Capítulo 26
J ohn no volvió a casa de Sunil durante unos días, pues consideró prudente mantener un perfil bajo antes de regresar.
Apenas habían salido noticias sobre Bones.
Nada en la tele, solo una breve reseña en el periódico local.
«Anil Goswami, único hijo del destacado empresario Deepak Goswami, falleció ayer...
». Muy escueta y sin detalles sobre cómo había sucedido.
John supuso que el «destacado empresario» no querría que las historias sobre el estilo de vida de parrandas y borracheras de su bala perdida de hijo aparecieran por todos los periódicos.
A John le convenía. Estaba seguro de que la policía no seguiría con la investigación.
Tenían muy poco personal y estaban demasiado desmotivados para averiguar qué coche, en una ciudad de ocho millones de habitantes, había atropellado a un borracho que dormía en la carretera por la noche.
Ahora, tenía que centrarse en los otros tres.
El tiempo que había pasado observándolos le había permitido establecer patrones: sabía dónde vivían y a qué dedicaban el tiempo.
Aún no sabía cómo usar esa información a su favor, así que se pasaba el tiempo pensando, repasando situaciones hipotéticas en su cabeza, buscando formas de matarlos y salirse con la suya.
Recordaba películas, libros que había leído, cualquier cosa que pudiera darle una idea.
En realidad, nada le sirvió de mucho. Después de tres días, seguía sin estar más cerca de una solución.
Así que John decidió volver a vigilarlos. Quizá, solo quizá, el universo le presentara una oportunidad, igual que había hecho con aquel cabronazo de Anil y su culo flaco.
Así, al cuarto día del nuevo John —John el justiciero, John el ángel vengador—, se encontró de nuevo sentado en el asiento trasero de su todoterreno, aparcado a la sombra del centenario gulmohar, con unas botellas de agua en el asiento de al lado y un paquete de sándwiches en el regazo. Observando, esperando.
John había cambiado, pero la calle seguía igual.
Grandes y lujosas casas a cada lado, la calzada flanqueada por viejos árboles de sombra: flamboyanes, jacarandas y gulmohares.
La jauría de perros callejeros del extremo de la calle donde estaba John merodeaba por allí, estirándose y bostezando, y de vez en cuando lanzaba una mirada recelosa a la jauría que ocupaba el otro extremo.
Un koel cantaba desde el árbol que tenía encima, y su sonido, parecido al del cuco, se elevaba por encima del graznido de los cuervos y el arrullo de las palomas de fondo.
Era una escena idílica que no dejaba entrever las intenciones de John.
De vez en cuando, se abría una verja y un jardinero o un vigilante vaciaba en la cuneta un cubo lleno de restos del jardín, escupiendo a menudo tras él un largo chorro de saliva roja de tabaco.
Los sirvientes iban y venían: las criadas con sus saris de colores; los jardineros, con pantalones de vestir y chaleco.
Fuera de la casa de Sunil, el vigilante, ya mayor, estaba sentado en su silla de plástico con una pierna encogida y una sandalia en el suelo.
De vez en cuando, saludaba a gritos al vigilante de otra casa o soltaba un comentario lascivo al paso apresurado de alguna criada, lo que a menudo le valía una sarta de improperios como respuesta.
A media mañana, la actividad en la casa aumentó, como solía ocurrir cada vez que Surya Patil estaba en la ciudad, con un ir y venir de gente que entraba y salía por la verja, agarrando papeles y archivos, todos compitiendo por un poco de su atención mientras él ejercía su poder político y se cobraba su trozo de carne a cambio de conceder favores.
Mientras John estaba sentado observando el ritmo de la calle, pensaba en los tres hombres.
Quería dejar a Sunil Rao para el final. Era el líder del grupo; todos lo admiraban y no hacían nada sin su aprobación.
John quería que se preguntara qué estaba pasando, que tuviera miedo, que se preocupara por cuándo vendría la Parca a por él.
Y quería que sufriera; para él no habría un accidente de coche fortuito.
Swami sería difícil. Siempre parecía estar rodeado de miembros del partido; John rara vez lo veía solo. Requeriría una planificación y una reflexión cuidadosas. No, Fatty sería el siguiente.
Fatty... John todavía no sabía su verdadero nombre, pero «Fatty» le iba que ni pintado.
Eran unos ciento quince kilos de grasa, estaba en baja forma, fofo, sin duda malcriado desde pequeño por unos padres consentidores.
John sabía dónde vivía, a solo cuatro calles, en el mismo barrio, pero pasaba la mayor parte del tiempo en casa de Sunil o de fiesta con él.
La única vez que estaba solo era en su visita tres veces por semana a la sede local del Gold’s Gym.
John lo había observado desde fuera mientras parecía pasarse todo el tiempo andando en una de las cintas de correr situadas frente a los grandes ventanales que daban a la calle.
La cantidad de energía que gastaba, avanzando con paso pesado, sudando como un cerdo con su chándal de marca, nunca sería suficiente para contrarrestar sus hábitos alimenticios.
Era un glotón, se atiborraba constantemente de patatas fritas, de aperitivos muy fritos de los vendedores ambulantes y, cuando salía con Sunil, de ingentes cantidades de cerveza.
Una idea empezó a tomar forma. Quizá así es como John lo atraparía. Podría envenenarlo. Hacer que se ahogara con su comida favorita y muriera con la cara en el plato. Sería un final apropiado para ese gordo cabrón.
Sonaba bastante sencillo, pero a John se le presentaba otro problema.
¿Envenenarlo con qué y cómo administrárselo sin que lo pillaran?
Necesitaba investigar. John volvió a subir al asiento delantero del Scorpio y arrancó el motor.
No tenía sentido perder el tiempo vigilando la casa; tenía trabajo que hacer.