John Hayes: Libros 1–3 Capítulo 27
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Capítulo 27

D e vuelta en casa, se preparó una cafetera de café recién hecho y abrió el portátil sobre la encimera de la cocina.

Lo primero que le vino a la mente fue el veneno para ratas.

Se podía conseguir fácilmente en cualquier supermercado o droguería.

¿Podría añadirlo a la comida? ¿Tenía sabor?

¿Qué dosis debía administrarle y cuánto tardaría en hacer efecto?

John abrió el navegador y tecleó: «¿Una persona puede morir por comer veneno para ratas?

». A juzgar por los resultados de la búsqueda, no era el primero en hacerse esa pregunta.

¿Cuánta gente habría por ahí intentando matar a otros con veneno para ratas?

¿Quizás debería fundar un club? Podrían intercambiar impresiones.

John tomó nota mental de destruir el disco duro cuando todo aquello terminara.

Pasó un par de horas y se bebió dos cafeteras mientras se sumergía en las profundidades de internet, investigando sobre el veneno para ratas y otras alternativas. Pero volvía una y otra vez a lo mismo. ¿Cómo iba a administrárselo sin que lo pillaran?

Usara lo que usara, tenía que ser inodoro, insípido y fácil de administrar.

¿Quizá con una jeringuilla? Podría pasar junto a su mesa en un restaurante y echárselo en la comida.

No. Demasiado arriesgado. Alguien lo vería.

¿Quizá podría pincharlo cuando fuera al baño?

Pero entonces tendría que ser de acción rápida, porque él sabría quién lo había hecho y se lo diría a alguien.

No, tenía que haber una forma más fácil. John necesitaba pensar.

Cerró el portátil y se echó hacia atrás, frotándose la cara con las manos. Lo estaba analizando todo demasiado al detalle. Necesitaba tomar distancia, despejarse y dejar que la idea surgiera por sí sola. Se levantó, fue hasta la puerta trasera, la abrió y salió al jardín.

El calor del día era asfixiante en la mayoría de los sitios, pero allí, en el jardín, con la sombra que daban los árboles del perímetro, se estaba bastante a gusto.

John caminó hasta el centro del césped, que a duras penas sobrevivía al calor del verano.

Llevaba días sin regarlo, con la mente ocupada en cosas más importantes.

Respiró hondo y cerró los ojos para despejar la mente.

En los árboles, sobre él, un par de minás reñían y, más a lo lejos, el chillido estridente de un koel rompía el silencio.

Abrió los ojos y caminó de un extremo al otro del jardín, recorriendo el follaje con la mirada, pero sin ver nada en realidad.

Muy por encima, en el cielo, unas aves rapaces planeaban en la bóveda azul y, a lo lejos, el sonido de la autovía, bocinazos y motores de camiones, llegaba suavemente con la brisa.

La idea del veneno para ratas le preocupaba.

No tenía en casa, tendría que comprarlo, y eso significaba que siempre podrían identificarlo.

El número de extranjeros que entraban en una tienda local para comprar veneno para ratas sería muy reducido, lo que significaba que cualquier tendero se acordaría de él.

Lo mismo ocurriría con cualquier otro tipo de veneno fácil de conseguir.

Durante el tiempo que pasó en la India, había leído a menudo en las noticias que la gente se suicidaba bebiendo pesticidas o limpiasuelos, pero seguían siendo cosas que había que comprar.

Era todo demasiado arriesgado. Por muy empeñado que estuviera en vengarse, no quería que lo pillaran.

Pasar el resto de su vida en una cárcel india no entraba en sus planes.

El arrullo de una paloma interrumpió sus pensamientos.

Alzó la vista hacia donde estaba posada en una rama, mirándolo.

Un par de bulbules revoloteaban de rama en rama y, por el rabillo del ojo, vio el movimiento de una ardilla que saltaba de un árbol a otro.

La observó mientras trepaba por una rama larga y se detenía en la horquilla.

Tenía algo en la zarpa y se paró a mordisquearlo. A John se le ocurrió una idea.

Volvió corriendo a la casa, abrió el portátil de nuevo y tecleó: «Plantas venenosas de la India».

Los resultados de la búsqueda le presentaron varias opciones.

Estaba la Datura, con semillas y flores venenosas.

Se usaba a menudo en suicidios, pero el nivel de toxicidad variaba enormemente de una planta a otra.

La planta del ricino, que crecía silvestre por todas partes y cuyas semillas contenían la toxina mortal, la ricina.

Estaba la adelfa amarilla, de la que la mayoría de sus partes eran venenosas.

Y entonces un nombre le llamó la atención: «El árbol del suicidio».

Picado por la curiosidad, siguió leyendo.

La Cerbera odollam , o como se la conoce localmente, el «árbol Pong-pong», crece de forma silvestre en las costas del sur de la India.

Según la entrada de Wikipedia, se le apodaba el «árbol del suicidio» porque se había descubierto que era responsable de un gran número de envenenamientos, tanto suicidas como homicidas.

Las semillas contienen un glucósido altamente tóxico llamado cerberina ; una sola semilla bastaba para provocar la muerte de un adulto.

En dosis pequeñas, la toxina inducía dolor de estómago, vómitos y diarrea.

En dosis suficientemente grandes, paraba el corazón de una persona.

Hacía efecto a las pocas horas de su ingestión, leyó John.

Un científico afirmaba que las semillas, una vez pulverizadas y añadidas a comida picante o mezcladas con azúcar, eran indetectables.

Si los médicos no sabían lo que el paciente había ingerido, la intoxicación por Cerbera era extremadamente difícil de detectar y tratar.

El mismo artículo mencionaba que la sustancia también era difícil de detectar en las autopsias, lo que la convertía en el veneno perfecto para un asesinato.

Tras imprimir una foto del árbol y su fruto, John borró el historial de búsqueda y se recostó en la silla.

Había encontrado el medio, ahora tenía que dar con el método.

Pero primero, tenía que hacer una escapada a la costa.