Capítulo 24
J ohn se despertó sobresaltado y, aturdido, miró el reloj del salpicadero: las doce y media de la madrugada.
Debía de haberse quedado traspuesto. Estaba sudando, la camisa húmeda y pegada al cuerpo.
Se inclinó hacia delante, puso el contacto y bajó la ventanilla para que entrara algo de aire.
Fue entonces cuando oyó los gritos que lo habían despertado.
No se veía nada en la calle que tenía delante, así que John echó un vistazo por el retrovisor y vio a un grupo de gente delante del Roscoe’s.
Por su lenguaje corporal y el volumen de sus voces, era evidente que estaban todos borrachos y furiosos.
Al fijarse mejor, reconoció a Sunil y a sus amigos formando un semicírculo, frente a un joven que se encontraba visiblemente angustiado.
Detrás de él había otro joven y dos chicas.
John no lograba entender lo que decía, pero, a juzgar por su lenguaje corporal, parecía bastante cabreado.
Sunil se reía con sorna mientras los otros tres, de pie detrás de él, sonreían con suficiencia.
John aguzó el oído para intentar descifrar lo que el hombre decía, algo sobre «dejadla en paz».
Sunil se rio, le puso la mano en el pecho al joven y lo empujó.
El joven se tambaleó hacia atrás y luego, con un rugido, se abalanzó sobre Sunil mientras las dos chicas gritaban.
Lanzó un puñetazo, pero, antes de que pudiera alcanzarlo, Sunil soltó una coz y le asestó una patada en el muslo.
Tropezó y cayó sobre una rodilla. Sunil avanzó y le lanzó un derechazo a la cara, derribándolo al suelo.
Las chicas volvieron a gritar y el otro joven se precipitó hacia delante.
Swami y Fatty se acercaron a él. Fatty se deslizó por detrás, lo agarró por los brazos e hizo que el cuerpo del segundo hombre quedara frente a Swami.
Swami le dio un puñetazo en el estómago.
Fatty lo soltó y el hombre se dobló, boqueando en busca de aire.
Swami lo agarró del pelo y le dio un rodillazo en la cara; la sangre brotó a chorros de su nariz rota.
Bones se mantuvo al margen, moviéndose de un pie a otro y jaleando a sus amigos, mientras Sunil pateaba repetidamente en el estómago al primer hombre, que yacía en el suelo.
La calle se llenó con el sonido de los gritos y las peticiones de auxilio de las chicas, mientras un grupo de perros callejeros no paraba de ladrar.
Las chicas se abrazaban y buscaban ayuda desesperadamente a su alrededor, pero la calle estaba vacía, a excepción de dos rickshaws aparcados en la esquina, con sus conductores de pie al lado, observando sin hacer nada.
John no sabía qué hacer. Quería ayudarlos, pero era uno solo, y si se metía, acabaría recibiendo una paliza él también.
John no se había peleado en su vida y no tenía ni idea de cómo defenderse.
Por suerte, en ese momento, la escena se iluminó con los faros de un coche que giraba en la calle, lo que le ahorró tener que tomar una decisión.
Los dos hombres ensangrentados yacían en medio de la calzada, y sus novias sollozaban, acurrucadas a un lado.
Sunil levantó la vista hacia el coche con una mueca de desdén, luego carraspeó y escupió al hombre que tenía a sus pies.
Le dio una patada más en el costado y después hizo una seña a sus amigos para que lo siguieran.
Caminaron hacia el Mercedes aparcado, cuya puerta delantera estaba abierta, con el aparcacoches de pie junto a ella, boquiabierto.
Les tendió las llaves y retrocedió a toda prisa, por si acaso incurría también en su ira.
Swami le dio una palmada en la espalda a Sunil y se metió en el coche.
Fatty y Bones se rieron y miraron hacia los cuerpos antes de subir al asiento trasero.
John observó cómo se alejaba el Mercedes. Una vez que hubo doblado la esquina, abrió la puerta del coche y, tras coger una botella de agua de plástico, caminó de vuelta hacia donde las novias ayudaban a los dos jóvenes a ponerse en pie.
