados jóvenes de su oficina hablaban igual, alimentados a base de una dieta de televisión y películas americanas.
—Lo siento mucho —respondió John. Interponiéndose entre Fatty y la botella que había en el suelo, se agachó para recogerla con la mano derecha. Se volvió y sonrió—. No te había visto. Toma. —John le entregó a Fatty la botella con la mano izquierda.
Fatty lo fulminó con la mirada y le arrebató la botella antes de dirigirse a otra máquina.
John soltó el aire, liberando la tensión.
Ya había hecho la mitad del trabajo. Se acercó a la máquina de press de banca, colocó un peso adecuado, se tumbó bocarriba y empezó a hacer el ejercicio.
Tras diez repeticiones, se incorporó, mirando por la sala con aire despreocupado, esperando, hasta que sus ojos encontraron a Fatty intentando hacer un ejercicio de pecho en otra máquina.
La alarma del móvil de John sonó, y él la silenció de inmediato y se lo llevó a la oreja.
—¿Sí? De acuerdo. ¿Ahora? De acuerdo, estaré allí en quince minutos.
—John se puso en pie y, con una mirada hacia Fatty, que lo miraba con el ceño fruncido, se dirigió al vestuario, de donde recuperó su bolsa de la taquilla.
Annamika alzó la vista, sorprendida, cuando lo vio salir a la recepción.
—Señor Paul, ¿ya se va?
—Lo siento, ha surgido algo —dijo John, señalando el móvil que tenía en la mano—. La llamaré más tarde para hablar de la inscripción.
—De acuerdo, señor Paul. Podemos hacerle una buena oferta —sonrió ella.
John le devolvió la sonrisa y salió a la calle.
Miró a izquierda y derecha antes de cruzar corriendo por un hueco en el tráfico hasta su coche, aparcado en el lado opuesto de la calzada.
Tiró la bolsa en el asiento del copiloto, arrancó el motor y se incorporó al tráfico.
Quería estar lejos antes de que Fatty bebiera demasiado.