Capítulo 23
J ohn estaba obsesionado. Llevaba una semana observándolos, aparcando cada día en la calle, delante de la casa de Surya Patil, y esperando; anotaba a qué hora llegaban los hombres, a qué hora se iban y, cuando lo hacían, los seguía.
Sabía dónde vivía cada uno de ellos, cuáles eran sus bares y cafeterías favoritos y qué coches conducían.
Tomaba nota mental de todo, pero todavía no sabía qué haría con la información.
John no tenía ningún plan. Solo quería saber todo lo posible sobre los asesinos de Charlotte y asegurarse de que, de alguna manera, recibieran su castigo.
Había cancelado su vuelo de vuelta a Inglaterra indefinidamente y había dejado su vida en suspenso mientras observaba y esperaba.
El odio que sentía por ellos lo consumía: sus caras de suficiencia, su arrogancia chulesca, su despreocupada forma de disfrutar de la vida…
Todo ello alimentaba el fuego que ardía en su interior.
Para ellos, era como si todo el incidente no fuera más que una nimiedad en sus conciencias.
Le habían destrozado la vida, arrebatándole para siempre a la única persona que de verdad le había importado, a la única persona a la que había amado de verdad, y, sin embargo, ellos seguían como si nada hubiera pasado.
Tenía la intención de hacerles pagar; no sabía cómo, pero se prometió a sí mismo que todos y cada uno de ellos iban a sufrir.
A estas alturas, ya había elaborado un perfil de cada uno de los cuatro hombres.
El cabecilla parecía ser el que conocía como Sunil Patil, hijo del político Surya Patil.
Los otros tres se reunían con frecuencia en su casa y parecían mostrarle deferencia cuando salían.
Rondaba los veinticinco años, era de estatura media y con una complexión que sugería que había pisado un gimnasio en algún momento, pero no recientemente.
Su ropa era informal pero cara, y su cara rolliza estaba enmarcada por una barba de varios días siempre presente.
John nunca lo había visto antes del mediodía; sus frecuentes salidas nocturnas por los bares de la ciudad hacían que nunca se despertara temprano.
Luego estaba el gordo. John no sabía su nombre, así que lo bautizó como el Gordo.
De la misma edad que Sunil, era otro joven cuya riqueza de sus padres le aseguraba no tener que dar un palo al agua en su vida.
Vivía no muy lejos de Sunil, pero pasaba la mayor parte de los días en su casa cuando no estaban de fiesta.
Él también llevaba el uniforme del grupo: barba de tres días y ropa informal cara, aunque a la suya le costaba contener los michelines que envolvían su cuerpo.
En contraste estaba el flaco, al que apodaba Huesos.
Más alto que los demás, era esquelético, y la ropa le colgaba de su estructura ósea.
Bebía más que el resto y estaba siempre inquieto, con los ojos moviéndose de un lado a otro constantemente.
A John no le habría sorprendido que el alcohol no fuera el más fuerte de sus vicios; su piel pálida y sus ojos, hundidos en las cuencas, apuntaban a algún tipo de adicción.
Por último, estaba al que llamaba Swami.
A diferencia de los otros, vestía únicamente un kurta blanco y pijama, el uniforme de un político que intenta parecer un «hombre del pueblo».
Invariablemente lucía una gran marca roja de tilaka en la frente, mostrando su piedad a todo el mundo, y se movía en un jeep de fabricación india, rehuyendo los lujosos coches extranjeros de sus amigos.
Swami era el único que tenía una especie de trabajo.
Por lo que John pudo averiguar, parecía estar involucrado con el padre de Sunil en el partido político, una especie de líder estudiantil, aunque, como los demás, ya había pasado la edad de estudiante hacía unos años.
Hiciera lo que hiciese, lo mantenía ocupado durante el día y hasta primera hora de la noche; solo se unía a los demás por la noche.
Aparte de Swami, todos vivían en el mismo barrio, tenían acceso a caros coches extranjeros y mucho dinero para gastar.
El Gordo y Huesos no aparecían hasta cerca del mediodía, cuando, uno por uno, iban llegando a casa de Sunil.