—¿Estáis bien?
Asintieron, y John le pasó la botella de agua a una de las chicas.
Sacó un puñado de pañuelos de papel del bolso y, después de humedecerlos, le limpió la sangre de la cara al joven.
Las chicas seguían sollozando. El conductor y el pasajero del coche, dos hombres de mediana edad, salieron y se unieron a ellos.
—¿Qué ha pasado? —preguntaron.
Una de las chicas respondió.
—Unos tíos no aceptaban un no por respuesta y, cuando mi novio me ha defendido, le han dado una paliza.
El conductor se volvió hacia los jóvenes.
—¿Estáis bien? ¿Necesitáis ir al hospital?
El hombre con la nariz rota negó con la cabeza.
—No, estaremos bien —dijo con una mueca de dolor.
—Llamemos a la policía. Pueden pillar a esos tíos. No habrán llegado muy lejos —sugirió el conductor.
—¿Para qué? Los polis solo nos meterán en un lío por estar fuera hasta tarde. Nos dirán que es culpa nuestra. Y esos tíos son ricos. Tenían un Mercedes. Sobornarán a alguien y no pasará nada. Cabrones.
John no dijo nada. Era reacio a involucrarse o a decir que sabía quiénes eran.
El grupo hizo señas a los rickshaws , que arrancaron y se acercaron.
La chica se volvió hacia John y los otros dos hombres y dijo:
—Gracias —antes de ayudar a su novio a subir con cuidado al primer rickshaw , mientras la otra pareja se subía al segundo. Mientras los veían alejarse, el conductor del otro coche miró a John y negó con la cabeza.
—Esta ciudad ya no es tan segura como antes.
—No —convino John.
—Una ley para los ricos y otra para el resto de nosotros. —Volvió a negar con la cabeza; luego, él y su acompañante regresaron a su coche.
John se marchó en su coche, pensando en lo que acababa de ver. Era tarde, no había tráfico. Conducía de forma automática, sumido en sus pensamientos, sin prestar atención a su entorno, con la mente dando vueltas a los acontecimientos recientes.
Aquellos hombres eran escoria. Iban por ahí gastando a manos llenas, intimidando a la gente sin temor a las consecuencias.
Porque para ellos no había consecuencias.
El estado de derecho no se aplicaba a ellos.
La ley podía comprarse y manipularse si se tenían los contactos adecuados y suficiente dinero.
La policía vivía con miedo de sus poderosos padres, que podían poner fin a una carrera y trasladar a un policía diligente a algún lugar olvidado de la mano de Dios para que pasara allí el resto de su vida laboral.
Por eso nunca se tomaban medidas. Por eso los asesinos de Charlotte nunca recibirían su castigo, por eso John nunca tendría su día en el tribunal, testificando contra aquellos jóvenes brutales y con derechos adquiridos.
John se dio cuenta de que estaba de nuevo en la calle de Sunil, sin saber muy bien cómo había llegado hasta allí.
Condujo despacio hacia la cancela de Sunil y echó un vistazo a la casa.
Algunas luces seguían encendidas, pero la cancela estaba cerrada y no había ni rastro del vigilante ni de seguridad.
John se echó a un lado y aparcó, sin saber qué hacía allí, todavía perturbado por lo que había visto a la salida del bar.
Una parte de él se sentía avergonzada por no haber hecho nada, por haberse quedado allí sentado mirando.
¿En qué se diferenciaba él de los demás, entonces?
Quizá debería haber ayudado, pero sabía que, a grandes rasgos, eso no detendría su comportamiento.
Desde luego, no habría ayudado a hacer justicia para Charlotte.
Cerró los ojos y se imaginó a Charlotte sonriéndole.
—Charlotte, hago esto por ti. Me aseguraré de que estos animales sean castigados por lo que te hicieron.
—Hizo una pausa, esforzándose por crear una imagen nítida de ella en su mente.
Cada vez le costaba más visualizar a Charlotte con claridad, y eso le hacía sentirse culpable—.
Lo siento, Charlotte. Te echo tanto de menos. —Su imagen se desvaneció y él suspiró.