Pasaban el rato allí o se iban a una cafetería antes de seguir hacia los bares por la noche.
John tomó un sorbo de agua de la botella de plástico que tenía en el asiento de al lado y estiró los brazos y las piernas.
Había sido un día largo y no había pasado gran cosa.
Estaba aburrido, acalorado y cansado. Mantener el horario de Sunil y sus amigos había hecho estragos en sus propios patrones de sueño, y estar sentado durante horas en un coche caluroso y cargado no ayudaba.
Quería salir y caminar, estirarse bien y mear.
Mear en cualquier sitio que no fuera la colección de botellas de plástico que había en el hueco trasero para los pies.
Pero ya eran casi las nueve y media de la noche —la hora a la que solían dirigirse al centro para ir de fiesta— y el riesgo de que lo vieran era demasiado grande.
Estaba seguro de que la noche seguiría un patrón similar al de todas las demás de esa semana, pero, por el momento, la calle y la casa estaban en silencio.
John observó cómo un perro marrón y blanco de raza indeterminada se acercaba al coche que tenía delante y olfateaba los neumáticos.
John bostezó y volvió a mirar el reloj: las nueve y media de la noche.
El perro levantó la pata y orinó en el neumático antes de cruzar la calle y acurrucarse bajo un árbol para pasar la noche.
John se frotó la cara y se removió, incómodo, en el asiento.
John los había observado toda la semana, bebiendo y fumando, en general detestables y arrogantes.
Los había visto reír y meterse con chicas, llenos de chulería cuando estaban juntos.
Ni una sola vez los había visto a solas con una mujer.
Parecían emocionalmente inmaduros, incapaces de una relación normal, de un cara a cara con el sexo opuesto.
«Qué injusto es todo», pensó para sí mientras observaba una rata salir de debajo de un coche aparcado y escabullirse a través de la calle.
Esos tipos lo tenían todo: dinero, influencia y padres poderosos.
Había tantas cosas que podrían hacer con sus vidas, y lo único que hacían era desperdiciarlas.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos al ver abrirse la verja, y se escurrió aún más en el asiento trasero.
El Mercedes blanco salió a la carretera y giró hacia él, como ya había hecho muchas veces durante la última semana.
Se reclinó lo suficiente para que no pudieran verlo y oteó por encima de los asientos delanteros mientras el coche pasaba a su lado.
Los cuatro iban dentro: Sunil al volante, Swami a su lado, y los dos opuestos, el Gordo y Huesos, en el asiento de atrás, riéndose de algún chiste.
El coche giró al final de la calle, y él abrió la puerta y pasó al asiento del conductor para seguirlos.
No le preocupaba demasiado perderlos. Durante la última semana, se había vuelto un experto en seguirlos a distancia mientras se abría paso entre el tráfico.
A estas alturas, ya conocía sus lugares predilectos, así que, aunque los perdiera, estaba seguro de que podría volver a encontrarlos sin mucha dificultad.
El Mercedes conducía rápido, zigzagueando entre el tráfico, tocando el claxon y dando las largas, y a John, que no quería llamar la atención, le costaba seguirles el ritmo.
Los siguió más allá del campo de golf, hacia Ali Askar Cross, antes de girar a la derecha y pasar el estadio de críquet Chinnaswamy.
Allí redujeron la velocidad, ya que la carretera estaba atascada de aficionados que asistían a un partido de críquet, y John consiguió alcanzarlos.
En el semáforo, el Mercedes giró a la izquierda por MG Road antes de girar a la derecha.
Cuando se metieron en Church Street, John se dio cuenta de adónde iban.
Su bar favorito, el Roscoe’s, que por lo visto debía su nombre al perro del dueño.
El Mercedes se detuvo frente al bar, y John pasó de largo sin levantar la vista para evitar cualquier contacto visual.
Encontró un sitio para aparcar a unos cien metros calle arriba y siguió observándolos por el retrovisor mientras le entregaban las llaves al aparcacoches y subían los escalones, apartando de un empujón a un grupo de chavales.
Los chavales empezaron a protestar, pero se callaron al ver de quién se trataba.
John apagó el motor y se preparó para esperar.